jueves, 28 de junio de 2012

La Rosa Negra (capítulo V)

Lo prometido es deuda, y aquí está el siguiente capítulo de lo que más se lee en este blog con diferencia, ¡vaya que sí!






Capítulo V. Muerte en el río.

Y buscó en mar y tierra, por años incontables,
Y al final encontró, entre risas y llanto
Mujer tan radiante en su belleza
Que los hombres trillaban el cereal hasta la noche
Por  un rizo robado, por un pequeño rizo.

W. B. Yeats. La Rosa Secreta.



    Se encontraba tremendamente cansado. Tras salir del territorio del dragón recordó que se había olvidado de utilizar su poder de viajar a grandes velocidades con el deseo; por el contrario, se marchó de allí caminando con pesadez y sintiendo cómo se desmoronaban los secos terrones de tierra que se transformaban en polvo abrasador bajo las desnudas plantas de sus pies.
    “Bueno, ¿quién sabe? –procuró convencerse a sí mismo-. Quizá ni siquiera lo intentara por miedo a comprobar que ya no tenía la capacidad de moverse con el pensamiento. Puede que por eso me marchara andando de aquel maldito yermo”.
    En cualquier caso, el laberinto parecía proseguir hasta el infinito y Cunneda comenzaba a desesperar de veras. Por un momento llegó incluso a temer que el jardín de los elfos pudiera extenderse hasta abarcar el mundo entero.
    Esa posibilidad, en cierto modo, no era del todo falsa. El espacio en el que se movía el muchacho no poseía una configuración concreta, determinada e invariable, pues se trataba de una tierra antojadiza, caprichosa y dependiente de las extravagancias que le imponían sus habitantes con cada amanecer. Y así, cada uno de aquellos Seres Naturales podía provocar una variación palpable en la dimensión donde viviera, siempre y cuando no fuera contraria a la voluntad del Rey, que era precisamente el más voluble de todos ellos.
    Coincidiendo con la entrada de Cunneda en el País de los Elfos, el monarca había expandido su hermoso vergel hasta alcanzar los límites de la Tierra de los Hombres; pero, casi sin sospecharlo, ya empezaba a hartarse del experimento y estaba pensando en volver a condensarlo al mínimo permitido por la ley Física Feérica, acomodándose curiosamente a los deseos del aventurero muchacho.
    El agotamiento comenzaba a causar estragos en el joven, quien tambaleante mostraba unos pies hinchados, sangrantes, doloridos y llenos de ampollas. Había transcurrido una jornada –el equivalente a poco más de dos semanas en el mundo de los humanos-, y algunas estrellas se asomaron a un firmamento cada vez más teñido con delicadas tonalidades ígneas, moradas y violáceas. Cunneda no reconoció ninguna de ellas, pero tampoco se extrañó.
     “Lo mejor será que acampe aquí mismo –pensó sin resuello, aunque algo más sosegado por la fresca y opulenta vegetación que le rodeaba de nuevo susurrándole motivos de calma y seguridad-. Dentro de unas horas estaré mejor”.
    Empezó a dormitar nada más cerrar los ojos, esta vez sin que mediara encantamiento alguno, aunque tampoco tuvo sueños. No había pasado ni media hora cuando le despertó insistente un sonido monótono y cristalino. A escasos pasos de donde reposaba discurría un ancho río ensombrecido por gigantescos sauces que hundían sus raíces en el fango de la orilla.
    -¿Y esto? –Susurró nervioso. Juraría que antes no estaba.
    Si aquello ya era de por sí de una infrecuencia asaz insólita, no menos lo fue el particular ambiente que se removía en la atmósfera. El muchacho acusó el atisbo de algo sutil y renovador que le hizo experimentar en su ser recóndito una plétora de energías junto a una apremiante necesidad de derrochar como fuera ese vigor: se le aceleró el pulso, respiraba con angustiosa dificultad y una fuerza interna y salvaje pugnaba por reventar su pecho y salir libremente cobrando forma de grito.
    Por fin pudo recuperar la compostura cerrando los ojos y abrazándose a  sus rodillas para evitar salir disparado hacia el misterioso torrente lanzando aullidos más propios de un lobo que de un hombre. Era noche cerrada y en el cielo ya no había luna, sin embargo el caudal y todo lo que le rodeaba podían distinguirse sin dificultad; las cosas brillaban como si tuvieran luz propia.
    Cientos de miles de luceros, agrupados en constelaciones totalmente diferentes a las que él estaba acostumbrado a ver en su mundo, se habían adueñado de la bóveda celeste y bendecían con sus destellos aquella tierra fantástica. El joven quedó tan extasiado que estuvo a punto de sucumbir ante el irresistible influjo del espíritu de la Naturaleza, que es el que suele desvelar la genuina esencia que permanece oculta en el último rincón del ser humano.
    -Ahora sí que me creo que estoy en el País de los Elfos –se dijo acercándose con calma a la corriente para introducir sus pies heridos en el agua. Al instante notó una intensa oleada de alivio y placer que casi le hace desvanecerse.
    Si bien el crepúsculo y las horas siguientes son hermosos en tierra de duendes, es también, empero, el momento más peligroso para los humanos, ya que entonces los Elfos Oscuros se desligan de sus prisiones bajo tierra al encuentro de víctimas a las que hacen perder el sano juicio con su pesado humor de mal gusto.
Trasgos, de Alan Lee.

