lunes, 9 de septiembre de 2013

Películas para mi amplio cerebro reptiliano

Éste es un enlace que, al igual que otros que ya he publicado en este mismo blog, me gustaría que gozara de una cierta participación por parte de los lectores (en los demás casos, la verdad es que tengo que reconocer que ha sido un auténtico fracaso, pero me sigue dando un poco igual). Así, me gustaría dar a conocer un listado de películas para mi gusto particular con una temática especial, algo (mucho) en común entre ellas y con un tono dorado-amarillo-violeta que me relajan y me despiertan, a la vez, una extraña y curiosa sensación de insatisfacción, porque en todos los casos quiero y necesito más. Pero las historias me acaban resultando siempre en exceso cortas.
Volviendo al caso, más que películas, son pequeñas (y, por desgracia, poco reconocidas) joyitas literarias trasladadas con maestría exquisita a la gran pantalla. Y se nota. Por el cuidado y el mimo que se ha puesto en el transcurso de las cosas que se narran, en el fluir de los acontecimientos que se muestran y en esa necesidad de trascender lo meramente infantil para llegar a la humana generalidad latente en todo ser humano que se precie.
Son cuentos visuales que me encantan, pero que carecen de la facultad de llenarme; es decir, que me obligan a forzar más de un anhelante visionado. Y son narraciones que dejan mi alma impregnada de melancolía. Uno de los estados más placenteros que creo que hay para la Humanidad, porque la nostalgia (la morriña de los gallegos o la añoranza de los primitivos cristianos) me hace creer que me merezco algo, por muy lejos en el espacio y en el tiempo que me encuentre.
El denominador común en todas ellas es que hablan de (o tratan sobre) algún tipo de gente muy, muy especial, siempre rodeada de una clara y abundante vulgaridad rayana en lo irreal, con malos muy malos (pero sin llegar a ser psicópatas, ni asesinos en serie ni tampoco infernalmente enfermizos), así como una enmarañada, enrevesada y liante situación de la que terminar huyendo para transformarse (en plan crisálida) y salir victoriosos de la aventura, renovados y superados como personas. Eso sí: Sin que nunca, nunca, nunca terminen perdiendo ese elemento de chocante humanidad inocente que los hace seres amables y entrañables.
Cartel de la película de 1996.
"Matilda" es, sin lugar a dudas, una de las más destacadas. De hecho es la primera en que fui realmente consciente de que existía ese tipo de cine, aunque posteriormente pude realizar una retrospectiva y descubrí que había alguna más, de ésas que se pierden en la memoria y que acaban saltando bruscamente desde el pasado para adueñarse durante unos segundos de un presente indefenso (tal y como detallaré más adelante). Escrito por Roald Dahl, este cuento largo se publicó en 1988 en Londres (curiosamente, buena parte de los autores son británicos o con un claro influjo anglo-isleño) y acabó siendo la película referida (de 1996) y un reciente musical (2010). Trata de una niña dulce y sana, aunque extremadamente inteligente, con un don poderoso a su favor: la telequinesis (la capacidad de desplazar objetos con el pensamiento), y un muy grave problema en contra suya: su zafia familia, de la que no se salva ni su hermano.
La protagonista consigue encontrarse en su camino a un bondadoso ángel (la Señorita Jennifer Honey) y un demonio de oscuro pasado (la Señorita Agatha Trunchbull), cara y cruz de la institución escolar en el que la niña acaba ingresando, porque sus padres (un excelente Danny de Vito y una magnífica Rhea Perlman, entonces marido y mujer en la vida real) sencillamente no la aguantan ni la tragan. Su profundo amor por la lectura, su extremada imaginación y su falta de interés por "lo práctico" hace pensar a sus progenitores que la chiquilla no puede ser carne de su carne ni sangre de su sangre, ni compartir ningún gen con ellos, y por esa misma razón la terminan repudiando sin pudor alguno.
Portada del libro de Roald Dahl, de 1988,
con ilustraciones de Quentin Blake.
El ángel, que felizmente acabará siendo su madastra, la ayuda a salir victoriosa de su inevitable enfrentamiento contra el demonio. Y en ninguno de los dos casos son personajes que sobran; son tan importantes y con tanto peso para que la historia cobre peso como la propia protagonista. Son, para entendernos, la visión despiadada y rematadamente adulta frente a la ingenua e imprevisiblemente infantil que siempre pugnan por vencer en el corazón de los mayores. Y en contraposición, una niña que les da mil vuelta a todos en candorosa madurez, pero mucho más próxima a la sensibilidad casi hiriente de pura que se nos antoja de la Señorita Honey (su apellido lo dice todo), por lo que crea con ésta última un nexo de unión más fuerte que cualquier odio al que ambas se puedan enfrentar.
Pero si la historia consigue en esta película su profundidad real (que la tiene, en contraste con la engañosa simplicidad que podría mostrar en un principio) es gracias a la partitura de David Newman.
Porque la música es otro denominador común a estas deliciosas historias: notas que flotan suaves entre neuronas desprevenidas, rozando como ligeros besos sentimientos y recuerdos por igual, fascinando psiques con su multitud de colores luminosos que parpadean al ritmo del sonido acompasado. Una historia deleitosa, de la mano de un plano musical igual de exquisito, capaz de funcionar de hilo conductor entre una realidad alejada y profana y una imaginación excesivamente familiar que se rinde al sueño oculto en lo más recóndito de las profundidades cerebrales.
He aquí el tema principal de la película (y de segundo plato, la canción Send me on my way):


