martes, 12 de julio de 2011

LA ROSA NEGRA (CAPÍTULO III)

                                                                         Capítulo III. El Puente Invisible.

Ciudad irreal,/Bajo la parda niebla de una madrugada/De invierno, un caudal de gentes vi pasar/Sobre el Puente de Londres; y siendo tantos,/Nunca pensé que la muerte llevara a tantos.
T.S. Eliot. El entierro de los muertos.

Estuvo corriendo durante lo que le parecieron larguísimas horas, rebasando en su alocada marcha setos laboriosamente trabajados con formas disparatadas, pero que no por ello dejaban de ser sumamente atractivas. Había también robles centenarios, alcornoques, encinas y hayas que ocultaban el cielo con sus frondosos ramajes, y rocas de todos los tamaños rebozadas de multicolores colonias de líquenes junto a gigantescos helechos capaces de llegarle a un hombre bien alimentado a la altura del pecho. Galopó como alma que lleva el Demonio hasta llegar, exhausto y desorientado, a un umbroso rincón donde acabó por tumbarse resoplando con agitación sobre el césped.
Descansó unos minutos con la cabeza gacha, si bien le asaltaron de nuevo las prisas por continuar. "La mujer ya habrá dado la voz de alarma entre los suyos -discurrió-. Ahora estarán buscándome por todas partes". Al mirar al frente se encontró de golpe ante dos caminos que transcurrían por direcciones prácticamente opuestas. En realidad, aquel jardín era más bien un laberinto y, aunque Cunneda desconocía su concepto, supo por instinto que el constructor de aquel engañoso edén había abierto numerosos senderos con la única idea de despistar y confundir a toda persona ajena al Reino de los Elfos.
La vereda de la derecha se mostraba por completo limpia de malezas y el sol daba de lleno sobre ella iluminándola casi de manera insultante; "demasiado bonito", sospechó como buen hibernés. La otra era, hablando claro, un sombrío túnel vegetal, en el que la humedad reinante favorecía la profusión de todo tipo de hongos, setas y malas hierbas; "¡Buaj! Demasiado lúgubre".
-¡Pues qué bien! -Prorrumpió, escupiendo las palabras tras estudiar con detenimiento la doble posibilidad que tenía delante. La tercera vía de avanzar campo a través la había descartado por temor a acabar perdiéndose-. Y ahora, ¿qué?
La inconveniencia le hizo chistar con fastidio, pero se incorporó a medias aguzando la vista para intentar descubrir la menor referencia que le indicara, aunque fuera como mera excusa, el camino que debía de tomar. ¡Ajá! Allí estaba por fin. A siniestra, pese a la abundancia de árboles, tan sólo había tras hojas adheridas a la pegajosa superficie de las setas. El joven se permitió el lujo de sonreír teniéndose por muy perspicaz.
-¿Lo ves? Ya está. Los dioses se han puesto de mi parte. Todo el suelo tendría que estar cubierto de hojas, así que por narices tiene que ser una señal. ¡Estupendo!
Ya se iba a mover en ese sentido cuando a su diestra observó, por el rabillo del ojo, a seis grandes cuervos de plumaje plateado saltando y picoteando despreocupados entre las matas de tréboles que crecían en los bordes del camino. Por supuesto, un segundo antes las aves no estaban allí. Cunneda enarcó las cejas y se detuvo en seco. Se hallaba tan confuso que ni se molestó en espantarse de la sudorosa mejilla a una mosca empachosa que acabó por extraviarse perezosamente zumbando enttre las sombras, antes de acabar en las fauces de un avispado sapo emboscado junto a un charco de aguas púrpura.
-Cuervos de plata -bufó-. Las mascotas de la Morrigan que vienen a enredarme con otra señal.
Los carroñeros alzaron el vuelo repentinamente y poco después el joven quedó turbado al ver a un pequeño lirón de ojos desorbitados por el pánico que sostenía entre los dientes media bellota. Nueve hambrientos zorros rojos perseguían de cerca al animalillo con las fauces babeando con anticipado apetito.
El ruidoso grupo cruzó en tropel por delante de Cunneda y se introdujo en el camino de la izquierda; allí, como por arte de encantamiento, todos ellos se esfurmaron en el aire, si bien dejaron patentemente marcadas las huellas de su paso sobre los destrozados fungos.
-Pero, ¿qué es todo esto? -Se preguntó soltando una risita de impotencia.
Agobiado ante tanto absurdo manifiesto, se dejó caer sobre una roca de tamaño considerable que se asemejaba bastante a un asiento, con respaldo y todo, y que previamente tampoco estaba allí. Después miró de nuevo a ambos senderos para sopesar todos los signos que se le habían manifestado e intentar concluir con una explicación vanamente razonable. Lentamente, sus párpados se fueron cerrando mientras le invadía un sopor pesado, lo más probable provocado por un hechizo élfico con semillas de viento como ingrediente principal.
De inmediato, se sumergió en un colorido y denso sueño iluminado por breves estallidos de luz que fueron conformando imágenes ya vividas por el joven. Cunneda se vio a sí mismo llegando al pueblo del que le había hablado el anciano vikingo antes de salir en busca de aventuras sin despedidas de ningún tipo.
Volvió a evocar la sensación de inquietud cuando se topó con las cuatro casuchas y media que suponían el conjunto del indefenso poblado, espectralmente bañado por el brillo lechoso de una ya muy menguante luna. Al fondo, envuelto en una tiniebla azulada, el acéano canturreaba una fluida nana dedicada a todos los niños que habían muerto ahogados en sus maternales brazos.
"En este asqueroso pueblo no puede vivir nadie", el joven soñó que pensaba.
Por encima de la siempre cambiante canción de cuna marina, a los oídos de Cunneda llegó nítido el sonido de un arpa y la voz de una mujer que la acompañaba. Descubrió que uno de los edificios rebosaba de vida. Era la taberna.
Cuando entró, el muchacho no se sintió en absoluto un extraño. Por el contrario, nadie le miró y la mujer -en realidad, una niña aún- continuó entonando su poema consagrado a los héroes de antaño:
"¿Quién esgrimirá ahora la espada
Para vengar nuestras afrentas?
La sangre nueva duerme ociosa
Mecida por la calma de la paz,
Aunque el Enemigo no descansa.
El futuro es incierto,
Y la guerra acecha en la sombra
Mientras los jóvenes pasan la vida
Retozando entre las flores.
¡Oh, Cuchulain!
¿Engañarás a la muerte
Para poder regresar a nosotros?
¡Oh, gran Nuadha!
El futuro es realmente incierto".
Un respetuoso silencio siguió a las últimas estrofas, al tiempo que el arpista pellizacaba alterado las cuerdas de su instrumento dispuesto a atacar con otro tema. Cunneda sorteó las mesas situadas en desorden por el local, abarrotado de clientela, y acabó apoyando los codos en una tabla sostenida por dos altos y panzudos toneles desde donde el posadero servía las bebidas.
"¿Y de dónde ha salido tanta gente?", volvió a reflexionar, dándose cuenta a través del sueño que era imposible que tan escasas casas acogieran a tan poblado y multiforme gentío.
Pidió cerveza haciendo tintinear unas monedas arrojadas sobre la madera. El tabernero gruñó como respuesta y desapareció tras de una ajada red de pesca que hacía las veces de cortinaje.
El muchacho aprovechó la ocasión para echar un vistazo más detallado al interior de la casa y también, de manera disimulada, al personal que asiduamente acudía al lugar para eliminar sus penas con unos vasos o en busca de un poco de compañía que les hiciera sentirse algo más vivos.
Eran, sobre todo, pescadores con los duros rostros blanqueados de salitre y las palmas de las manos agrietadas por el arrastre de las mallas utilizadas en las faenas diarias. También podían verse algún que otro viajero de paso, los menos, y comerciantes que iban periódicamente al pueblo para vender sus mercancías y relatar las últimas noticias acontecidas en el exterior.
A los nativos de la zona les encantaba escuchar especialmente truculentas historias de batallas, así como de uniones matrimoniales entre los más altos nobles y las familias reales más conocidas; a cambio, el narrador no sólo se desembarazaba más rápidamente de las chucherías que traía consigo, sino que, además, dependiendo de su facilidad de palabra y si satisfacía la natural curiosidad de los lugareños, podía pasarse toda una velada trasegando gratuitamente a la salud de sus anfitriones. Nadie en el local estaba visiblemente armado y en el ambiente se respiraba un agradable aroma de camaradería entre los más sedentarios.
La casa tampoco es que fuera muy llamativa de por sí. Tenía forma rectangular y era ancha y alta, con dos pisos por lo menos. Su base estaba erigida en piedra y el resto se alzaba en madera hasta el techo, compuesto de apretados montones de piorno traído del cálido Sur. El muchacho supuso que la planta superior servía de alojamiento para los contados forasteros que pernoctaban en el poblado.
El mesonero regresó con una gran jarra de cerámica llena hasta el borde. Agradecido, Cunneda sorbiío el amargo néctar de la malta con los ojos cerrados. pero al abrirlos de nuevo se atragantó tosiendo y soltando espuma por las fosas nasales cuando vio un sorprendente aspecto del edificio que hasta el momento le había pasado desapercibido: las paredes estaban exageradamente inclinadas hacia el mar, como si una fuerza intangible las atrajera inexorable hacia su seno.
El muchacho se dio la vuelta de golpe señalando con el dedo a lo alto; parecía que quisiera compartir con alguien su más que asombroso descubrimiento, pero los parroquianos ya le contemplaban fijamente y sin hablar. En medio de aquel silencio sepulcral, hasta el arpista había apartado su instrumento para levantarse con lentitud haciendo un gesto con su prominente mentón hacia el recién llegado. Aquel hombre era flaco en extremo y desproporcionadamente alargado, muy similar a la desagradable imagen que tenían de la Muerte los seguidores de la nueva fe procedente del Este, y a la que se había unido recientemente el padre de Cunneda.
-¿Se puede saber qué has venido a buscar por estas tierras de las que ni los todopoderosos dioses logran acordarse? -Le preguntó con sarcasmo el músico, que, por sus trazas, parecía no pertenecer a este mundo.
Cunneda no se acobardó, aunque por pura prudencia instintiva se llevó la mano al pomo de la espada, camuflada bajo la amplia capa.
-Sólo estoy haciendo un alto en mi viaje para descansar esta noche -respondió con voz tranquila-. No sé aquí, pero en el lugar de donde vengo consideramos sagrada la hospitalidad.
-Ya -le atajó impertinente su interlocutor. Era tan escaso en carnes y desgarbado que Cunneda, a pesar de la tensión que se respiraba en el aire, se regodeó pensando en que el estrafalario personaje debía de pasar al menos dos veces por el mismo sitio para poder proyectar sombra-. Un simple paseo por nuestra insignificante isla y armado como si fueras a iniciar una guerra tú solito. ¡Ah! Y por cierto, aquí la hospitalidad hay que pagarla.
El resto de la concurrencia, inclusive el tabernero, el cual parecía carecer de un cerebro con el que trabajar la cabeza, rió divertida las gracias del arpista, quien había enfatizado sus palabras dando un despacioso y afectado paseo por toda la sala. Cunneda, guardando un sensato mutismo, tuvo la sensación de estar presenciando una especie de rito que se hubiera estado repitiendo hasta la saciedad a lo largo de los años cada vez que llegaba un extranjero. El arpista dio la espalda al muchacho y habló de cara a su público.
-Parece un gran luchador, ¿eh? -Asintió haciendo un guiño de complicidad-. Estoy seguro de que es uno de esos valientes, pero estúpidos, héroes que ha venido hasta aquí para liberarnos de nuestra terrible maldición.
El arpista gimió posando el anverso de la mano sobre su frente en un teatral ademán y dirigió la mirada a la techumbre aguardando la esperada reacción del inexperto joven. Sus paisanos y conocidos a duras penas podían contener la risa.