    Cunneda, por inspiración natural, husmeó preocupado el aire. Cerca de la orilla percibió el sonido de cuerpos que se arrastran y roncas carcajadas entrecortadas. La sangre se le heló en las venas cuando una abultada masa peluda pasó reiteradamente con el morro pegado al suelo por donde poco antes é había permanecido recostado. El joven no se movió un ápice, ni siquiera cuando aquel ser sin nombre de ojos verdosos oteó el borde del río para localizar a su presa.
    En su fuero interno volvió a maldecir a los parroquianos de la taberna por haberle despojado de sus armas antes de iniciar el viaje. Pero la bestia se volvió con un gruñido para mirar a un punto fuera del alcance de la vista del muchacho. Allí, un gran venado negro parecía retar al lobuno animal a que le alcanzara en una carrera a vida o muerte. Finalmente el ciervo dio un salto y se adentró en la espesura seguido por la bestia. A Cunneda, sin embargo, aquello le pareció más una huida que otra cosa.
    “¡Dioses! ¿Qué puede haber asustado a algo como eso?”, se comentó con angustia al tiempo que se internaba un poco más en el cauce hasta que el agua le acarició el estómago con manos heladas.
    A modo de respuesta, un buen número de sombras furtivas surgieron de improviso de entre la maleza y permanecieron agazapadas no lejos del río. Luego fueron incorporándose con lentitud hasta que Cunneda los pudo atisbar en detalle. Eran trasgos.
    El pequeño ejército estaba formado por medio centenar de criaturas perversas y deformes de metro y medio de altura, gordas cabezas y brazos desmesuradamente largos. Sus puntiagudas orejas se estiraban hasta tres dedos por encima del abombado cráneo, sus narices se encorvaban hacia abajo como los picos de las rapaces y sus ojos eran brasas al rojo vivo incrustadas en unas caras verduscas y arrugadas. Vestían farragosas corazas sobre sus andrajos de color gris y, quien más quien menos, iba armado con una cimitarra de hoja dilatada o lanzas de un metal irreconocible del mismo color que el sílex.
    El más corpulento de todos parecía ser también el más osado y fue él quien, tras avistar al muchacho medio hundido en las aguas, dio la voz de alarma con un estridente alarido y señalándole con un dedo huesudo.
    Cunneda también gritó francamente asustado mientras sus entorpecidas manos pugnaban por localizar la campana que le habían entregado en el poblado de los pescadores. La inicua horda se acercó con rapidez al lugar donde crecían los sauces.
    Era incapaz de encontrarla, en parte por culpa de su avivada imaginación, que le mostraba con nitidez los horrores que podían causarle los trasgos si caía en sus manos; lo más suave que se le ocurrió fue  que le arrancaran las vísceras mientras aún seguía vivo para devorarlas después con espeluznante apetito. Algunas de las criaturas se habían adentrado varios centímetros en el agua, pero por alguna razón no siguieron avanzando, sino que se quedaron clavados en el sitio alargando sus brazos simiescos en un inútil intento por atraparle.
    Por fin halló la campana enganchada a uno de los pliegues de su túnica, la levantó y extrajo una solitaria y líquida nota metálica sin estar muy seguro tampoco de que fuera a producir el efecto que esperaba. Pero la idea dio su fruto: los trasgos se llevaron las manos a los oídos gimiendo con dolor, retorciéndose en el fango como si estuvieran siendo torturados por alguien todavía más depravado que ellos mismos.
    Fascinado, el joven no pudo apartar la mirada de aquella escena dantesca hasta que algo le enganchó del cinturón y la arrastró hacia atrás con un fuerte chapoteo. Entre las burbujas y la confusión alcanzó a distinguir fugazmente una forma veloz que se movía tan ágil como un pez, aunque era mucho más grande.
    El cimbalillo se le había resbalado de los dedos y se había perdido yendo a parar al fondo.
    En cuanto se vio libre de nuevo braceó con prisas hacia la superficie. Una vez fuera escupió tosiendo toda el agua que había tragado en su repentino rapto, se enjugó los ojos y quedó desolado por lo que descubrió: a su alrededor sólo se podía ver un interminable conjunto de olas que le mecían con uniforme delicadeza arriba y abajo.
    Parecía que el río se hubiera transformado en un mar tenebroso, aunque rielante de estrellas, o en un lago gigantesco por la ausencia de corrientes marinas. Pero no; no podía ser un lago, puesto que la tierra, los trasgos, los árboles y todo lo demás habían desaparecido totalmente de la vista. Además, el agua tenía un sabor salado inconfundible y vomitivo.
    “Tengo que moverme –pensó-. Dirigirme a alguna parte antes de que me agote y acabe ahogándome como un miserable”.
    Suavemente, para no fatigarse enseguida, comenzó a nadar sin importarle la dirección que tomaba, sin importarle siquiera si podría volver a ver la luz del sol. Estaba más que harto de aventuras, aunque su instinto le impedía cesar de mover las extremidades para dejarse hundir en las pacíficas profundidades marítimas.
    -Ven con nosotras –creyó escuchar entonces-. Ven y te daremos esa paz que ansías.
    Esas palabras procedían de lo más hondo del océano y, pese a ello, las escuchó como si se las hubieran pronunciado al oído. En principio Cunneda no le dio importancia a si se trataba de una alucinación o si las voces eran reales, lo que realmente temía era que pudiera estar comenzando otro de aquellos inoportunos sueños encantados, así que nadó con más ahínco a fin de evitar que le venciera la modorra.
Perfil de una sirena atrapado de defondos.com.
    Pasó el tiempo y no tuvo más remedio que detenerse a descansar, permaneciendo alerta mientras flotaba para recuperar el aliento.
    -Por favor, dioses; que no me duerma y juro que abandonaré esta búsqueda sin sentido –oró con la vista vuelta al cielo.