La siguiente historia es "Moonrise kingdom". La ubico en segunda posición, porque se trata de la última que he visionado y es también la más moderna de todas. Curiosamente, es un guión original para película de la mano de Wes Anderson (también director) y Roman Coppola (hijo del Gran Dios del cine), y que no hace mucho han vuelto a aliarse para realizarla campaña del nuevo perfume de Prada: l’Eau Candy, por lo que no tuvieron que asomarse a ninguna mohosa página de papel para versionear, aunque en su trasfondo sigan estando todas esas historias manchadas de tinta que acumulan polvo en las estanterías hasta que una mano inocente las saque finalmente de su letargo.


Cartel original de la película de 2012.
Es la crónica disparatadamente forzada de un viaje en el que dos niños-adolescentes de la sensacionalmente peligrosa década de los 60 del siglo pasado con unas muy graves dificultades de adaptación a una sociedad excesivamente cuadriculada (lo que años más tarde se habrían calificado como frikies) intentan dejar atrás sus vidas anteriores para iniciar una nueva en pareja. Digamos que rezuma ternura por todos sus poros, que la historia llega a enganchar y que, por supuesto, la partitura del parisino Alexandre Desplat no sólo es una verdadera delicia para el oído y el paladar musical, sino que es capaz de resumir-condensar en sus vivaces notas -de ésas que hacen cosquillas al escucharlas- toda la película, con la tremenda amalgama de personajes que arrastra consigo, desde el más pequeño (en fama y tamaño) hasta las mismísimas estrellas reunidas para plasmar este cuento en celuloide (caso del inmenso Edward Norton; el magnífico Bruce Willis, muy alejado de sus papeles habituales como ya hiciera en "La muerte os sienta tan bien"; el más que estupendo Bill Murray, casi en un papel serio, como en esa extraña maravilla titulada "El día de la marmota"; o el siempre imprescindible Harvey Keitel; o la inconmensurable Frances MacDormand, de la que poco o nada hay que decir, porque con sólo estar ya llena la pantalla). Es magia hecha sonido y, además, me vuelve a recordar en ciertos acordes a mi admirado Danny Elfman (que es a Tim Burton, lo que John Williams fue para Steven Spielberg, y que muy probablemente será fruto de otra entrada en exclusiva de este blog), lo cual son muchos, muchos puntos a su favor (por cierto, el tema de la película "Oz, un mundo de fantasía" es cien por cien esencialmente Elfman).
En resumen, y a modo de voluntaria moraleja (como no podría ser de otro modo), es una fabulosa fórmula de forzar a una sociedad que se muestra cómodamente inamovible a modificar sus puntos de vista ante una situación límite. Al final, todos aprenden, incluso los frikies...
He elegido dos de los temas principales de la película, Cuckoo!The Heroic Weather, por ser las más representativas (aprovechando, además, que venían ambas incluidas en el mismo video), pero también la canción Le temps de l'amour, de Françoise Hardy, no sólo porque tiene su importancia en la película, sino porque me encanta esa mujer y suponía matar dos pájaros de un tiro.