-¿Una maldición? -Tartamudeó Cunneda con los ojos brillando de ansiedad. Tan excitado estaba que no se llegó a dar cuenta del insulto proferido por el músico para ultrajarle.
-¡Pues claro que sí! -El arpista bufón se giró con brusquedad apretando los dientes para arrostrarse con el sorprendido muchacho; el tono que utilizó era de amenaza-. La maldición de tener que aguantar durante el resto de nuestra existencia a gentuza como tú que se cree el centro del Universo.
Cunneda enrojeció de ira. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no estrangular con sus manos a aquel hombrecillo de edad indefinida que, sin venir a cuento, se mofaba de él con crueldad. Otra idea que también tuvo que descartar con desgana fue la de decapitarlo limpiamente de un solo tajo y destrozarle después su estúpida cara a patadas. En vez de eso, sostuvo la mirada del arpista hasta que éste se vio obligado a apartar la suya cerrando con fuerza los párpados.
Los demás también bajaron los ojos posándolos en sus bebidas mientras el posadero, con un carraspeo, se dedicó a limpiar frenéticamente unas cuantas jarras apiladas a un lado del improvisado mostrador.
-¡Diablos, chaval! Tienes carácter -musitó el músico alejándose de Cunneda, quien se sirvió de la tregua para dar a conocer su demanda.
-Estoy buscando la entrada al País de la Buena Gente -soltó antes de libar de nuevo de su cerveza para disimular el ligero temblor de hombros provocado por los nervios.
-Eso no es ninguna sorpresa; ya lo sabíamos -replicó el otro soltando un sentido suspiro. Parecía haber envejecido cien años por el hastío que reflejaban sus facciones-. Bueno, se acabó lo que se daba. ¡Oh, sí! Tendrás que perdonar nuestras burlas, pero es que prácticamente es la única oportunidad que tenemos de divertirnos en este retirado lugar, y puedes estar seguro de que la aprovechamos al máximo. Da igual que vengan gente como tú o guerreros veteranos, ¿verdad? ¡Bah! En el fondo sois todos iguales y nos reímos a vuestra costa, porque ése es nuestro derecho. Sólo nosotros tenemos la respuesta a esa pregunta y nadie nos la puede arrebatar por la fuerza.
-¿Así que no soy el primero? -Interrogó el muchacho dejando el recipiente sobre la tabla a su espalda.
-¡Qué va, hombre! Ya han venido demasiados antes que tú. Y, a este paso, me temo que tampoco vas a ser el último.
El músico, aún más encorvado de lo que ya era habitualmente, regresó junto a su arpa y arrancó algunas notas con dedos nostálgicos. La mayoría de los presentes era consciente de que ese supuesto privilegio del que disfrutaban para el escarnecimiento, y al que había aludido antes el hombre pellejudo, no era sino una burda manera de velar su propia cobardía, o pereza en algunos casos, y eso parecía avergonzarlos a todos por igual. Eran siempre los otros quienes se atrevían a acometer la hazaña, mientras que ellos, incluso teniendo la clave del secreto en su poder, a sólo un paso de lo fantástico, que por su proximidad llegaba a transformarse en lo cotidiano, permanecían cómodamente sentados en espera de que fueran llegando nuevos campeones, sin atreverse a asomar las narices a un mundo tan peligroso como lleno de prodigios y maravillas.
-Y ¿qué ha sido de ellos? -Cunneda se removió nervioso en plena somnolencia mágica.
-¡Ja! Lo más probable es que abandonaran la empresa antes de llegar al Otro Lado -comentó con frialdad el arpista-. Y si alguno logró pasar el Puente y cruzar el Portal fue sólo para hallar una muerte espantosa a manos del Pueblo Gentil. Tan seguro estoy de ello como de que no tengo nombre.
Incluso dormido como estaba, el joven sonrió ante aquella peculiariedad: "Es verdad; en ningún momento me dijo cómo se llamaba. Qué raro que no me haya dado cuenta hasta ahora", le insinuó la vocecilla de su yo consciente. Pero lo olvidó enseguida, porque en su sueño se superpusieron rápidas visiones de los siniestros trofeos que había visto a la entrada del jardín y de nuevo tuvo miedo, aunque no estaba muy seguro de si se trataba de un temor recordado o de la zozobra que le atenazaba en ese momento.
-¿Quiere eso decir que si soy capaz de llegar voy a tener que defenderme peleando contra esas criaturas?
El hombre sin identidad puso un cómico gesto de perplejidad por la pregunta de Cunneda.
-¿Cómo? No te entiendo. ¿De dónde has sacado esa idea? ¡Oh! Ya veo, ya. Es por lo que acabo de predecir, ¿no? -El arpista se frotó las sienes como si intentara arreglar algo que no funcionara bien en el interior de su mente-. No, no, no. Olvídalo, era sólo una forma de hablar. Nada de violencia y, sobre todo, nada de sangre...
El muchacho inspiró aire con alivio bajo la atenta mirada del extraño artista, a quien también se le aligeró el alma cuando comprobó que Cunneda no le había concedido importancia a su obtusa metedura de pata.
-¡Ah! Eso está bien. Yo creía que me iba a tener que enfrentar a peligros y pruebas y cosas por el estilo -declaró el joven subiendo los hombros.
-¡Y tanto que tendrás que superar pruebas, peligros y, como tú mismo has dicho, cosas por el estilo! -respondió el poeta algo más animado-. De hecho, ya has salvado con éxito la primera dificultad: nuestras burlas, que supongo ya habrás perdonado, era una verificación de tu capacidad para el autodominio. Porque nadie, absolutamente nadie, debe de entrar en Tir Na N'og si no puede controlar sus pasiones. Por supuesto, esto no es una condición, sino más bien un buen consejo que te damos.
La clientela de la posada, que parecía reaccionar de manera instantánea a los estímulos del arpista, se aprestó a comentar y a asentir exultantes la verdad que encerraban las palabras de su bardo. Aquello sí que era rotundamente cierto.
