jueves, 31 de enero de 2013

La Rosa Negra (capítulo final)

Amigos, hemos llegado al final del camino. Se trata, por fin, del último capítulo de esta novelita corta que espero os haya gustado y, sobre todo, de la que hayáis podido sacar algún provecho (aunque sólo sea anímico). Es, con diferencia, el más largo, pero sus motivos tiene. Aunque os advierto una cosa, estimados lectores: quedaría un epílogo por publicar y dependerá de vosotros que salga o no en este blog. Así que, para obligaros a romper vuestro denso (y doloroso) silencio, o me decís abiertamente a base de comentarios (cuantos más numerosos mejor) que también queréis esa última parte de la Rosa Negra u os quedáis con las ganas, ¡eah, con Dios!
 

"Rosa Negra", de Adrián García, de su blog  adriangrfo.blogspot.com.es.
Capítulo X. El poder de la Rosa.
 
Mi destino es ser amante
de una sirenita del mar,
pues amar no podré nunca
mujer alguna mortal.
Jesús Callejo. Hadas (cantinela popular cántabra).


Ascendieron por la empinada cuesta aparentemente sin esfuerzo y al cabo de un rato se encontraron con una agreste plantación de rosas negras que se hallaba justo en la cima del monte. Las flores no brotaban de los arbustos, como hubiera sido lo normal, sino que progresaban de una en una, al igual que los solitarios tulipanes. Entre las sorprendentes flores se desplegaba una vereda forrada de mullido césped por la que llegaron hasta el centro del bancal.
Allí se alzaba, pura entre las puras, la Rosa Negra; la meta de Cunneda, aunque no por ello el final de su viaje. Era hermosa por sí misma, sin necesidad de tener que compararla con ninguna otra cosa, conocida o desconocida, de este mundo o de cualquier otro. Su largo tallo estaba desprovisto de espinas y sus abiertos ocho pétalos, barnizados con el color que compendia a todo el irisado espectro luminoso, despedían una extraña luz negra, visible incluso en plena noche.
"Eso debe de ser la magia que me comentó mi padre", caviló emocionado el muchacho. "Y la tengo aquí mismo, al alcance de la mano".
Precisamente, sus codiciosos dedos estaban ya a punto de rozarla cuando le detuvo un respiro entrecortado a su espalda. Se giró y vio el espanto reflejado en el rostro de su dama.
El ambiente se tornó gélido y una neblina celestial, sinuosa como una sierpe, apagó en su lento avance a los astros nocturnos. Todas las flores se marchitaron y cayeron sin vida al suelo donde se transformaron en fino polvo ceniciento. Todas, excepto Ella, que permaneció tentadoramente desafiante ante la pareja real.
-¿Qué está ocurriendo? ¿A qué viene esto? -Cunneda miró despreciativo a la mujer-. ¿Tienes algo que ver con lo que ha pasado? ¡Responde, bruja! Más vale que te dejes de hechizos y me aclares por qué primero me traes aquí y luego te pones a jugar conmigo.
La dama se quedó quieta, con la cabeza gacha, afanándose por no exteriorizar el tremendo dolor que le habían causado las hirientes palabras del joven. Después, con languidez, alzó la reluciente mirada. Era tal la tristeza reflejada en sus pupilas que hasta el propio Cunneda reconoció que su iracunda reacción había sido injusta. La atrajo hacia sí y la estrechó con fuerza.
-Estoy cansado de pedir continuamente disculpas -dijo con voz contenida-. Estoy más que harto de no entender nada. Parece que perdí el control y ahora sólo puedo esperar que lo comprendas.
La dama asintió con un gesto mientras eludía el abrazo del rey.
-Tenía la esperanza de que lo descubrieras por ti mismo, pero no ha sido así. Ahora tendrás que oír de mis labios una historia a la que ni siquiera querrás creer. Pero yo te aseguro que es tan cierta como tu propia existencia. Si tú me pedías comprensión yo te exijo a cambio confianza y fe en mí. Escúchame atentamente porque después tendrás que actuar siguiendo los dictados de tu alma.
Cunneda tomó asiento en el suelo cruzando las piernas y cuando la mujer comenzó a hablar tuvo la impresión de que le estaban cantando un poema en vez de narrarle un relato de los tiempos remotos:
-Somos lo que somos porque Él así lo quiso. Nos otorgó dones que el hombre no entendió ni entenderá nunca. Al principio convivimos con ellos en una misma tierra; éramos partes complementarias de una misma idea divina y la paz reinó entre los pueblos. Pero no duró mucho. Algo rompió la concordia y los hombres nos odiaron sin que les hubiéramos dado motivos para ello. Nos acosaron, nos persiguieron y nos dieron muerte. Entre los nuestros surgieron entonces dos facciones: los que se negaban a quedarse inactivos ante la matanza, hasta entonces impune, y pedían contraatacar a la violencia, y los que evitaban alzar las armas contra los preferidos del Creador. También nuestra gente acabó así dividida. Una parte prefirió hacer frente a la amenazante locura humana; son los que permanecen aún en el Mundo del Tiempo, compartiéndolo en clandestinidad con el hombre, haciendo que el temor creciera en sus supersticiosos corazones hasta que acabaron por llamarles demonios. Pero su número y su fuerza menguan, porque el paso del tiempo también les termina afectando y, por tanto, no son inmortales como los hombres suponen que son. Además, están desorganizados y eso es lo que ha impedido hasta ahora que sus ataques no acabaran en el exterminio de naciones enteras.
"Pero la mayoría de nosotros contuvo su rabia y escuchó tus sabias palabras de sosiego y apaciguamiento. Prometiste ir a hablar con el Gran Hacedor para pedirle, en nuestro nombre bien una explicación a la anomalía de los Hombres o bien que nos concediera la gracia de sortear esa indecente agresión sin que ello supusiera la desaparición de nuestra raza. Tu promesa incluía la condición de no regresar hasta no haber cumplido con lo dicho y, mientras, los demás debíamos esperar el tiempo que fuera menester. Aceptamos y te llevaste nuestra esperanza contigo. Fue tu primer viaje, que duró lo que tres generaciones tardan en madurar. Te aguardamos siempre, protegidos en moradas bajo tierra o en lo más profundo de los bosques primigenios a los que los humanos no osaban entrar a explorar. Nos tragamos nuestro orgullo original y procuramos paliar en parte el mal que generaban los Renegados con acciones ocultas, y por eso algunos nos llaman la Buena Gente.
"Por fin un buen día regresaste, pero no ya como uno más de nosotros. Llegaste envuelto en un doloroso halo de majestad que agobiaba toda tu esencia interior. Con paso vacilante y esa alta frente perlada en febril sudor nos dijiste que todo estaba hecho. Lo supimos al verte y, maravillados, te reconocimos como Rey.
Paisaje islandés, captado de caladeloshumos.wordpress.com.
 