    -Ven con nosotras, mi hermoso muchacho, y acabaremos con tu pesar de una vez para siempre –fue la respuesta que obtuvo.
    Cunneda miró a todas partes sin descubrir a nadie. Pero la verdad era que no estaba solo.
    Por debajo de él sintió un roce ligero y se alarmó cuando unos dedos fríos le toquetearon la espalda, aunque al volverse no vio nada. Luego, bruscamente, volvió a ser sumergido en las aguas con un desnudo cuerpo femenino pegado al suyo y unas manos que le aferraban la cara. La mujer le besó con pasión en los labios antes de soltarlo riendo como una niña.
    -¡Oh, hermanas! En verdad os aseguro que este joven es más dulce que las almas de los recién nacidos.
    -Y bien que lo has comprobado, hermanita.
    -Pero miradle con atención, vosotras –dijo una tercera voz-. El miedo hace que su olor sea tan agrio como vejiga de pez.
    Tres mujeres, tan perfectas en sus facciones que parecían haber sido modeladas por un dios escultor, rodeaban a Cunneda. Eran tan imposiblemente bellas que provocaban pavor y su impúdica desnudez turbaron al joven.
    -¿Quiénes sois? ¿Demonios del mar? –Preguntó.
    -Somos Xanas –comentó una, llamada Deseo.
    -Nereidas –afirmó la siguiente, que respondía al nombre de Moderación.
    -Sirenas –resolvió la última con un evanescente brillo de broma en los ojos. Resignación se llamaba.
    -¡Sirenas! –Exclamó Cunneda-. ¿Y qué queréis de mí si no tengo nada que os pueda interesar?
    Comenzaba de veras a echar de menos su campana de hierro.
    -¡Vaya si lo tienes, mi agraciado nuevo amor! –Dijo la que antes le había besado acercándosele zalamera-. Anhelamos tu cuerpo.
    -Tu juventud.
    -Tu alma –volvió a sentenciar Resignación, la que parecía la mayor de las tres, soltando una risotada que levantó columnas de espuma en torno a ella-. Pero no temas, te conquistaremos sin dolor.
    Cunneda sentía los brazos como si fueran de plomo y ya comenzaba a hundirse cuando Deseo le atrapó rodeándole por debajo de las axilas y aplastando sus pechos contra el dorso del joven.
    -Mi adorada hermana –suplicó soltando su fragante aliento sobre la nuca del muchacho-, ¿no podríamos cumplir con nuestra voluntad sólo por esta vez?
    -Él no lo permitiría –respondió la más anciana de las tres beldades con alarma en sus palabras.
    -Él lo sabría –afirmó como un eco Moderación.
    -Pero, ¿es que acaso no lo iba a entender? –Insistió la melosa manteniendo a Cunneda en su sensual abrazo.
    -¡Es nuestro señor y le debemos obediencia! –Se adelantó Moderación al responder.
    El joven prácticamente se había quedado al margen de la discusión y, esperando a recobrar sus fuerzas, comenzó a idear un plan para librarse de las xanas.
    -¡Almas, almas! ¿De qué le van a servir al viejo? –Contestó fastidiada Deseo, quien en su enfado había soltado por fin a su presa para encararse con las otras dos náyades-. Nosotras podemos sacarle más provecho, hermanas.
    -Nuestro deber no es discutir las funciones del Merrow –aclaró tranquilamente Resignación-. Tenemos que conseguirle como sea todas las almas que podamos para aumentar su colección, nada más. Y, por cierto, parece que a tu “hermoso muchacho” no le hace mucha gracia nada de todo esto.
Cuadro de Guayasamín recogido de artedebolsilloblogspot.com
y que para mí representa la angustia que genera la ira.
    Éste, aprovechando la confusión, se había sumergido y se alejaba lo más posible del peligroso trío.     Una mano viscosa le agarró con fuerza el tobillo cortando en seco su intento de fuga. La xana que se había encaprichado de él ahora le miraba con ojos duros mientras clavaba profunda en su muslo una garra que, en vez de uñas, enarbolaba cinco afiladas espinas. Cunneda aulló de dolor pese a estar zambullido.
    -¡Bastardo desagradecido! –Le reprendió Deseo-. Te ofrezco un goce sin límites y tú me lo desprecias, desgraciado.
    La otra zarpa le desgarró con saña el costado.
    -¡Suéltalo! ¡Lo estás matando! –Ordenó la más experta que se acercaba a toda marcha acompañada por Moderación-. Si muere su alma no valdrá nada.
    La visión de Cunneda se iba nublando a medida que se desangraba por sus heridas. Y así, no vio cómo dos de las lamias marinas le quitaban de encima a Deseo, que estaba dispuesta a desmenuzarle el cuerpo a arañazos.
    -¿Y qué si ha de morir de todos modos? –Protestó furibunda la despechada mujer del mar.
    -Pero debe de perecer de manera natural y no a manos de ninguna de nosotras. Podemos incitarle, provocarle, ayudarle incluso –explicó Resignación-; pero en ningún caso asesinarle.
    Deseo hizo rechinar los dientes, aguzados hasta parecerse a los de un tiburón. Daba la impresión de estar algo más calmada, pero sólo en apariencia. Bastaba con una simple excusa para desgarrarle la carne a mordiscos.
    -¿Qué tiene éste de especial? –Preguntó Moderación en mitad del silencio que se había formado-. Que yo recuerde, con los otros nunca te habías puesto así y no es el primer desengaño que te llevas. Muchos de ellos también te rechazaron.
    -¡No tantos, y sólo cuando supieron demasiado tarde lo que iba a ser de ellos! Antes de eso se me habían rendido como los estúpidos que son –aclaró Deseo entremezclando con sus palabras agudos silbidos similares a los que emiten las ballenas. Su figura empezaba a cubrirse de escamas y sus orejas habían desaparecido dando paso a unas branquias muy parecidas a las de los escualos-. Además, hay algo en él que me deja intranquila… Una amenaza; no sé qué es, pero todos mis sentidos me dicen que éste es diferente. ¿Quién eres tú en realidad? ¡Quiero la verdad! –Preguntó directamente al muchacho, a quien le faltaba bien poco para ahogarse.
Un espanto recopilado de fotosguapas.net que representa la transformación de Deseo en su verdadero yo.