-¿Sabes? En el fondo puede que sí vivamos bajo una maldición que se pierde en la memoria del tiempo -prosiguió divertido el músico-. No tenemos ni idea de por qué ni desde cuándo estamos aquí. Ése de ahí, por ejemplo -explicó señalando a uno de los comerciantes que compartía mesa y conversación con tres marineros-, ¿a que tiene pinta de ser extranjero? Pues yo siempre le he visto sentado justo donde está y contando siempre lo mismo. ¡Eh, tú! ¿Puedes recordar de dónde procedes?
-La verdad es que no -contestó el referido con una risita contagiosa que corearon de inmediato sus compañeros.
-A todos los que están aquí presentes no les ocurre lo mismo; algunos han llegado más tarde, pero ya ves -el arpista chistó con fingido fastidio-. Lo único que sabemos es que somos los guardianes de un arcano que nos ha sido impuesto. ¿Por quién? ¿El Rey de los Elfos, quizá? ¿Ese ser que actúa por capricho como si fuera un humano demente? -Sus ojos se clavaron censuradores en Cunneda haciendo que el joven se sintiera inquietantemente culpable-. Insisto, no lo sé. A veces creo que nunca hemos disfrutado de la niñez, que siempre hemos sido así: inmutables. Por mucho que queramos, no podemos, ¡no debemos!, marcharnos y dejar el Portal de lo Oculto cerrado para siempre. Por lo menos, no hasta que alguien logre el objetivo que se haya marcado. Así que te echaremos una mano, pero no por ti, sino para ayudarnos a nosotros mismos.
El sueño vaciló tembloroso, al igual que la superficie de un estanque cuando es violada por una piedra, rompiendo el frágil equilibrio de las imágenes y cambiando de escena sin brusquedad. Ahora se veía en una pequeña cala arenosa, desarmado y aguardando a que subiera la marea. Sobre él, la luna mostraba orgullosa la voluptuosa redondez de su plenitud. "No puede ser -se oyó decir sin mucho convencimiento-. Hace un rato no estaba llena". De todas maneras, logró apartar con bastante esfuerzo ese molesto pensamiento para recrearse con las últimas indicaciones ofrecidas de buena fe por los habitantes de aquel tétrico poblado, que llegaron hasta él como si fueran ecos de un pasado ya distante.
"Tus armas sobran -le ordenó uno de ellos-. Deberás afrontarte al peligro sólo con tu ingenio".
"El hierro de esta campana y de esta daga te servirán para alejar de ti a las presencias indeseables -le aseguró otro haciéndole entrega de ambos objetos-. Pero ten muy en cuenta que la hoja es más un símbolo que otra cosa y no puede utilizarse ni para cortar ni para clavarlo ni, mucho menos, para herir a nadie con ella".
"Fuera ese casco, y el escudo también. No pretenderás acudir en presencia de un rey (en especial, ese rey) vestido al modo de un asesino sanguinario, ¿verdad? Esta ropa que te prestamos te dará todo el aspecto de un gran señor. Aunque puede que eso al soberano de la Buena gente le importará un bledo".
"Si en realidad piensas así, ¿por qué le das entonces esa ropa?", criticó una voz intrusa, pero no desconocida para el muchacho.
"¿Y a mí qué me cuentas? -Se justificó el anterior-. Yo sólo pienso lo que él quiere que piense; al fin y al cabo, éste es su sueño, ¿o no es cierto?"
Cunneda frunció el ceño alarmado, aunque no llegó a despertarse.
"Pero lo más importante de todo y lo único que no debes de olvidar es que el nombre de las cosas es la verdadera base de la Magia -apuntó finalmente el arpista con su familiar entonación, haciendo que el sueño recuperara su normalidad-, y que hasta el más pequeño de los encantamientos necesita de la palabra".
Poco después de la medianoche el femenil astro nocturno comenzó a lanzar su cremoso hechizo sobre el mar y, en la hora tercera, toda la espeluznante potencia del océano se abatió contra la costa bramando furioso como un condenado. Se levantó también el viento y con éste una densa y escurridiza niebla procedente de aguas adentro.
"Es el momento", pensó el muchacho y avanzó hacia el mar.
Sin saber muy bien cómo, quizá por pura fuerza de voluntad o cualquier otro motivo desconocido, Cunneda pudo caminar firme y sin trabas por sobre la espuma de las olas. Con cada paso que daba se iba tendiendo ante él un sólido puente invisible, mientras que arriba, en lo más alto, el firmamento se aclaraba pausadamente con el intermitente resplandor de las estrellas. La paz y la reserva que le rodeaban le hicieron pensar de manera natural en la muerte: "Así debe de ser -recapacitó-. Así de dulce".
De esta manera, anduvo sin reposo hasta el amanecer y, justo entonces, uno de sus pies se posó sobre las plateadas arenas de una playa sin nombre que empezaba a caldearse absorbiendo afanosa las primeras luces del nuevo día. Frente al muchacho, sobre la duna más elevada, se erguía un sencillo portal negro y franco. Una vez cubierta la distancia que los separaba Cunneda intentó atisbar algo a través del vano abierto, pero más allá tan sólo estaba el vacío. Luego probó a introducir el brazo y su mano se vio repelida dolorosamente con una sacudida parecida a un bastonazo.
Cunneda saltó hacia atrás sacudiendo los dedos y haciendo gala de todo su profuso repertorio de maldiciones gaélicas. Tantas soltó que, de haber estado presente, hubiera dejado en ridículo el comparativamente pobre vocabulario de su padre. Minutos después se le ocurrió bordear la puerta para comprobar que tras ella únicamente había más dunas.
Al menos, las jambas eran físicamente palpables y descubrió con admiración una serie de dibujos en relieve sensibles al tacto de las yemas, aunque ciegos para los ojos de cualquiera que no estuviera mínimamente versado en el mundo de la Hechicería.
"Éstas tienen que ser las famosas runas de Sorensen, pero a mí no me sirven para mucho", reflexionó intentando concentrarse en buscar una solución que le despejara aquel obstáculo infranqueable. Las últimas palabras del bardo eran clave: Sonriendo para sus adentros, hinchó el pecho y gritó con fuerza su nombre.
Una de las runas empezó a lanzar destellos hasta alcanzar la incandescencia. Entonces, el Portal se resquebrajó como si fuera de cristal.