Esto avanza, y ya que hemos nombrado al gran genio (Burton, por supuesto), creo que le tocaría el turno a "Big Fish". En mi muy humilde opinión, es la mejor película de este cineasta norteamericano universal realizada en 2003. El mimo con que trata la historia demuestra que también a él le enganchó lo que se narra en las páginas del libro homónimo escrito en 1998 por Daniel Wallace y que llevaba "Una novela de proporciones míticas" de co-título. Según se especifica en la página web del escritor, para este año (2013) se ha elaborando una versión musical que se representa ya en Broadway.
¿Y qué tiene esta historia, con el amarillo dulce de ácido limón como telón de fondo, para enganchar? Pues creo que posee una apabullante y morada magia oculta, latente, que lo envuelve todo como un lazo de regalo y que supone e implica, al mismo tiempo que el envoltorio, el propio contenido de la sorpresa. Hay más en las personas de lo que se suele contemplar por su fachada y su protagonista, el fantasioso escocés Edward Bloom (representado en la gran pantalla en su faceta de anciano por Albert Finney y en su juventud por Ewan McGregor), es un claro ejemplo de ello.
Portada del libro de Daniel Wallace.
¿De verdad es tan malo aliñar un poco las historias con elementos algo exagerados para hacerlas "más interesantes"? En este caso ni irlandeses ni andaluces tendrían credibilidad alguna en una conversación. Dicho de otros modo: ¿Es una falsedad rotunda aportar el punto de vista de lo que debería haber ocurrido en lugar de lo que aconteció "de verdad" en la biografía de una persona particular y excelente? Hay que tener en cuenta que en muchas ocasiones las hazañas de un héroe son interesantes por los acontecimeintos externos que le ocurren más que por la persona que en realidad es. Para el caso de Edward Bloom, lo verdaderamente de interés está en su interior, en la mente que le brilla de forma desproporcionada hasta el punto de hastiar a su hijo Will Bloom (un papel que correspondió a Billy Cudrup) que se aleja de él lo más posible por pura vergüenza. Porque en un mundo teóricamente serio los payasos charlatanes son mal vistos y su prole queda de inmediato estigmatizada por el mismo mal que achacan al progenitor. El caso es que la proximidad de la muerte (¡cómo no! La gran casamentera une, a la postre, más de lo que separa) le hace volver y comprueba con sus propios ojos cómo esas múltiples historias llenas de maravillas y seres prodigiosos que su padre solía contar (no en balde, es un magnífico narrador de cuentos) tienen un poso incuestionable de realidad tangible.
Cartel de la película de Tim Burton.
Es una magnífica historia de viajes también, ya sea iniciático o real, en el que el protagonista se va forjando como persona y como héroe hasta encontrar su lugar en el mundo, y es entonces, en el momento álgido de su vida cuando parece haberlo conseguido todo, cuando la anodina y gris realidad le atenaza, le golpea y le humilla para hacerle uno más del montón, quitándole las ganas de vivir. Su existencia pasa a ser lo que son sus recuerdos, sin los cuales no es la persona que él cree ser. Su hijo tiene que ser capaz de verle de ese modo para recuperarlo y en la gloriosa escena final, cuando todos los personajes se congregan para decirle adiós en su último Gran Viaje es cuando se le caen de los ojos esos opacos cristales de realidad insegura para amarlo y respetarlo por ser quien ha sido siempre.
Ahora con el tiempo, una de las grandes incógnitas que me dejan el regustillo de la inquietud es la figura de la esposa de Edward Bloom, Sandra Templeton (interpretada por la estupendísima Jessica Lange de mayor y por Alison Lohman, de muy joven), porque en ningún momento intenta convencer a su hijo de que su padre no es un embustero ni tampoco lo contrario. Su extraña neutralidad, además, se pone en entredicho con la sonrisa que muestra en el entierro de su marido (evidentemente, no porque deseara su muerte, sino al comprobar lo muy querido que era por la multitud que acude a su despedida).
¿La razón del título? Veanla y lo sabrán. No seré yo quien lo desvele así hayan pasado décadas desde que se estrenó.
Y como venimos (un simple y estúpido plural mayestático de falsa modestia, porque lo estoy redactando yo solo) señalando a lo largo de esta entrada, buena parte de la magia que consigue Burton en sus películas es por culpa de la excelencia musical del señor Danny Elfman. Pero, cuidado, al igual que Burton descartó su genial y única visión gótica de la vida para apuntarse al extraño multicolor de esta tierna historia, Elfman ha hecho otro tanto y resulta incluso difícil distinguir sus peculiares notas de ecos mágicos que aporta siempre a sus composiciones.
La primera que he escogido es el Danny Elfman`s Short Suite, en la que se puede contemplar un resumen amplio (y, gracias al Gran Mod-ernista, salteado) de la película, y el tema Sandra's Theme, que sí que tiene esos pequeños toques tan suyos, pero igualmente disfrazados. Por último, el número "Fight the dragon", del musical que se está disfrutando ya en Broadway.