-En ese caso, tú eres mi reina -interrumpió el joven, quien no mostraba sorpresa alguna ante lo que estaba oyendo.
-No exactamente -contestó la dama sonriendo-. Nuestro concepto de rey es diferente del que tienen los humanos. Tú eres el único que hemos tenido y sólo porque llevas la marca del Creador grabada en tu ánimo. No puedes obligarnos a ninguno a hacer nada que vaya en contra de nuestra naturaleza. Tu labor no es gobernar ni tampoco ordenar, pero esta tierra a la que nos trajiste depende únicamente de tu persona. Nuestra deuda hacia ti no se basa en una estúpida sumisión a tu voluntad, sino en el intenso amor que te profesamos a raíz de tu sacrificio en nuestro favor. Por eso, nadie más que tú puede ser el Rey, ¿lo entiendes?
-Pero entonces, ¿qué pasa contigo? -El joven vaciló-. Sé que eres algo mío.
La mujer se aproximó acuclillándose y dejando su boca a escasos milímetros de la de Cunneda.
-Soy tu esposa -le susurró.
Aquello sí que sobresaltó al aguerrido muchacho, pero la dama disipó su comprensible turbación con un ardiente beso que se prolongó durante una eternidad. Luego ambos rieron y se contemplaron el uno al otro con sentimientos contrapuestos; el rey, intentando despertar la memoria aletargada; la mujer, con un recóndito temor de volverle a perder de vista en breve.
-De todas maneras, nada de lo que has dicho me explica qué es toda esta aventura que me ha ocurrido ni por qué tampoco puedo recordar siquiera cómo te llamas.
Volvía a asomar un atisbo de dureza en las palabras de Cunneda. La dama suspiró paciente, aunque el joven la retuvo cuando intentó levantarse para continuar con la historia.
-No, por favor. Quédate conmigo.
-Tenemos demasiada prisa, mi vida -suplicó la mujer mirando apremiante a su alrededor-. Y aún me queda tanto que decir...
Descansó la cabeza sobre el pecho del monarca tomándose el tiempo justo para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta; rogando ferviente por que su nefasta premonición no se llevara a efecto. Después, de golpe, se puso en pie y se alejó unos pasos.
-Ya te he hablado del tremendo cambio que sufriste después de tu partida -prosiguió-. Nuestro país es realmente espléndido, ningún otro se le puede igualar y en él se colman con creces todos nuestros anhelos. Cualquiera que lo viera afirmaría que aquí es inconcebible la infelicidad. Sin embargo, tú te sentías desdichado. Tenías una idea que se removía en tu interior sin concederte ni un instante de reposo, consumiendo como un parásito toda tu vitalidad. Por entonces, recuerdo que solías apartarte de los que te querían bien sin permitir que nadie se atreviera a interrumpir tus penosos pensamientos. Sólo yo logré una vez quebrantar ese malsano aislamiento y sonsacarte con perseverancia el secreto que te atormentaba. ¡Oh, Sagrada Madre! Cómo maldigo el momento en que decidiste ir a ver al Creador; lo maldigo mil veces porque tu sacrificio fue mucho mayor de lo que nuestro pueblo supone.
"Él no sólo te dio la solución a nuestro grave problema. No. Me dijiste, además, que Su mera visión te desveló repentinamente un ansia irrefrenable por saber acerca de todas las cosas. Pero esa nueva sed de conocimientos se centró más que nada en el Hombre y en su compleja naturaleza. No hubo respuestas a tus obsesivos interrogantes. Ni insistiendo conseguiste que el Gran Hacedor satisficiera tu curiosidad con palabras de sabiduría.
En busca del Gran Hacedor Circular, cogida de livanvivo.blogspot.com.es.
 