LA ROSA NEGRA (CAPÍTULO II)

                                                                            Capítulo II. Crueldad delata

El rey sonrió y la joven sintió por un momento una extraña benevolencia por el anciano, que le hizo estremecer, pues comprendió que, de alguna forma, ambos eran iguales.
Peter Beagle. El último unicornio.

"Con que un cuento, ¿eh? Pues aquí estoy, sin tener ni idea de cuál va a ser mi siguiente paso", recapacitó Cunneda sacudiendo la cabeza. Un coro de voces que se aproximaban a él le devolvieron de golpe al presente. Eran palabras, aunque pronunciadas en un idioma incomprensible y extrañamente cristalino, con un ligero toque musical: resultaba impensable que sus dueños pudieran ser tan monstruosamente despiadados como ya le habían advertido con anterioridad. Aún así, el muchacho buscó refugio dentro de un espinoso arbusto plagado de pequeños frutos redondos y encarnados y cubierto de flores de color violeta. Al momento pudo ver, a través de las carnosas hojas, a un grupo de hermosas mujeres que conversaban animadamente entre sí.
Destacaba en especial una que caminaba aparte sin participar de la alegría de las otras. Al revés que sus compañeras, de largas cabelleras doradas, castañas o pelirrojas, su pelo era de un negro ébano, con intensos reflejos azulados de diferentes tonalidades, según le incidiera la luz, recogido en una gruesa y complicada trenza que le llegaba hasta más allá de las caderas. También era la más menuda de la cautivadora camarilla, pero lo que llamó poderosamente la atención del intruso fue la perfección de sus proporciones, apenas simuladas bajo una ajustada túnica que se pegaba, como si tuviera vida propia, a su sensual figura.
"¿Por qué estará tan seria?", se cuestionó el joven olvidando por completo al resto de las mujeres y centrándose en la que sin duda era la más bella de todas, la cual ceñía una delicada corona de cuarzo transparente y liso sobre su frente.
Curiosamente, la elegida de Cunneda se detuvo cerca del tupido matorral donde él se había cobijado mientras las demás proseguían su paseo sin mirar atrás. Los sonidos se perdieron en la lejanía y la mujer morena, entonces, volvió la mirada hacia las cabezas ensartadas en las lanzas que, a su vez, la contemplaron con sus ojos vidriosos. Cunneda se dio cuenta en ese momento del absoluto silencio que los rodeaba; siquiera podía escucharse un simple trino de pájaro ni tampoco el natural roce del viento acariciando las elevadas ramas de los árboles que cercaban el jardín mágico. Era una calma capaz de encoger el corazón de los más valerosos.
La dama élfica seguía quieta a muy pocos metros del joven, quien no se atrevía ni a respirar por miedo a delatarse, máxime cuando el menor movimiento suponía un doloroso mordisco por parte de las decenas de agudas espinas que ya se le habían introducido en la piel. Entre pinchazo y pinchazo, Cunneda percibió un extraño detalle: cuanto más la miraba más le embargaba la sensación de que ya la había visto antes. Todo en ella le resultaba inquietantemente familiar; cada línea, cada gesto, su perfil, su peinado mismo.
Imagen de dama élfica cogida de rolellegado.foroactivo.com