La próxima es "Una serie de catastróficas desdichas". Toda una colección de maravillosas historias narradas en papel por Lemony Snicket sobre los tres huérfanos Baudelaire -a cada cual más original y extraordinario- que huyen, por obligación, de sus desastrosos familiares (¿les suena algo a Matilda?), especialmente del Conde Olaf (estupendo en su papel en la película homónima el magnífico actor Jim Carrey), que sabe que detrás hay alguna herencia que arañar y que arrebatar a los niños en beneficio propio y que utiliza a los miembros de su extraña troupe para asediarlos, perseguirlos y acosarlos.
Cartel de la película con un Jim Carrey muy bien
caracterizado de principal protagonista.
Lo realmente lamentable de esta situación es que desde 1999 ya van escritas 13 novelas sobre las aventuras y desdichas de Violet-Emily Browning, Klaus-Liam Aiken y Sunny-Kara y Shelby Hoffman (genial y sabiamente ilustradas por Brett Helquist) y en castellano no hay traducidas ni la mitad. ¿El motivo? Lo sabrá el Gran Mod-ernista, que no yo, y ni siquiera la entretenida película rodada por Brad Silberling en 2004 (y el posterior videojuego para Play Station 2) ha logrado reactivar o despertar el interés por estas historias genuinas plagadas de imaginación y, en muchos casos, realismo, porque si algo no esconden es lo feo, horroroso, oscuro y peligroso que puede ser el mundo; aunque también infestado de situaciones y segundos que desvelan el héroe que se esconde en nuestros corazones, quizá demasiado anclados a la comodidad de un mundo que parece rodar por sí solo, pero que algún día puede frenarse en seco (como ya ocurrió en las dos Grandes Guerras del siglo pasado) liberando todas nuestras miserias ahora latentes y en más de uno la inutilidad de sus profesiones nada prácticas a la hora de sobrevivir o simplemente mantenerse con vida.
Portada del primero de los libros de la serie.
Puede que por esa misma razón el color predominante de la película (que creo ocupa los tres primeros libros) sea el gris gótico relleno de brillos dorados y los escenarios se acercan muy mucho a los dibujos del ilustrador en papel. Con ese guiño, el director quiere alejarse de la vida tal cual se muestra ante nuestros ojos y tratar de hacerlo a través de la mirada del propio Snicket (por cierto, que si quieren saber algo más, y mejor narrado, sobre sus novelas y sobre su inexplicable y misteriosa existencia, dense un paseo por esta buena página: http://www.imaginaria.com.ar/19/4/snicket.htm).
Parte del ambiente se consigue merced a la labor de batuta por parte de Thomas Newman. Un músico que se ha hecho un hueco en la fábrica de sueños hollywoodiense con bandas como American Beauty, Camino a Perdición o El hombre que susurraba a los caballos, sin ir más lejos.
Se me antoja un compositor sin complejos, amante de los sonidos actuales, a los que aquí camufla en formato de vals perfectamente bailable (no en balde, la película es un continuo deambular por mundos oníricos con base sólida sobre la que poder mover los pies, ya sea con ritmo, corriendo o andando, pero nunca para quedarse quieto. He optado por tres temas musicales de la película que actúan como perfectas cartas de presentación para los no iniciados.
Los títulos de crédito iniciales, que sirven de presentación a la película e indican el tipo de film que se va a ver.

Este tema es el Suite (largo, pero que implica un compendio de los abundantes temas que se tratan en la película). Como resumen es muy válido.

Los títulos de crédito finales con el tema "Drive away". Muy ágil para cerrar.