"Lo peor fue que finalmente supiste la horrible verdad: la única manera de ver cumplido tu deseo era haciéndote un igual a ellos; gestarte, formarte y nacer del seno de una hembra humana. Sólo mediante esa atrocidad podrías empezar a llegar a entenderlos.
Cunneda torció el gesto incrédulo. "¡Qué idiotez!", pensó. "Con una mujer como ésta, viviendo en este lugar, con la posibilidad de obtener todo lo que uno quiera... No. Es imposible que me haya podido ir de aquí en busca de no sé qué cosa sin que me obligaran a ello. Desde luego, Yo no lo hubiera hecho. Y ese creador que tanto menciona, ¿es uno de los dioses o qué?"
Inconscientemente, Cunneda delató sus razonamientos con un movimiento negativo de la cabeza y un mohín despectivo en los labios. El gesto no pasó desapercibido para la fascinante mujer que tenía delante temblando de pies a cabeza por el frío creciente. Su persistente silencio devolvió al rey la atención perdida.
-Pues sí. Créeme que te volviste a marchar, pero sin despedidas, sin condiciones previas ni explicaciones de ninguna clase. Y esta vez la gente, tus amigos de verdad, no lo entendieron. No veían motivos de peso para que los abandonaras de nuevo y te negaron su confianza. Hasta nuestra propia hija renegó de ti porque por mí supo también que te hiciste hombre.
-¿Una hija? ¡Válgame el Dagda! ¿Tengo una hija?
-Te-ne-mos una hija, sí -recalcó la dama élfica-. Pero di más bien que tú la perdiste. Ella tampoco comprende a qué venía eso de que te fueras, modificaras del todo tu esencia y te convirtieras en un humano más, uno de nuestros enemigos, uno de los que tanto daño nos causó, con todo lo que ello implica de debilidades y anomalías. Por eso pensó que en realidad les dabas la espalda a nuestro pueblo y a ella misma y, por eso, ahora abomina de ti. La viste a la entrada del jardín, ¿recuerdas? Yo iba detrás y cuando descubrí las cabezas ensartadas en las picas supe que habías regresado. Tu hija también las vio y no dijo nada.
Cunneda se incorporó tragando saliva desquiciado.
-¿Me estás queriendo decir que ella supone que maté a esa gente y la dejé ahí para que se pudrieran? ¿Es que como rey soy capaz de cometer esas atrocidades? ¿Tan cruel soy... O lo era? ¡Pero si yo fui el primero que se asustó al ver aquello!
-Lo que quiero decir es que puede que esos hombres ni siquiera existan; tampoco estoy muy segura.
-¡Venga ya! Tus aclaraciones sólo logran confundirme más -gritó el joven gesticulando como loco alrededor de la dama.
-Tan sólo conozco con seguridad el pasado; lo que ya ha sido. Pero al presente le estamos dando forma en este preciso momento, y el futuro depende enteramente de lo que decidas hacer.
Cunneda rió con amargura.
-Ya estamos con ésas -se limitó a comentar.
-Te estoy hablando muy en serio -fue la réplica a su sarcasmo-. Piensa que, por ejemplo, ésta es la primera vez que yo veía a esas rosas que estaban ahí hace un rato. Antes no existían, ni la que todavía no ha desaparecido ni esta colina ni el valle donde está emplazada. ¿No te das cuenta? Las cosas van sucediendo a medida que tú te las imaginas.
-¡Ah! ¿Sí? ¿Y cómo sabías entonces lo que estaba buscando? -Cuestionó el rey con suspicacia-. Si este sitio no es real ni las flores tampoco, ¿cómo es que me has guiado hasta la Rosa Negra? Es más, ¿qué hacíais todos esperándome en el lugar ése de antes?
La mujer se llevó la mano a la frente y dio un traspié. Preocupado, el muchacho tuvo que sostenerla para evitar que cayera.
-¿Qué te pasa?
-Descuida, no es nada -respondió relajándose entre los brazos de su amado-. Pero siento mucho frío.
Respiraba con dificultad y, al levantar la mirada, el brillo de sus ojos se había apagado.