"¿Pero cuándo? -Se preguntó-. Si ésta es la primera vez que estoy en este raro mundo".
En eso estaba cuando algo le tocó la sien produciéndole un agradable cosquilleo. Alzó la mirada al cielo y se encontró ante un aluvión interminable de copos albos precipitándose con suavidad hacia la fresca hierba que tapizaba todo aquel próspero país. Sin embargo, ni hacía frío ni había nubes en lo alto.
Algunos de aquellos pabilones penetraron el escondrijo del joven besándole la cara y éste, bizqueando y parpadeando para evitar que le entraran en los ojos, sonrió por su error: no era nieve, sino polen; tan blanco y descomunal como el que liberan los olmos a principios del verano, pero en un número tan vasto que caían por doquier dando la impresión de una intensa nevada. Parecía como si los árboles se solidarizaran con las ardientes lágrimas que derramaba la encantadora dama élfica.
"¡Si está llorando!", exclamó internamente el muchacho y se imaginó a sí mismo recogiendo las joyas líquidas vertidas por la mujer, ya que él las interpretaba así: como piedras preciosas de incalculable valor.
La dama, después, murmuró dos palabras y esa vez Cunneda pudo comprenderlas. Había dicho "cruel" e "inútil", refiriéndose a las cabezas empaladas.
"¡Vaya! Así que podemos entendernos cuando coincidimos en nuestros sentimientos", se dijo Cunneda notando que su afinidad con la mujer era todavía mayor.
Aún no había acabado de deleitarse con esa idea cuando se le puso la piel de gallina y el vello de la nuca se le erizó involuntariamente de puro terror. Por un momento había creído ver que uno de los cadáveres giraba los ojos hasta fijarlos en él.
Pero no fue una jugada de su imaginación, porque el resto de los decapitados imitaron al primero y, por la expresión horrorizada que mostró la mujer, dedujo que tampoco debía de tratarse de un truco suyo. Aquellas bocas sin gaznate hablaron todas a una en el lenguaje de la dama.
-Alguien te acecha, señora -anunciaron acusadoras.
-Vergüenza y deshonra para el Esperado -afirmó la primera que se había movido.
-En ese matorral, a tu izquierda -completó otra de las resucitadas.
Cunneda, que no había entendido nada de lo que dijeron, se mordió el labio cuando la mujer se volvió rápidamente hacia su escondite.
-¿Quién anda ahí?
El muchacho se arrebujó aún más en el follaje, a pesar de los lacerantes aguijonazos causados por los pinchos del arbusto. La dama élfica repitió la pregunta acercándose cada vez más a Cunneda.
Finalmente, le vio y retrocedió con sorpresa en sus verdes ojos y un grito a punto de salir de su garganta.
Súbitamente, el joven saltó en dirección a la mujer, pero ésta le esquivó ágil para salir huyendo. Con un juramento, más propio de su padre que de él, el muchacho se vio obligado a actuar.
Sin pensárselo dos veces, se introdujo con premura en el jardín.




La Rosa Negra (Capítulo I)

Desconozco si la imagen es algo real o no, pero es francamente hermosa...
A partir de ahora, y cada vez que pueda, iré trasladando en notas una novela corta que puede que no guste, pero que a mí me divirtió mucho escribir. se llama La Rosa Negra y como jamás va a ser publicada por nadie ni ganará nunca ningún premio, la quiero compartir con todo el mundo para que no acabe olvidada en un oscuro cajón cogiendo polvo.
Ya que el trabajo se hizo hace mucho, que, al menos, en la actualidad lo disfrute el mayor número de personas posible:

                                                         LA ROSA NEGRA

                                                                     Capítulo I. Sed de aventuras.

Entonces, algo de los Tuk renació en él: deseó salir y ver las montañas enormes, y oír los pinos y las cascadas, y explorar las cavernas, y llevar una espada en vez de un bastón.
J.R.R. Tolkien. El Hobbit.

En una región muy lejana en el tiempo y fuera de nuestra dimensión, habitada solamente por Seres Fantásticos, se adentró un joven del Mundo Exterior. Era pálido, delgado pero bien formado, y tenía unos enormes ojos negros y brillantes como carbones vivos. Vestía con lujo, aunque las únicas armas que poseía eran una delicada campanilla de plata, de la que pendía un tosco badajo de hierro, y una daga de caza forjada con este último material.
Su meta era descubrir la plantación de rosas del Rey de los Elfos y robarle, si podía, la flor que se encontraba justo en medio del jardín, bien guardado por los altos guerreros élficos y por algo más temible aún: la propia magia de la Rosa, capaz de eliminar con su solo roce cualquier hálito de vida que bullera en sus proximidades. O eso, al menos, era lo que se decía por ahí.
El hombre, al que en su familia llamaban Cunneda, no había ideado ningún plan concreto; sin más, su intención era la de entrar, arrancar como fuera la flor y marcharse lo más pronto posible.
Sin embargo, su “elaborada” estrategia se fue al traste cuando se topó, justo a la entrada del jardín, con varias decenas de picas ensartadas en tierra, cada una de las cuales se hallaba coronada con lo que parecían ser cabezas humanas de hombres y mujeres indistintamente, o más bien lo que, en algunos casos, quedaba de ellas. Supuestamente, aquellos espantosos trofeos pertenecían a los pobres desgraciados que, al igual que era el deseo de Cunneda, habían osado intentar apoderarse del Tesoro del Rey de los Elfos. Sus rostros, los reconocibles, mostraban un sufrimiento indecible y muchos de ellos, en verdad antaño hermosos, mantenían la lengua fuera de la boca, en una muesca grotesca que les restaba cualquier signo de humanidad y que provocó en el joven un prolongado escalofrío de miedo.
-¡Pues qué bien, hombre! –se dijo con la respiración entrecortada por la impresión-. En esa maldita taberna no me dijeron toda la verdad.
Y entonces se sentó en el suelo para meditar.
De entre todos los recuerdos que acudieron a su memoria escogió aquél en el que se veía de nuevo en su poblado hibernés, en la choza de su padre, hablando con él sobre la mejor manera de hacerse un hombre con un alto precio de honor sin tener que esperar a que su cara se arrugase como una pasa ni a que las canas inundaran su espesa melena ahora oscura. Evocó, como si aún estuviera delante, la gruesa carcajada que soltó su padre antes de empezar a despotricar, con su característica voz profunda y ajada, aunque firma, sobre la leyenda de la Rosa Negra.
-Los ancianos, ésos que tienen aún más edad que yo, dicen que existe un país donde la Gente Menuda campa a sus anchas y donde nadie les importuna, porque el Buen Dios así lo quiso cuando les entregó aquel maravilloso lugar, que sólo el Oscuro sabe dónde está, y es una lástima que así sea, porque corren ríos de vino de Hispania y de hidromiel de los griegos y de cerveza de casa en cascadas. Bueno, los viejos también aseguran que esos seres han levantado un inmenso jardín en medio de aquella remota región y que su rey (del que sospecho debe de pertenecer a la muy noble raza de los Tuatha de Danann), digo que ese rey logró con su magia que naciera una rara rosa negra –el hombretón escupió supersticioso en el suelo-. Y, por lo visto, la utiliza para esconder entre sus pétalos todo su poder élfico. Según he oído decir, ese poder guarda la forma de agua dorada que, gota a gota, va resbalando por el tallo hasta llegar a las raíces, que son la base y el sustento que unifica a todo ese país, alimentándola eternamente.
Nuada, de los Tuatha de Danann (preciosista dibujo de Jim Fitzpatrick de su obra de 1978 The Book of Conquest), se dispone a combatir al ejército de los Fir-Bolg.