Con "James y el melocotón gigante" me pasa como con Matilda. Es una de mis favoritas, pero no lo suelo ir diciendo por ahí tan abiertamente, no sea que me tachen de infantil. Bromas aparte, me parece una deliciosa joya fílmica basada en la novela de Roald Dahl (¡qué casualidad! ¿Verdad?) que vio la luz en forma de libro por vez primera en 1961. Su director, Henry Selick, optó muy acertadamente por mezclar imagen real, con actores de carne y hueso, para el inicio de la película, con personajes animados con el sello de Tim Burton (coproductor) y bajo el amparo de la todopoderosa Walt Disney, para el resto de una historia donde la fantasía fluye a raudales. No en balde, fue la segunda en usar el sistema stop-motion, que ya usó el cineasta californiano natural de Burbank para su estupenda, única y genial Pesadilla antes de Navidad (atención al guiño que se hace en la de James con un Jack Skellington realmente malvado: las dos caras de la misma moneda).
Una de las múltiples carátulas de esta
muy entretenida película.
Ocurrió en 1996 y mucho me temo que no obtuvo el éxito de público que se merecía. Y es que da la sensación de que se trata de un tipo de cine dirigido hacia un público con una "sensibilidad" especial, de ésos que son los primeros en descubrir que va a llover, en ver al primer pájaro que va a emigrar o sentir que el viento va a cambiar de dirección (y, si se concentran un poco, en qué momento exactamente), pero no para la gran masa consumista, tanto de celuloide como de palomitas.
La novela, muy corta y de delicioso sabor (a melocotón), es pura literatura juvenil y lleva como muy curioso subtítulo "No pasa nada si una fruta gigante mata a tus tías, siempre y cuando éstas fueran unas brujas". Y es que trata precisamente de eso: Un chico, James Henry Trotter, se queda huérfano y se hacen cargo de él dos tías suyas por parte de padre (Spiker y Sponge) bastante estúpidas, repugnantes, falsas y en exceso amantes del dinero. Un día, por obra y gracia de la Magia que se lleva dentro del corazón, crece en el jardín un árbol frutal que genera un enorme melocotón, y en él (en su anaranjado y luminoso interior) James se marcha en busca de esa fuerza que sus padres le han querido dejar como legado familiar en otro país y cuya muerte -en forma de inmenso toro apabullante formado por nubes, truenos y rayos- supuso la pérdida no sólo de sus progenitores, sino también de esa preciada herencia. Como acompañantes tiene a varios insectos, entre los que destaca por encima de todos una araña con el vientre a rayas de Op-Art y tocada con una elegantísima boina francesa (que a falta de nombre yo la hubiera bautizado como Madame Nadine), que tiene la enorme suerte de contar con la voz de la actriz de doblaje María Jesús Nieto para la versión castellana en España.


La que podría ser Madame Nadine (pero no lo es).
La banda sonora de la película no es tan, digamos, mágica como las anteriores, pero funciona para una historia con tantos tumbos y giros. Hay muchísimas canciones (como es habitual en Disney), pero he optado más por los temas instrumentales -cortitos, pero intensos-, donde se combinan elementos muy actuales con los de toda la vida. De hecho, el más corto de los que he elegido (el segundo de ellos) es un violín que bien podría haberlo interpretado el mismísimo Martin Fay, pero también hay una estupenda canción, de las que alegran el alma, como corresponde a un gran final.
Portada del libro editado por Alfaguara y con ilustraciones de Quentin Blake (otra casualidad).
El autor, Randy Newman, no es ningún desconocido para el público. De su ingente imaginación nacieron los temas de la impresionante saga de Toy Story, de las dos de Monsters SA, los de Cars o los de La princesa y el sapo, con lo que se demuestra que la factoría Disney confía ciegamente en él para enriquecer las películas con su música.

El tema Clouds me hace sentir bien y creo que es bastante representativa del espíritu de la película.

Main Tittles.

Good News (explica por qué Ray Charles incluyó algunas canciones de este hombre en su repertorio).