-Tus dudas son comprensibles -continuó diciendo-, si yo estuviera en tu lugar también las tendría, aunque la única respuesta que te puedo dar es que tu alma es aún demasiado humana y eso está afectando a nuestro mundo. Me temo que, sin quererlo, estás haciendo que se cumplan todas esas ridículas leyendas que los hombres cuentan sobre nosotros. Si te preguntas por qué te recibimos los que estábamos en la Sala del trono seguramente fue porque así lo querías tú. Esto también puede servirte para explicar tu presunta crueldad, y si en el otro mundo te dijeron que aquí había una rosa mágica entonces te has visto obligado a que eso se materializara y adquiriera forma. Y ahí la tienes.
El rey miró el objeto de su aventurado viaje. La oscura luminosidad que emanaba de su corola comenzó a extenderse colina abajo desdibujando tenuemente el perfil de las rocas y de la hierba. En algunas zonas del paisaje ya era imposible diferenciar la línea del horizonte que divide el cielo de la tierra.
"Luz Negra", del pintor José Orús, cogida de www.aacadigital.com
-La verdad es que a estas alturas me resulta difícil distinguir entre lo que es cierto y lo que es producto de mi imaginación -sentenció Cunneda-. Todo acaba por confundirse con demasiada ligereza. Resulta que soy ése al que los hombres llaman el Rey de los Elfos, pero, al mismo tiempo, soy humano hijo de humana. Quizá este país sea perfecto para habitarlo, no seré yo quien lo discuta, sin embargo he tenido que hacer frente al peligroso caos que reina en este lugar. En esa fortaleza de piedra, o lo que sea que fuese, he visto a algunos con los que me había tropezado a lo largo de mi camino, aunque también me he encontrado con seres de los que nunca había oído hablar cuando vivía entre los hombres. Incluso he llegado a dar muerte a una de los que dicen que me aman, pero fue ella la que me obligó a hacerlo, ¡y luego aparece viva como si nada hubiera pasado!
"Según tú, parte de lo que me ha ocurrido es auténtico y otras tantas cosas no lo son. Con sinceridad, tienes que reconocer que tu historia no es muy creíble que digamos. Fíjate que hasta he llegado a pensar en que tú tampoco existes de verdad.
La dama tomó suavemente el rostro de Cunneda entre las palmas de sus manos y le besó en los labios con una lentitud exasperante hasta que el devenir colapsó y volvió a fluir a la misma velocidad que su sangre desbocada.
-¿Lo has notado, mi amor?
-Absolutamente -contestó atontado-. Con toda claridad.
-Y vagando por nuestra tierra, ¿no tuviste miedo? ¿Acaso no sentiste sueño y te echaste a dormir? -El rey lo confirmó a su vez-. Vamos, enséñame el codo; esta herida que tienes ahí, ¿tampoco te parece real?
-En lo sueños también se sangra. ¿A dónde quieres ir a parar?
-¡Un sueño! ¿Todavía crees que estás dormido? Aquí tenemos maestros en la elaboración de sueños y te aseguro que ninguno ha confeccionado uno ni tan continuado ni tan complicado como éste.
-No lo sé -respondió escéptico-. Quizá ahora mismo esté en casa de mi padre, enfermo y delirando en sueños por la fiebre.
-Estás enfermo, sí, pero de humanidad. Lo siento, mi vida; mi intención no es dañarte, sino demostrar que ambos somos reales y que estamos aquí, ahora.
La pareja fue interrumpida por un violento temblor que dio con ellos en el sueño. Cunneda, encomendándose a todos los dioses de su panteón, clavó con fuerza las uñas en tierra.
La sacudida duró unos segundos, tras lo cual volvió la calma. Pero el terremoto dio paso a una escena de tales proporciones oníricas que el joven acabó por convencerse de que se debatía en mitad de una pesadilla: lo único visible era una reducida porción del cerro; el resto buceaba bajo una insondable masa de negritud flotante que retenía los sonidos apagándolos. La dama seguía echada de bruces y sin moverse.
Entretanto, la Rosa permanecía estática mostrando una actitud de satisfacción, por muy disparatado que pudiera parecer en una flor; daba incluso la sensación de sonreír traviesa. Cunneda intentó levantarse para auxiliar a la mujer, pero se detuvo a medio camino al ver que su mano aferraba un huidizo puñado de arena.
Me encantan los relámpagos, y esta imagen de uno múltiple me viene muy bien para la historia. está cogido de www.friki.net.
 