El joven contemplaba abstraído a su padre, con el rostro apoyado en las palmas de sus manos y las chispeantes pupilas abiertas como cuencos. Estaba acostumbrado a que el antiguo guerrero discurseara con infinitos rodeos antes de que, finalmente, se decidiera a dar su precioso consejo. Por este motivo, le dejó continuar con su relato sin interrumpirle groseramente.
-La gente cree, el Altísimo les arregle la podrida sesera, que es posible hacerse con esa flor y aseguran que quien lo consiga podrá utilizar el poder del Rey de la Buena Gente para lograr que todos sus deseos se cumplan. Deseos de todo tipo, muchachete, tú ya me entiendes –el viejo regaló con un pícaro guiño a si hijo, rió y propinó un largo trago a su décima jarra de sidra ácida.
Cunneda esperaba impaciente a que su progenitor se decidiera de una vez por todas a hablar en serio, pero se sorprendió francamente cuando éste siguió barboteando sobre fantasías sin sentido.
-Hay que hacer caso de los ancianos, que para eso han llegado a viejos, y éstos juran por lo que creen más sagrado que la hazaña no es precisamente un juego de niños. Muchos insensatos, ¡vaya si lo son!, incluso algunos de los que vivían en nuestro pueblo, como aquella chica de tu edad, ¿cómo se llamaba? Laurelin, sí, así era; muy bella y fresca… -El hombre calló un instante. Luego enarcando las cejas como si hubiera despertado de un breve sueño, continuó-. Digo que ésos lo han intentado y nunca más se ha vuelto a saber nada de ellos. Claro que es posible que estén prisioneros de la Gente Menuda o, a lo peor, están muertos y bien muertos, ¿quién sabe? Pero mira hijo, personalmente opino que todo eso es una sucia patraña y que si quieres hacerte pronto rico lo mejor es robar haciendo incursiones contra los del pueblo vecino o trabajar, si no tienes más remedio –volvió a reírse y, tras desahogarse soltando un brutal eructo, se desplomó sobre la mesa precipitándose en el sueño hondo y vacío de los benditos borrachos.
El joven no hizo ningún comentario. Se limitó a contemplar el corpachón de su solitario padre subiendo y bajando pesadamente al ritmo que marcaban sus potentes ronquidos. Se trataba de un simple cuento, ¿qué otra cosa, si no?, pero que acabó despertando en él una sensación de ansiosa curiosidad que le llamaba desde el País de los Elfos, estuviese éste donde estuviera.
Recordó también que al día siguiente fue a visitar a uno de los viejos del poblado: un vikingo retirado, de edad indefinida, que un buen día se decidió a apurar sus últimos años de vida en las plácidas tierras de Irlanda, a las que tanto había arrebatado en el pasado y a las que pretendía restituir en algo, al menos con su presencia. Sorensen era su nombre.
El muchacho no era como su padre y, aunque al principio intentó allanarse el terreno con halagos para con el norteño, enseguida se metió en materia.
-Supongo que con esa vida que has llevado, has tenido que viajar mucho –Sorensen asintió en silencio con orgullo-. Y apuesto a que has visto más prodigios y hechos maravillosos que nadie, ¿verdad? –El groenlandés hizo un gesto de perplejo fastidio-. Y, como llevas ya bastante tiempo entre nosotros, estoy seguro de que alguna vez tuviste que oír hablar del Rey de los Elfos y de su Rosa Negra. Dime, ¿tú qué sabes de eso?
-Nada –contestó con su extraño acento norteño dando la espalda a un decepcionado Cunneda.
-¡Qué dices! Eso es imposible; no me lo creo –le achacó el muchacho-. Si hasta me han dicho que gente de nuestro poblado se marchó lejos en busca de la Rosa y que no han vuelto. Tienes que saber algo a la fuerza.
-Muy bien, vale. Es verdad, pero eso no significa que esté obligado a contártelo –sentenció en un perfecto gaélico que en el pueblo donde habitaban se mezclaba con el idioma que, por entonces, se hablaba en el Noroeste de Hispania-. ¿Qué pasa si no me da la gana? Además, ¿a ti quién te asegura realmente que esos idiotas no han huido de sus gordas mujeres en vez de ir a por la rosa ésa? –El viejo corpulento sonrió irónico-. Sí, eso es; con lo odiosas que son vuestras hembras, los listillos ésos se han aprovechado de la leyenda para cambiar de aires y buscar carne fresca que les anime un poco. ¡Je, je! No me extrañaría nada que hubieran acabado sus tristes vidas degollados por bandidos en cualquier camino perdido de este mundo.
El cinismo del nórdico no amilanó a Cunneda, puesto que sabía que el resentimiento del antiguo vikingo se debía al permanente rechazo hacia sus torpes galanteos por parte de todas las mujeres a las que intentó asaltar, ya estuvieran casadas o no. Por eso, volvió a la carga insistente.
-Eso a mí me trae sin cuidado. Lo que me interesa es lo otro. ¿Has oído algo, sí o no?
Sorensen suspiró con fingida impaciencia pasándose una mano ancha y nervuda por su barbada cara. Y, aunque se alejó con lentitud, fue seguido de cerca por el asediante muchacho.