    La sirena se lanzó contra él antes de que sus hermanas pudieran impedírselo, pero esta vez se tropezó con la hoja ferrosa del cuchillo que Cunneda empuñaba con firmeza para defenderse. La xana pareció sorprendida y retrocedió unos metros arrastrando consigo el arma alojada en su vientre y que le había sido entregada al muchacho con un fin bien diferente a aquél, puesto que su utilidad radicaba en la búsqueda de hierbas, musgo y muérdagos con capacidad para contemplar el áurea de los seres vivos, pero no para arrebatar la existencia a nadie. La mujer miró la empuñadura y luego paseó los ojos por el grupo como exigiendo una explicación a aquella anomalía, al tiempo que escupía convulsivamente un líquido denso y oscuro por la boca.
    -¿Qué tienes, hermana? –Interrogó sobresaltada moderación.
    -¿No lo ves? Sufre espasmos de muerte –dijo Resignación contemplando cómo la sirena fatalmente herida giraba sobre sí misma, intentando evitar que la vida se le escapara del cuerpo.
    Chillaba con mil voces diferentes: todas estridentes; todas formando parte del penetrante mundo submarino. Eran preguntas planteadas en infinitos idiomas acerca de cómo podía haber ocurrido aquello, de cómo la diversión placentera había desembocado en tan trágico final. Ninguna de las xanas había visto nunca morir con violencia a una de las de su especie y el espectáculo, incluso para Cunneda, era espantoso. Por último, Deseo relajó el cuerpo, que quedó inmóvil flotando entre dos aguas. Había perdido todos sus atributos femeninos y mostraba el aspecto de un enorme pescado atrapado indefenso entre las redes de un afortunado cazador del mar.
    Moderación tuvo miedo y lloró alejándose de la escena. Su hermana mayor abrazó con ternura a Deseo y canturreando entre dientes la atrajo consigo hacia las profundidades abisales.
    El entristecido joven inició entonces su marcha hacia la superficie, hacia la supervivencia. Detrás de él escuchó la voz de la solitaria nereida que había optado por no perseguirle para cobrarse venganza:
    -Has derramado la sangre de uno de los Privilegiados. Has mancillado la Tierra de la Eterna Juventud con una acción salvaje. Acabas de marcar tu destino y las consecuencias habrán de acosarte hasta el final de tu camino. ¡Maldito seas! Tres veces maldito y que no halles nunca lo que has venido a buscar.
    Fuera, la noche élfica seguía cubriendo los cielos. “¿Es que nunca va a amanecer en este aborrecible lugar?”, pensó respirando ansioso el fresco aire nocturno. No se veía tierra firme por ninguna parte, pero la maldición, en vez de amedrentarle, le animó a no rendirse.
    Al rato, escuchó cerca el sonido de algo voluminoso deslizándose sobre las olas. Cunneda nadó en dirección a donde procedía el sinuoso roce, y lo hizo sin miedo, porque creía que ya no le podía suceder nada peor de lo que hasta entonces había experimentado. Por fin vio aparecer un alargado barco bayo, con la vela hinchada, aunque no se había levantado viento, y que se desplazaba sin remos.
    La nave se detuvo a poca distancia invitando al joven a que lo abordara. Alcanzando un cabo que colgaba de la proa trepó apoyando los pies en las maderas que forraban el cuerpo de la embarcación y, una vez en cubierta, se tumbó en el suelo.
    “Que se dirija a donde quiera, ya me da igual”, fue su último pensamiento antes de posar su brazo sobre la frente en un gesto de desasosiego.