-La tierra, se está deshaciendo -musitó reparando absorto en aquellas diminutas motas del color de la harina de trigo que se le escurrían de entre los dedos.
-Es el Tiempo que irrumpe en nuestro mundo -refirió la dama tras recobrarse de su desvanecimiento-. Debes decidirte sin tardanza.
-Sigo sin saber qué es lo que tengo que hacer -el joven se sacudió el polvo de su mano y comenzó a retirarse de la cabeza la piel de ciervo que le servía de corona élfica, pero la mujer se lo impidió.
-¡Espera! Primero habrás de elegir entre arrancar la Rosa y marcharte con ella o quedarte junto a tu pueblo como rey, olvidándote para siempre de los hombres.
-Así que todo se limitaba a eso: o vosotros o ellos.
Un grueso relámpago rasgó la noche, pero no se escuchó el estallido posterior del trueno. La Rosa se meció coqueta impulsada por un viento casi imperceptible..
-¿Lo ves? -Dijo Cunneda-. Me llama. Me está pidiendo que me acerque y la coja... ¿Hay algo que me lo impida?
-No has aprendido nada de tus veinte años viviendo como un hombre -le echó en cara la dama con voz ronca-. La elección es sencilla: o la felicidad eterna entre los tuyos, conmigo, o una miserable existencia mortal junto a ellos.
El confín del País de los Elfos volvió a iluminarse con una triple centella muda.
-De fácil, nada. ¿Quiénes son realmente los míos? ¿Cómo quieres que me quede si hasta mi propia hija dices que me odia? Si hasta el que tú afirmas que es mi pueblo me ha negado su confianza. Al menos, en el Otro Lado cuento con mi padre y con algunos buenos amigos. ¿Te atreves a decir que es sencillo? ¡No! Para nada.
-Parece que ya has hecho tu elección -admitió resignada la mujer élfica.
-¡Ayúdame, por favor! ¡Haz lo que sea! ¡Convénceme, incluso! ¡Oblígame a creer! Pero no permitas que escoja lo peor. Por el amor que me tienes, no lo permitas.
La aprensión de Cunneda se concretó en una múltiple descarga eléctrica que tiñó de violeta los cielos y la agobiante Nada que los envolvía.
Quisiera pensar que se trata de Deseo,
cuyo papel es más importante del
que parecía al principio.
-¡Qué más quieres! -Gritó la dama con indefensión-. Durante todo este tiempo has tenido delante la demostración fehaciente de que tu gente te quiere bien. Desde el principio, sin quejas y con infinita paciencia, se prestaron a interpretar el papel que tú les asignaste en este estúpido juego y lo único que les sostenía era la esperanza de que al final pudieras recuperar tu identidad, recordando quién eres. Una de ellas saboreó el amargo y penoso gusto de la muerte por ti; si es no es amor, si no eres capaz de verlo así, es que ya no hay manera de explicártelo.
-Nos lo pudimos haber evitado si tú, en vez de huir, me lo hubieras contado antes de que yo entrara en el jardín.
-Habría sido en vano, y tú lo sabes -contestó ella ahogando un sollozo.
En su fuero interno Cunneda tuvo que dar la razón a la mujer. Pero quedaban demasiados cabos sueltos y sus únicos recuerdos, tras la fantástica experiencia, seguían siendo netamente humanos. Aquella idea acabó por inclinar definitivamente la balanza y el joven se alejó de la dama sin apartar los ojos de ella.
-Lo siento -se disculpó con timidez antes de descuajar la flor.
La tempestad entonces se desató en toda su magnitud. Los ruidos que hasta entonces habían permanecido contenidos por la niebla negra retornaron de golpe ensordeciendo al muchacho con la sinfonía más salvaje jamás compuesta por genio alguno. El mugido del viento se alió a los secos crujidos de los truenos, que esta vez sí escoltaron a los centenares de rayos que parecían surgir simultáneamente de todas partes. Cunneda procuró proteger la Rosa de la densa lluvia escondiéndola bajo los pliegues de la piel de venado, pero resultaba una tarea ardua, ya que, al mismo tiempo, debía intentar guardar el equilibrio ante el inmisericorde azote de los elementos. La tierra también habló con un quejido de agonía mientras bloques enteros de roca viva se desgajaban para asomarse a través de la bruma y salir despedidos hacia lo alto.
-Se ha consumado lo inevitable -las palabras de la mujer se escucharon por encima del aplastante estruendo del cataclismo-. Te estaré esperando, vida mía. Siempre. Hasta que regreses de nuevo a mí.
Cunneda reaccionó buscándola ansioso sin ningún éxito. El pedazo de monte sobre el que él se afanaba por no caer comenzó también a gravitar elevándose con lentitud. Entonces se asomó al borde de la piedra y pudo ver a su dama que le contemplaba desde abajo, disminuyendo gradualmente de tamaño, perdiéndola por tercera vez. En ese instante evocó todo su pasado élfico, tan fresco y contundente que a punto estuvo de saltar al abismo. Pero era demasiado tarde.
-¡Laureleï! ¡Te recuerdo, Laureleï! -Chilló hasta quedar afónico mientras subía cada vez más alto, cada vez más rápido.
La mujer sonrió agradecida por aquel último regalo. Luego se dio la vuelta y se esfumó con el resto del Mundo de la Fantasía.
Tras de ella, una puerta se cerró indefinidamente.
 