Llegamos al final de este particular ciclo, con una de las películas que más me marcaron en mi niñez: "Un mundo de fantasía". La vi en Oviedo, en el Cine Ayala, y me pasé todo el regreso a casa de mis abuelos cantando y bailando por la calle el tema de los Oompa-Loompas hasta aburrir a mi pobre madre, María Jesús Collantes Estrada, que es quien me inculcó mi pasión por el séptimo arte (y por la literatura y ciertas formas artísticas de plástica, escultura y arquitectura).
En efecto, se trata de la primera versión para pantalla grande del clásico de la literatura juvenil "Charlie y la fábrica de chocolate", elaborado en 1971 por Mel Stuart y protagonizada por el genial y auténtico Gene Wilder en el papel principal de Willy Wonka. La verdad es que desde entonces ha llovido bastante y si mi memoria no falla no es tan histriónica como la versión de Tim Burton de 2005, con Johnny Depp como dueño de tan singular factoría de dulces (que me encantó igualmente), aunque sí tan colorida como la segunda.
Espantoso cartel de la película "Un mundo de fantasía".
Si el libro de Roald Dahl (aquí lo tenemos de nuevo), escrito en 1964, carece de moraleja clara y su fin único parece ser el de mero entretenimiento, las películas, ambas, siguen por la misma senda. Eso significa que ni siquiera Charlie Bucket (que, por cierto, es también el protagonista de una segunda parte redactada por el mismo autor en 1973: "Charlie y el Gran Ascensor de Cristal") es capaz de pasar la prueba de manías, defectos y mala educación necesarias para ser el heredero de la fábrica de Wonka, porque tanto él como su abuelo caen en una de las tentaciones que tiene preparadas el maravilloso pastelero para ir descartando opciones. No obstante, el jovencito, más pobre que las ratas y representado por Freddie Highmore (en la versión de 2005) y por Peter Ostrum en la de 1971, es la mejor opción de Wonka y le hace su heredero, no sin antes aprender de él lo que supone el valor de la familia (algo que, por cierto, no le hacía mucha falta al chocolatero, porque vivía puramente por y para su extraño don).
Las películas, con una diferencia de 30 años entre una y la otra, son ambas un alarde de imaginación desbordante y humor, muchísimo sentido del humor (quizá más dirigido al público adulto que al infantil, como suele ocurrir en la mayoría de las películas que se están elaborando en los últimos años y que presuntamente están destinadas a los niños).

Cartel de la versión de Tim Burton
Me gusta especialmente el mensaje que va dirigido a los que dependen en exceso de los aparatitos eléctricos (últimamente se ven a demasiados niños por las calles con los dedos pegados a videoconsolas portátiles o a los móviles de sus papaítos) y contra los maníaticos de cualquier tipo. Perdón, ¿he dicho que no hay moraleja? Recapacitando un poco, reconozco que me había equivocado; el mensaje es claramente "los excesos se pagan".
De la primera versión los autores de la música fueron Anthony George Newley y Leslie Bricusse, ambos británicos nacidos en 1931, el primero fallecido en 1999 y el segundo todavía caminando entre los vivos, tras codearse con personalidades de la entidad de Henry Mancini o John Williams. Entre los dos dieron vida al pensamiento de los Oompa-Loompas (unos hombrecillos que tienen mucho de genios, otra pizca de enanos-pigmeos y un bastante de emigrante de las colonias que acaba haciendo su vida en la metrópoli británica, ya sea chino, malayo o indio, y que están al servicio-esclavitud del señor Wonka)) en forma de canción, que recuerda mucho a los temas de grupos británicos de los últimos 60'.
La segunda correspondió al señor Danny Elfman, completando otra de sus muchas colaboraciones con su partenaire Burton, en lo que seguramente ha sido su mayor expresión de libertad a la hora de componer. Así hay una canción, con un estilo muy particular, para cada ocasión en la que estos geniecillos tienen la oportunidad de demostrar su mala (aunque natural) baba.
He escogido dos canciones. La primera de ellas es el Tema de los Oompa-Loompas de la versión original (ésa con la que aburrí a mi pobre madre). La segunda es una de las canciones (la más soulera) de la versión de Burton.



 ¿Brigadoon, dicen? Sí, también hubiera sido una buena elección para esta entrada, no lo niego, porque se trata de una excelente película con mucha fantasía y buen baile gracias al señor Gene Kelley. ¿Cómo? ¿Darby O'Gill y el Rey de los duendes? ¡Mmmmmm! Hombrecillos mágicos (concretamente, leprechauns), Irlanda y un muy joven Sean Connery haciendo de pipiolo enamoradizo recién aterrizado en pleno campo desde Dublín... Vale, lo acepto también.
Sigan, sigan... Háganme soñar... Gracias.

martes, 3 de septiembre de 2013

La Rosa Negra (Epílogo)

Sólo dos personas se merecen leer el epílogo, porque son los únicos que me lo han solicitado. Así que va por ellos:



Epílogo

                                                    El hombre no podía saber y someterse a un mismo tiempo.
                                                    E.A. Poe. El coloquio de Monos y Una.