Para esto, nada mejor que un trago de sidrina en el puerto de Cudillero, mientras se escucha este temita:
la letra:

So les agües Deva foi
la diosa qu'atapeció.
Nun cantu cande alba nuechi
una piedra xorreció.
So les Agües Deva foi
la diosa qu'atapeció.


Entemecióse so la mar
deva nes agües d'Oriente.
Piedra dura, sable llandiu,
prieta murnia alredeor.
Los pixuetos de la Deva
les neñes del Rebeón.

lunes, 18 de junio de 2012

Dios, Lucifer y el Mundo

Aquí está la siguiente tanda de "Deliciosamente humano", a ver si os gusta...

Imagen cogida de "Esoterica" que representa a Lucifer, el Portador de la Luz. 


Te puedo contar que alguien me contó que una vez le contaron una curiosa historia sobre la estrepitosa caída de Lucifer, y es la que sigue:
Estando Dios contemplando el Mundo recién creado decidió mostrárselo al ángel más destacado y querido por Él, Lucifer. Le llamó, pues, y le enseñó Su Obra, tan hermosa era que bien merecía la pena compartirla. Y no sólo eso, sino que además Dios llevó al Portador de la Luz al mismo Mundo para que pudiera gozar hasta del más mínimo detalle.
Observaron el verdor reluciente de la hierba; sintieron el sano frescor de las sombras a los pies de los altos árboles; degustaron el dulcísimo sabor del agua primigenia en las limpias corrientes y arroyos; escucharon el alegre bullicio de los múltiples animales que poblaban la Tierra a través de los tiempos y disfrutaron con el hervor vivo de los peces y otros seres en los mares y océanos a lo largo de las eras. Luego el Creador guió al arcángel hacia un jardín donde todo lo que ya habían estado admirando con anterioridad se multiplicaba en belleza hasta el infinito. Allí moraba el Hombre junto a su compañera, la Mujer, y descubrieron la paz y la armonía en sus vidas.
Después de todo esto, ambos se marcharon por fin del Mundo, y el tiempo que habían pasado en él fue de un día y una noche, puesto que ambos existían sin ataduras temporales ni limitaciones cíclicas y podían manipular ese flujo a su antojo.
Sin embargo, Lucifer nada más ver la Obra la codició para sí, ya que se sabía incapaz de crear nada por sí mismo y había sentido ansia de posesión y envidia por la felicidad del Hombre habitando en el Edén. Entonces se acercó a Dios y con palabras melosas le dijo:
-Tú me quieres, ¿verdad?
-Bien lo sabes, puesto que te hice don de la existencia –contestó Dios.
-¿Y me darías además lo que yo Te pidiera?
-¿Qué es lo que deseas, Lucifer?
El astuto ángel se había percatado de que cuando el sol se hallaba mirando al Este, el Oeste se encontraba en sombras, pero con el movimiento rotatorio del planeta la operación era la opuesta; y así, siempre era de noche en alguna de las dos mitades del Mundo. Aprovechándose de la circunstancia intentó engañar a Dios.
-Me gustaría que me entregaras, por el amor que me tienes, la parte de la Tierra que esté ensombrecida.
El Creador miró a Lucifer largo tiempo y desveló con pesar la artimaña. Luego respondió ciertamente entristecido:
-Que así sea; desde ahora serás el Príncipe de las Tinieblas.
La única estatua existente del Ángel Caído, en Madrid. Es de
1885 y la elaboraron al alimón Ricardo Bellver y Francisco Jareño.
Imagen de "El Paraíso Perdido".

Lucifer se frotó las manos sonriendo satisfecho y se dispuso a tomar posesión del Mundo y de todo lo que había en él. Pero Dios le retuvo y preguntó:
-¿Qué haces, Satanás?
-La Obra entera es mía, puesto que en algún momento siempre hay sombras en su superficie, y Tú me la has dado.
-Es sabido que lo que doy no lo quito –replicó Dios-, pero es también verdad que tu mentira ha recaído sobre ti mismo, porque si siempre hay oscuridad nocturna no es menos cierto que hay también siempre luz del sol. Por tanto, el Mundo no es para ti.
El ángel, que había cambiado de nombre, al oír aquello sintió miedo y volvió a escuchar la Voz de Dios:
-Contémplate ahora, Señor de la Falsedad. La Luz que tenías, tu Luz, se ha extinguido y no he sido yo quien la ha apagado.
Satanás, antes Lucifer, se miró y advirtió aterrorizado su transformación en un ser oscuro, carente de gracia. Luego el miedo dio paso al odio y gritó al Creador:
-¡Tú eres el que me ha engañado! Desde el principio supiste que pretendía quedarme con el Mundo y no me paraste los pies. ¡Y dices que me quieres!
Dios contestó sin enfado:
-Eras libre, satanás, porque Yo te hice así. Por eso no quería obligarte a que actuases en contra de tu voluntad. Y tu voluntad fue apartarte de Mí.
El demonio se retorció de rabia ahogándose en la aversión contra sí mismo y contra Dios y todo lo que Él amaba. Luego alzó los ojos brillantes de los que brotaban llamas para decir:
-¡Basta! No quiero nada conTigo. Te odio, Te aborrezco, abomino de Ti, abomino de Ti, abomino de Ti…
Y así me dijeron que fue cómo Lucifer se separó definitivamente de Dios.
Satanás (antes Lucifer) recapacitando sobre su caída. Imagen de "Ateismo para cristianos".


Creo que aquí pegaría bastante bien este temita musical, ¿que no? (que dirían los gatos).

lunes, 11 de junio de 2012

Decir adiós sin palabras

Imagen cogida de sickandbored.blogspot.com que me sirve
para ilustrar un poco el mundo de la pérdida neuronal.

