martes, 12 de julio de 2011

LA ROSA NEGRA (CAPÍTULO II)

                                                                            Capítulo II. Crueldad delata

El rey sonrió y la joven sintió por un momento una extraña benevolencia por el anciano, que le hizo estremecer, pues comprendió que, de alguna forma, ambos eran iguales.
Peter Beagle. El último unicornio.

"Con que un cuento, ¿eh? Pues aquí estoy, sin tener ni idea de cuál va a ser mi siguiente paso", recapacitó Cunneda sacudiendo la cabeza. Un coro de voces que se aproximaban a él le devolvieron de golpe al presente. Eran palabras, aunque pronunciadas en un idioma incomprensible y extrañamente cristalino, con un ligero toque musical: resultaba impensable que sus dueños pudieran ser tan monstruosamente despiadados como ya le habían advertido con anterioridad. Aún así, el muchacho buscó refugio dentro de un espinoso arbusto plagado de pequeños frutos redondos y encarnados y cubierto de flores de color violeta. Al momento pudo ver, a través de las carnosas hojas, a un grupo de hermosas mujeres que conversaban animadamente entre sí.
Destacaba en especial una que caminaba aparte sin participar de la alegría de las otras. Al revés que sus compañeras, de largas cabelleras doradas, castañas o pelirrojas, su pelo era de un negro ébano, con intensos reflejos azulados de diferentes tonalidades, según le incidiera la luz, recogido en una gruesa y complicada trenza que le llegaba hasta más allá de las caderas. También era la más menuda de la cautivadora camarilla, pero lo que llamó poderosamente la atención del intruso fue la perfección de sus proporciones, apenas simuladas bajo una ajustada túnica que se pegaba, como si tuviera vida propia, a su sensual figura.
"¿Por qué estará tan seria?", se cuestionó el joven olvidando por completo al resto de las mujeres y centrándose en la que sin duda era la más bella de todas, la cual ceñía una delicada corona de cuarzo transparente y liso sobre su frente.
Curiosamente, la elegida de Cunneda se detuvo cerca del tupido matorral donde él se había cobijado mientras las demás proseguían su paseo sin mirar atrás. Los sonidos se perdieron en la lejanía y la mujer morena, entonces, volvió la mirada hacia las cabezas ensartadas en las lanzas que, a su vez, la contemplaron con sus ojos vidriosos. Cunneda se dio cuenta en ese momento del absoluto silencio que los rodeaba; siquiera podía escucharse un simple trino de pájaro ni tampoco el natural roce del viento acariciando las elevadas ramas de los árboles que cercaban el jardín mágico. Era una calma capaz de encoger el corazón de los más valerosos.
La dama élfica seguía quieta a muy pocos metros del joven, quien no se atrevía ni a respirar por miedo a delatarse, máxime cuando el menor movimiento suponía un doloroso mordisco por parte de las decenas de agudas espinas que ya se le habían introducido en la piel. Entre pinchazo y pinchazo, Cunneda percibió un extraño detalle: cuanto más la miraba más le embargaba la sensación de que ya la había visto antes. Todo en ella le resultaba inquietantemente familiar; cada línea, cada gesto, su perfil, su peinado mismo.
Imagen de dama élfica cogida de rolellegado.foroactivo.com

"¿Pero cuándo? -Se preguntó-. Si ésta es la primera vez que estoy en este raro mundo".
En eso estaba cuando algo le tocó la sien produciéndole un agradable cosquilleo. Alzó la mirada al cielo y se encontró ante un aluvión interminable de copos albos precipitándose con suavidad hacia la fresca hierba que tapizaba todo aquel próspero país. Sin embargo, ni hacía frío ni había nubes en lo alto.
Algunos de aquellos pabilones penetraron el escondrijo del joven besándole la cara y éste, bizqueando y parpadeando para evitar que le entraran en los ojos, sonrió por su error: no era nieve, sino polen; tan blanco y descomunal como el que liberan los olmos a principios del verano, pero en un número tan vasto que caían por doquier dando la impresión de una intensa nevada. Parecía como si los árboles se solidarizaran con las ardientes lágrimas que derramaba la encantadora dama élfica.
"¡Si está llorando!", exclamó internamente el muchacho y se imaginó a sí mismo recogiendo las joyas líquidas vertidas por la mujer, ya que él las interpretaba así: como piedras preciosas de incalculable valor.
La dama, después, murmuró dos palabras y esa vez Cunneda pudo comprenderlas. Había dicho "cruel" e "inútil", refiriéndose a las cabezas empaladas.
"¡Vaya! Así que podemos entendernos cuando coincidimos en nuestros sentimientos", se dijo Cunneda notando que su afinidad con la mujer era todavía mayor.
Aún no había acabado de deleitarse con esa idea cuando se le puso la piel de gallina y el vello de la nuca se le erizó involuntariamente de puro terror. Por un momento había creído ver que uno de los cadáveres giraba los ojos hasta fijarlos en él.
Pero no fue una jugada de su imaginación, porque el resto de los decapitados imitaron al primero y, por la expresión horrorizada que mostró la mujer, dedujo que tampoco debía de tratarse de un truco suyo. Aquellas bocas sin gaznate hablaron todas a una en el lenguaje de la dama.
-Alguien te acecha, señora -anunciaron acusadoras.
-Vergüenza y deshonra para el Esperado -afirmó la primera que se había movido.
-En ese matorral, a tu izquierda -completó otra de las resucitadas.
Cunneda, que no había entendido nada de lo que dijeron, se mordió el labio cuando la mujer se volvió rápidamente hacia su escondite.
-¿Quién anda ahí?
El muchacho se arrebujó aún más en el follaje, a pesar de los lacerantes aguijonazos causados por los pinchos del arbusto. La dama élfica repitió la pregunta acercándose cada vez más a Cunneda.
Finalmente, le vio y retrocedió con sorpresa en sus verdes ojos y un grito a punto de salir de su garganta.
Súbitamente, el joven saltó en dirección a la mujer, pero ésta le esquivó ágil para salir huyendo. Con un juramento, más propio de su padre que de él, el muchacho se vio obligado a actuar.
Sin pensárselo dos veces, se introdujo con premura en el jardín.




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