Las gaviotas saludaban al sol naciente planeando con placidez por encima del océano. Sobre el acantilado, el grupo de hombres armados se detuvo a descansar. Uno de ellos hizo un aparte para orinar, pero enseguida volvió corriendo haciendo aspavientos como un loco.
-Creo que le he visto -aseguró-. Está ahí abajo.
-¿Donde? -Interrogó uno de los dos ancianos que lideraban la partida.
-Abajo, en la playa -insistió el otro.
Una hora más tarde, los cinco hombres llegaban a una pequeña cala con forma de media luna. Aproximadamente en mitad de la ensenada, a unos siete metros de la orilla, se erguía una roca de gran tamaño recubierta por pobladas colonias de lapas y mejillones. Sobre ella, un joven de cuclillas miraba a las olas que arremetían furiosas contra su otero; una mugrienta piel de ciervo le caía desde la cabeza sobre la espalda y no hizo ningún movimiento cuando el grupo llegó hasta la arena, pese a que habían formado más escándalo que un jabalí rompiendo monte.
-Puede que sí sea él -comentó el que respondía al nombre de Malech-. Voy a llamarle y saldremos de dudas. ¡Cunneda! ¡Eh, Cunneda!
El muchacho ni se inmutó.
-¡Los Fomorianos me lleven! O estoy perdiendo la voz o ése está sordo de veras -dijo contrariado el viejo.
-O, a lo peor, no es él -le contestó Sorensen, el antiguo vikingo.
-¡Por vida de mi madre! ¿Es que supones que un padre no va a conocer a su hijo en cuanto lo ve? -Argumentó Malech-. Ése de ahí es Cunneda, seguro, pero algo le pasa. ¿Por qué no vas allí y le preguntas?
-¿Yo? -Se defendió Sorensen-. ¡Tú eres el padre! Ve tú.
Malech gruñó remolón.
-No sé nadar -explicó por fin lanzando una furibunda mirada de desafío al resto de la estupefacta cuadrilla-. Al primero que se ría de mí juro que le...
-Vale, vale. Ya voy yo -le atajó Palap, quien se consideraba el mejor amigo que tenía Cunneda en el poblado.
-¿Ves? Es un buen chaval -aseguró Sorensen a Malech, quien seguía rojo de rabia y con las mandíbulas apretadas en señal de reto.
El guerrero se despojó de la túnica antes de lanzarse a las frías aguas y en breves brazadas alcanzó la roca. Luego la bordeó agarrándose a los rasposos salientes para quedar frente al joven que estaba arriba. Aparte de los despojos del animal con los que se adornaba Cunneda, otro detalle llamó la atención de Palap: su inmóvil compañero de armas sostenía tercamente en las manos un maloliente manojo de algas negras.
-¡El Dagda te confunda! -Exclamó el nadador-. ¡Eh!, ¿quieres soltar esa porquería y ayudarme a subir de una maldita vez?
Cunneda le contempló soñoliento, pero unos segundos después las comisuras de sus labios se elevaron levemente en una sonrisa de reconocimiento.
-Pareces un brujo con esos cuernos -bromeó el pobre Palap escupiendo agua cada vez que batía una ola sobre él-. ¿Lo has cazado tú solito? ¡Anda! Échame una mano. Me estoy cansando.
-No, déjalo. Ahora bajo yo -Cunneda abandonó las algas y la piel sobre la piedra y se zambulló al lado de Palap. Poco más tarde, ambos se reunieron con los demás, quienes les aguardaban aliviados en la ribera.
-Llevamos más de una semana buscándote, ¡diablo de chico! ¿Se puede saber por dónde has estado? -Quiso saber Malech mientras abrazaba con rudeza a su empapado hijo.
-No lo sé; no recuerdo nada -respondió mientras su padre hacía comprobaciones para ver si Cunneda tenía algún hueso roto.
-Bueno, pareces sano. Pero, ¡juro por mi alma que estás más flaco que un muerto!
-Eso me recuerda que llevamos casi dos jornadas sin probar bocado -advirtió el corpulento Tarba, también compañero de Cunneda y el campeón de la tribu.
-No hay problema -resolvió Briotán, el quinto miembro de la banda, de quien se decía que su voz era capaz de serenar las tempestades-. Ven, Tarba, hagamos un fuego y preparemos algo de comer, a ver si Cunneda nos acaba diciendo por qué su melena está salpicada de cabellos blancos. Quizá su historia merezca una buena canción.
-Y, claro está, serás tú quien la componga -añadió Palap acompañando a los otros dos jóvenes que ya habían empezado a recoger los maderos más secos desperdigados por la playa.
El vikingo aprovechó para llamar la atención de Cunneda y preguntarle con aire de complicidad:
-Di, ¿la encontraste? ¿Eh?
-¿El qué? -Dijo el muchacho arrugando la frente.
-¡Qué va a ser! La Rosa Negra.
-¡No me fastidies! -Clamó Malech incrédulo-. ¡A ver si al final nos has tenido preocupados a todos por semejante memez!
-Déjale en paz -justificó Sorensen-. Que yo sepa, la culpa es tuya. ¿A quién se le ocurre llenarle la cabeza con magia y cuentos de vieja?
-Lo último que me esperaba es que este tonto se lo creyera.
-Dejadlo estar, los dos. ¡Ya está bien! –Cunneda cortó la discusión enfadado-. No sé nada sobre esas cosas de las que habláis. Tú dices que llevo una semana perdido y lo único que me importa ahora es saber qué me ha pasado mientras tanto.
-¿Seguro que no tienes ningún recuerdo? –Intentó sonsacarle Malech.
-Sólo sensaciones, padre. Y todas muy confusas.
Cunneda desvió la mirada hacia la roca sobre la que había permanecido hasta entonces y no dijo más. La visión persistente de unos brillantes ojos esmeralda que se vislumbraban en la neblina nebulosa de su mente le inquietaba por encima de todo; pero cada vez que intentaba capturarlos en algún rincón de su memoria volvían a fugarse hasta una distancia inalcanzable. Ensimismado en sus pensamientos, daba la impresión de que había dejado de ser un muchacho para madurar hasta convertirse en un hombre. Su progenitor, sin embargo, seguía debatiendo acaloradamente con el vikingo algo sobre un casco y un escudo que le había prestado al hijo y que nadie sabía dónde estaban.
-¿Padre?
La llamada fue tan suave que Malech cerró por fin la boca.
-Ya va siendo hora de que me hables con más calma sobre mi madre y también sobre tu Dios.
El robusto anciano abrió los ojos perplejo, pero esa vez no soltó ningún improperio.
-Cuando volvamos a casa, hijo. Necesitaré de toda una vida para contarte las excelencias de tu madre, y no más de una tarde, con unas jarras delante, para hacer que conozcas a mi Dios.