No hace mucho que tuve una conversación con un amigo sobre su madre, que padece algún tipo de enfermedad degenerativa neuronal. No es Parkinson ni Alzheimer, pero le va carcomiendo las conexiones de la corteza cerebral (lo que retiene la memoria inmediata), para luego atacar directamente el corazón del pasado al ir profundizando en las diferentes capas cerebrales disipando recuerdos uno a uno, como si nunca hubieran existido (más o menos lo que hará el Gran Modernista al final de todos los tiempos con todos aquellos que se lo reclamen al no querer estar en un Cielo en el que faltaría mucha -demasiada- gente, pero no merecerse tampoco un infierno, que es lo que resultaría de existir en una eternidad vacía de ciertas presencias).
Eso ya de por sí es terrible. ¿Quién puede vivir sin tararear canciones? ¿Sin recordar historias? ¿Sin retener para siempre ese beso tan especial que alguien te dio en el momento preciso para que saltaran chispas? No es para nada agradable. Lo rechazo. No lo quiero. ¡Nunca!
Y creo -sé (no por mí, pero sí por otros)- que resulta igual de terrible para quien sufre a alguien que está así de enfermo. Y digo bien: sufre. Por mucho que se quiera a una persona, por mucho que se necesite de su presencia, resulta una atrocidad sin nombre arrastrar el solemne peso de semejante suplicio hasta que se extingue la existencia de ese degenerado ser al que se ama.
En esa corta charla, mi amigo me comentó algo que me disgustó más si cabe: me recordó que hay funciones vitales de las que nis acordamos, que damos por hecho que van a estar ahí siempre y de las que ni siquiera nos preocupamos, porque es el mismo cuerpo quien las ejecuta sin una orden voluntaria nuestra lanzada a velocidad de vértigo desde la mente. Respirar; el rítmico latido del corazón que suena a Soul puro; el mismísimo pensamiento, al que en excesivas ocasiones ni siquiera hemos podido controlar; la deglución de la comida o la bebida, que apenas sí requiere esfuerzo y que te puede llegar a provocar una neumonía en estos casos, o aprender y avanzar, algo tan necesario para un Mod-ernista que se precie, que forma parte de su misma esencia, según el maravilloso libro de Marcos Ruano "Bienvenidos al Planeta Mod", al que la "Inquisición" propia de este genial, genuino y autofagotizador movimiento cultural maltrató hasta el punto de hacerlo desaparecer de los puntos de venta (si bien yo tengo la suerte de poseer uno de esos ejemplares ya raros y que se convertirán en una posesión de culto que será necesario adquirir para comprender por qué fuimos -somos- tan luminosamente especiales).
Portada del magnífico libro de Mr. Merc,
del que estoy muy orgulloso (me refiero al libro, claro está).
Es de suponer que, como bien dice mi amigo, si en este mundo el verdaderamente desconocido sigue siendo el cerebro y su funcionamiento, lo normal y lógico es que siga siendo, al mismo tiempo, la última frontera que conquistar (de acuerdo que el espacio y el fondo del mar tampoco estan muy hollados que digamos, pero no deja de ser cierto que asumir permanentemente un límite del que no podemos desprendernos por formar parte de nosotros no deja de ser una aberración que no me consuela para nada y me hace dudar más si cabe del ser humano). Para ello, se requiere de fondos destinados a la investigación, no sólo para evitar estas enfermedades, sino como fórmula para satisfacer una necesidad de conocimiento que se me antoja insoportable mantenerla en la inanición de la ignorancia. Es que esa falta de avance llega a doler y para eso creo que el dinero estaría más que bien invertido (no, que yo sepa no tengo a ningún familiar en esa situación, aunque yo mismo temo por mis lagunas de memoria) en bien de una totalidad y no de forma egoísta y personal (que lo soy).
Todo el mundo tendría que aportar algo, especialmente ideas, porque de éstas nacen los caminos hacia el futuro antes de que éste se haga un presente demasiado tardío para rehacer errores, o reflexiones, aunque simulen ser obvias, porque de lo sencillo puede acabar derivando la solución a un problema complicado si acaba en las manos adecuadas (además, creo que, aunque no hubiera remuneración económica por aportar ese bien, el mero hecho de saber que algo grave se aligera merced al pensamiento de uno, es motivo más que suficiente de satisfacción personal, aunque suene muy infantil decirlo: "eso ha sido gracias a mí y ¡soy la leche!).
5sentidos a lo Picasso "pillado" de
vinos3besos.blogspot.com.
¿Por qué digo todas estas tonterías? Porque en mitad de esa conversación con mi amigo (Mahou mediante) me dio por pensar una minudencia: Sé que esas enfermedades deterioran impunemente las funciones vitales y que, al final, hasta el corazón o los pulmones fallan, pero ¿ocurre lo mismo con los sentidos? ¿Se pierden gradualmente también la vista, el gusto, el olfato, el tacto, el oído o la sensación generalizada en toda la piel de notar calor, el viento, el frío o una áspera pared?
Si la respuesta es negativa, ¿es porque esa parte de nuestra fisonomía no guarda relación alguna con el cerebro?
Si, por el contrario, es afirmativa, ¿no sería entonces a través de los sentidos como habría que intentar buscar la solución a la degeneración neuronal, no para frenarla, sino más bien para evitar que las funciones vitales no acaben por fallar del todo?
Quizá algún estímulo artificial permita su mantenimiento y su funcionamiento de forma autónoma, como cuando uno tiene el cuerpo y el cerebro medianamente normal. ¡Qué sé yo!

Mientras, a disfrutar de un buen tema que personalmente me encantaría seguir degustando el resto de mi vida, así se me anulen todas las neuronas de mi plano cerebral (que el Gran Modernista me conserve el oído). Tiene algo que ver con lo anteriormente narrado, es de los Brighton 64 y se titula "Fotos del Ayer":

 

miércoles, 6 de junio de 2012

El sueño de Baudelaire

A velocidad de vértigo (para la lentitud habitual con que se suele llenar este blog), voy a publicar el tercero de los cuentos de "Deliciosamente humano". Y como no comenta ni Dios ninguna de mis entradas, no veo necesario realizar ninguna elaborada introducción, con lo que nos metemos en materia de golpe y sin más revueltas y recovecos.


                                                  El sueño de Baudelaire


Imagen del Templo de Seguesta recogida de arquitectura-antigua.es y que ilustra bien el relato.

De todo lo ocurrido sólo tengo conciencia de vagos retazos, como si un pintor se dedicara a componer su cuadro a base de breves y precisas pinceladas separadas unas de otras tanto en el espacio como en el tiempo. Sólo los muy avispados lograrán reconocer la obra antes de que esté terminada; otros muchos no lo conseguirán jamás.
Recuerdo a un grupo numeroso de personas, entre los que yo me encontraba, en el interior de una especie de construcción griega. Más bien habría que resaltar que eran ruinas, puesto que únicamente se distinguía una serie de columnas completas e intactas de estilo dórico a nuestro alrededor, unidas por un friso carente de motivos para conformar un rectángulo perfecto y abierto al cielo.
La atmósfera se presentaba muda y estática, casi irrespirable de lo sofocante del día. Daba la sensación de que la bóveda azul pesara toneladas sobre nuestros hombros. Ni un sonido ni un movimiento, tan sólo el de los inquietos ojos de mis adláteres que buscaban algo con desesperación.
También puedo evocar, si mi memoria no me engaña, que en el grupo había hombres y mujeres. Ellas mostraban serenidad en el rostro y ellos... Angustia; sí, verdadera angustia contagiosa. Evidentemente, yo no podía saber qué se reflejaba en mi cara, pero sí puedo asegurar que el pecho me oprimía los pulmones, con la misma sensación como si esperara a que me fueran a asustar de un momento a otro. Una tensa espera que nunca terminaba de llegar.
Dos de aquellas personas vestían de negro; ambas de diferente sexo. El varón parecía ser un cura católico y la mujer no lo sé muy bien, aunque era maravillosamente bella, con el largo y abundante cabello blanco de nieve, engalanada con una delicada túnica de suave seda y tan leve que dejaba al descubierto unos brazos de piel cremosa y bien contorneados. La dama no hacía otra cosa que mirarme y yo, a pesar de la multitud, me sentía tremendamente solo.
Todos nosotros nos hallábamos sentados en el suelo, cada cual adoptando la postura que consideraba más cómoda. El sacerdote rompió la quietud con el crujido de su severa sotana al levantarse, y entonces pudimos escuchar el gemido del viento revoloteando entre las columnas, alborotándonos el cabello. Todas las miradas se dirigieron hacia el religioso que se alejaba, caminando despacio, en dirección a una gran casa construida en mampostería y recias piedras cuadradas, rematada en un tejado a cuatro aguas.