Preciosa imagen que me hace pensar en Laureleï, la dama élfica, tras la marcha de Cunneda. Está sacada de httprudyardbonilla.blogspot.com.es. Una delicia, ¡ya te digo!
 
 
Me encanta Beleño, y este tema en especial, La dixebra, me resulta lo suficientemente melancólico como para acompañar a la lectura. No se os ocurra llorar.
 
 

4 comentarios:

  1. ¡Hombre, Hubi, vaya pregunta! Pues claro que queremos ese epílogo. De lo contrario nos levantaremos en armas y arrasaremos este blog.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mr. Albert. Ya me he leído un par de veces Las que tienen que bailar y necesito algo más...

      Eliminar
  2. MÁS, MÁS, MÁS, ¿te vale así? Bss.

    ResponderEliminar
  3. ¡Ja, ja, ja! Pero a vosotros dos os lo puedo enviar vía personal, ¡faltaría más! Yo me refiero más bien a un grupito no pequeño de personas que lo ha estado leyendo a lo largo de estos meses y que son los que tienen que mojarse el traserillo para recoger peces... Como el epílogo es cortito, lo recibiréis pronto (ahora bien, os recuerdo que un epílogo es algo opcional y que en realidad la novela finaliza en este punto, ¿vale?). Gracias a ambos. Por cierto, ¿qué os han parecido las imágenes elegidas? ¿Os gustaron o sobraban?

    ResponderEliminar