Acantilados de Irlanda, de www.324.cat/elmeu324.


FIN
Como colofón, un temas de Llan de Cubel, un grupo folk asturiano que me encanta, y seguro que también os gustará a vosotros. "Danza de Santana"

 

 Para los que se atrevan, he acá la letruca:

Vengo del campu Santana
ya perdí una lliga verdi
alón campu Santana
aunque la lliga se quede

Eiquí danciar queremos
que ya de los mariñeiros
Santana la mio má
güei ya'l nuasu dí
Santana la má nuastra
güei ya'l nuasu xaréu

Cimavilla ya Santana
con el puenti ya la noria
vamos danzar xuníus toda la mariñeiría

Eiquí danciar queremos
que ya de los mariñeiros
Santana la mio má
güei ya'l nuasu dí
Santana la má nuastra
güei ya'l nuasu xaréu

En Santana entre lus toxus
busquéte nun t'atopaba
canciaban los ruiseñores
y pensé que me nomabas

Ya mientras Cuideiru viva
ya duri la fonti'l Cantu
vei San Pedru a la ribera
con todos los demás santos

Eiquí danciar queremos
que ya de los mariñeiros
Santana la mio má
güei ya'l nuasu dí
Santana la má nuastra
güei ya'l nuasu xaréu

Eiquí danciar queremos
que ya de los mariñeiros
Santana la mio má
güei ya'l nuasu dí
Santana la má nuastra
güei ya'l nuasu xaréu.