Fue la Beldad Oscura quien se movió después para realizar el mismo recorrido, y luego todoslosdemáslasiguieron. Al incorporarme me di cuenta de que nos encontrábamos en un isla muy pequeña, rodeada por un mar totalmente cubierto de nubes que levitaban oscilantes y densas a la altura de las olas, prácticamente lamiendo las telarañas blancas que formaba la espuma acre sobre las crestas ondulantes. Pero justo encima del islote el cielo se mostraba despejado y añil.
El sacerdote y la mujer desaparecieron dentro del edificio. No me llegaba el perfume salado del océano; era una escena sin olor. Pero podía captar los colores con toda nitidez: la cúpula celestial se revistió de oro con tonos violáceos y me demoré un instante en la contemplación de tan espléndido espectáculo.
Traspasé por fin el vano de la entrada pensando que ya no vería más el sol y me adentré de lleno en una pesadilla de locura. Todos gritaban, aullaban, persiguiéndose unos a otros, desnudándose con avidez y desgarrando las ropas en su ansiedad animal. La luz, ya de por sí escasa, se debilitó y el ambiente se me antojó demoníaco y repugnante. Entre las risas y los chillidos de histeria mi estómago se revolvió, las piernas me flaquearon y necesité apoyarme en uno de los muros para no caer. Tuve que apartar a empellones a los que me acosaban. Una de las hembras se plantó ante mí con las órbitas en blanco y lamiéndose los labios con la lengua.
En principio había pensado en incluir el típico dibujo,
pero esta bellísima mujer es real, de carne y hueso,
y me gusta mucho más (de Bossa Electrica).
-¡Venga! Diviértete con nosotros -me conminó con una entonación semejante al balido de una oveja.
-Esto se acaba -contesté apartándome de ella-. Es el fin. ¿Y el sacerdote?
Me pareció distinguir su prenda talar doblando una esquina y hacia allí me encaminé. La mujer, cubriéndose la desnudez con los restos de su traje, decidió acompañarme sin que yo se lo pidiera.
-Espérame -dijo-. Voy contigo.
Los demás nos reprocharon nuestra conducta con insultos, abucheos y silbidos. Me volví hacia ellos y, aún sabiendo que era una pérdida de tiempo, repliqué:
-No sé vosotros, pero yo me noto sucio. Tengo que vomitar mi miseria.
Los dejamos atrás riéndose de nuestra presunta necedad, o por lo menos así lo consideraban los otros. La mujer me seguía con una incansable fidelidad a donde yo fuera, sin pedirme explicaciones, mientras recorríamos todas las estancias de la casa, cuyo interior era infinitamente más amplio de lo que parecía ser por fuera. Pero siempre veía delante de mí desaparecer la sotana tras de algún recodo.
Llegamos finalmente hasta una especie de jardín sombreado y de vegetación baja y rala. Allí, en el mismo centro, se reproducía a escala menor y de manera exacta la construcción clásica en la que habíamos estado antes. La mujer entonces fue asaltada por dos de aquellos cretinos, y como vi que respondía despreocupada y alegremente a las obscenidades de las que era objeto, la abandoné con gran pena.
No había ni rastro del cura por ningún sitio. Desesperado, caí de rodillas y derramé lágrimas en silencio. La luz disminuía a medida que la barbarie iba en aumento; incluso el propio edificio tembló en sus cimientos como si fuera un ser vivo herido. El miedo que ya había sentido antes se me antojó entonces insoportable, pero antes de que me pusiera a desvariar como un poseso escuché un canturreo de suave cadencia que parecía surgir desde detrás de una columna. Me relajé un tanto y vi a la Dama de Negro, con un velo cubriéndose la nívea cabellera y una tea encendida en la mano derecha, caminando hacia mi persona.
Extraño ojo recuperado de filealien -46-.

Se agachó dejando el fuego a un lado sobre el suelo para abrazarme con mimo e hizo descansar mi cabeza en su dulcísimo, lleno y cálido seno. Yo no cesaba de llorar balbuceando que aquello era el fin de todo. Ella acariciaba mi frente limpiándola del sudor frío que la inundaba. Cuando sequé mis ojos la miré y observé en sus pupilas el fulgor de una profundidad tenebrosa y espesa que se movía como un torbellino. En esa tiniebla nebulosa las estrellas se esfumaban, como fósforos diminutos que fueran apagados por soplidos inhumanos, fantásticos. Bebí de sus labios la castidad de un beso puro y sencillo. Una fuente inagotable de placer me recorrió todos los huesos y sentí como si volara.
Al separarme de ella descubrí que la mansión entera estaba en llamas y los del grupos ardían al tiempo que emitían horrendos gritos de dolor, aunque no por ello dejaban de fornicar igual que bestias salvajes.
Alrededor nuestro el fuego consumía sus cuerpos, si bien a ninguno de nosotros nos llegó a rozar siquiera. En medio de aquel apocalipsis ella brillaba como un ángel entre diablos, irradiando paz. Y de esa calma brotó el sueño. Poco a poco, los párpados me fueron pesando cada vez más y, con la última visión de esa mujer genial en la mente, me quedé dormido.
Desperté en mi cama, palpándome la cabeza y notando el malsano calor de la fiebre. Me pregunté si todo no había sido más que una alucinación onírica provocada por la enfermedad; claro que no supe responderme, ya que no me acordaba tampoco de haberme acostado. Además, la vivencia había sido tan desesperadamente real que aún hoy tengo dudas al respecto.
A la Dama la he vuelto a ver en más de una ocasión y en ninguna de ellas me dijo una palabra.


Aquí voy a colgar un video de Los No, titulado "La llave". Son de Barcelona, y son geniales, y son de los más whoístico (léase juístico, relativo a The Who) que he escuchado ¿Por qué los pongo? Quizá porque a veces el cuento o la narración o la escritura me sirve como mera y simple excusa para colgar música que me encanta. ¡A bailaaaarrrrrrr!!!!





domingo, 3 de junio de 2012

Gigante sin causa (semifábula)

Segundo de los cuentos de la serie "Deliciosamente humano". Sin más preámbulos, ahí va:


Hombre-árbol, de  Carlos Sánchez Hijarrubia, que me viene de vicio para la historia


En una población costera situada al Sur del país vivía un joven moreno y de pequeña estatura. Durante el invierno ayudaba en las faenas pesqueras yendo cada día en un bote diferente y cobrando en comidas.
En la estación estival se colocaba en algún garito de la playa donde vendía toda clase de bebidas frescas a los viajeros que venían a visitar el pueblo. Por supuesto, atendía a todos por igual, pero prefería servir antes a las turistas que a los turistas.
El joven moreno y bajito –según los extranjeros “típico del lugar”– soñaba con poderle hablar a alguna de aquellas monumentales bellezas que, con voz golosa, le pedían cerveza, sobre todo, o agua, las menos. Aunque sólo iban a eso, a beber.
“¿Será posible que no se fijen en mí?” –Reflexionaba el joven afligido–. Uno no es tan feo, ¡vamos, digo yo!”.
Todas las noches, al regresar a casa, se preguntaba cuál podría ser el motivo de que a él no le hicieran ni caso. ¡Qué va! Las muy… preferían la compañía de esos chicarrones llenos de hinchados músculos y bien bronceados. ¡Oh, sí! Los veía pasar en parejas agarrados del brazo o dándose la mano, charlando de intimidades, y ellas miraban hacia arriba para contemplar embelesadas los ojos de sus experimentados acompañantes. ¡Pues claro, hombre! Ahí estaba la clave. Su tamaño. Era demasiado bajo para atraerlas a su lado.
“La culpa es de la familia materna –pensaba–, he heredado sus genes enanoides; mi padre bien podía haberse esforzado en buscar una mujer más alta”.
La solución se le ocurrió una mañana mientras contemplaba la vitrina de una tienda de plantas. En unas macetas crecían flores variadas, de diferentes colores y formas, y se fijó en que había algunas de la misma especie que tenían una mayor altura que otras. Intrigado, entró dentro del local y preguntó a la tendera.
–Es por la luz –respondió la buena mujer.
Le explicó entonces que las plantas recogían la energía lumínica a través de sus hojas y que aquéllas que estaban más expuestas al sol acababan siendo más grandes que el resto, aunque se hubieran plantado al mismo tiempo. El joven, emocionado, no se lo pensó dos veces.
“La luz hace crecer –discurrió–. Yo también usaré el mismo método”.

Se dirigió a una droguería donde adquirió un bote de pintura verde similar al color de la vegetación. Luego se untó con una brocha el espeso líquido en las palmas de las manos y se encaminó hacia el monte más elevado de los que rodeaban al pueblo. Una vez allí, expuso sus manos mirando directamente al sol por la zona pintada y se quedó quieto con los ojos cerrados, confiando ciegamente en la provechosa utilidad de su idea.
Poco le importó que la piel se le quemara, quedándose del todo insensible y dura, ni que empezara a notar cómo los dedos de los pies adquirieron vida propia para hundirse en el terreno, cada vez más profundamente. Él sólo tenía la noción de crecer y progresar, igual que un árbol.
Al cabo de un mes, más o menos, llegó tan arriba que ocultó el sol al pueblo. Los turistas, por culpa del muchacho, dejaron de acudir.
–Si no hay sol, no hay divisas –gritaron indignados y se marcharon a una localidad vecina que ofrecía las mismas posibilidades, sólo que iluminadas por el astro rey.
El desesperado alcalde, que de cuando en cuando seguía gastando chistera, a pesar de la obsolescencia de la prenda, mandó talar al loco de las manos verdes que no se avenía a escuchar razones de ningún tipo, porque, entre otras cuestiones, carecía ya de orejas para escucharlas, y si las hubiera conservado estarían a tal altura que la voz no les llegaría con nitidez.
Y el leñador lo segó cumpliendo desapasionado la orden.
Los golpes de hacha no dolían, ni siquiera manó sangre; el joven sólo pudo sonreír de contento al ver que caía desde tan alto antes de morir.

Bella imagen extraída de www.arbolemia.es que hubiera podido ser un buen final alternativo, pero no.


Aquí cuelgo un video de los Agentes Secretos titulado "Málaga es mi ciudad", que por ciudad costera que es, conoce bien lo que significa la llegada de turistas y el desastre que supondría su fuga hacia otros lares...