-¡Cómo! ¿Todavía estás aquí? –Preguntó enojado antes de hacer el amago de entrar en su choza; por cierto, una de las más grandes del pueblo-. ¿Es que no me dejarás nunca en paz? ¿Los jóvenes no tenéis otras cosas que hacer más que perder el tiempo con esas pamplinas? Ejercita con la espada, que buena falta te hace, o encuentra una moza y piérdete con ella en el bosque. ¡Qué sé yo!
Cunneda se cruzó de brazos alzando los hombros. Finalmente, el hombretón claudicó ante la tenacidad del muchacho, pero lo hizo con gusto, porque, como a todos los viejos con experiencia suficiente, le encantaba hablar, escucharse y ser escuchado.
-¡Odín me guarde! –Exclamó teatral-. Me rindo; ni siquiera el Padre de las Batallas sufrió un acoso semejante antes de expulsar de Asgard al Señor de la Mentira. Está bien, pesado, ¿qué quieres saber exactamente?
-¡Pues todo! –Se apresuró a responder el joven-. Quiero conocer si hay un país de la Buena Gente; si tengo algún modo de llegar hasta allí; si de verdad esa flor tiene poder; si…
-¿Dónde vas? Espera –le interrumpió Sorensen-. Poco a poco, chaval, poco a poco.
Ambos tomaron asiento en el banco que el viejo espadachín tenía junto a la puerta de su cabaña, en el exterior, y dejaron volar los segundos admirando las evoluciones de las nubes que aquella mañana anunciaban tormenta.
Imagen del espíritu nórdico del bosque llamado
Huldra, cogido de earthandliving.blogspot.
-La Rosa Negra, si en verdad existe, es peligrosa. Muy peligrosa, y por eso es también tan atractiva –comenzó a decir el anciano quebrando de repente el silencio-. Pero no es la única amenaza que acecha en aquel maldito país. Los hulder, a quienes vosotros incomprensiblemente llamáis la Buena Gente, odian a las demás razas del Mundo; ni siquiera los Enanos de las historias que se cuentan en mi tierra natal podrían vivir en paz con ellos. Pero su aversión a los hombres es tan intensa como inexplicable. Si alguien fuera descubierto en aquellas tierras, su vida valdría menos que la de un esclavo, sí señor.
-A mí me han dicho que la Gente Menuda ha raptado a muchos niños sustituyéndolos por troncos de roble con forma humana. Si es cierto que nos odian, ¿por qué iban a hacer eso entonces?
Cunneda, molesto por la malicia del vikingo, tuvo la desagradable sensación de que el anciano se estaba burlando de las creencias hibérnicas, pero no era así. El viejo únicamente estaba contando lo que había escuchado sobre la Rosa Negra, si bien no podía evitar la tentación de contrastar, a modo de inocente competición comparativa, la exuberante fantasía imaginativa de los irlandeses con la no menos abundante fabulación mitológica de su melancólica cuna boreal.
-Por capricho, jovencito. Puro y simple capricho –dijo-. Pero déjame hablar y escucha con atención. Hay un medio de pasar del país de los vivos a Hi-Brasil, la Tierra de la Magia, que está más allá del mar, justo antes de que las aguas se viertan en las Cascadas del Final del Mundo.
Las primeras gotas de lluvia sorprendieron a la pareja en mitad de la conversación y tuvieron que cobijarse en la casa de Sorensen. Dentro reinaba una obscuridad incómoda que solucionaron con una buena hoguera. A medida que las penumbras se retiraban con la luz del fuego, Cunneda pudo contemplar extasiado la apabullante y casi secreta riqueza que el vikingo había ido atesorando durante sus expediciones bélicas de juventud por el continente. Copas de oro y plata, vasijas de cerámica exquisitamente decoradas, figuras de bronce y pergaminos con mapas de tierras extranjeras abarrotaban las estanterías de madera de nogal decorada con tallas de entrelazados, cabezas de dragones y otros monstruos marinos desconocidos para el joven.
El suelo, al contrario de lo que ocurría en el resto de cabañas del poblado, no estaba cubierto por ramas y matojos, sino con raras y gruesas pieles blancas que también mantenían inviolada la intimidad del pirata protegiendo la puerta y las ventanas. Había arcones rebosantes de mantos, túnicas y pantalones, y cofres con anillos, broches y collares de oro rojo.
Junto al catre del anciano, cuidadosamente colgado de la pared, estaba su equipo de guerra formado por un ancho broquel de madera con redondas defensas de hierro protegiendo su superficie, una espada larga, dos lanzas y un hacha de asalto. Justo debajo, sobre una mesita de escasa altura, reposaba una cota de malla y un yelmo de duro cuero curtido. Un cuerno de marfil con incrustaciones de plata remataba el conjunto.
Yelmo vikingo real
"Debió de ser un gran jefe entre su gente", pensó el joven con cierto respeto creciente por su gigantesco interlocutor, "pero, por muchos años que pasen, nunca se adaptará a nuestras costumbres".
Sorensen ofreció vino caliente con especias a su invitado, y el olor del caldo unido al del musgo adherido a los troncos que ardían siseantes en el fuego relajaron la tensión inicial del joven cuando entró en la cabaña.
-Venga, siéntate. ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí! Te decía que se puede llegar al país de los Hulder -prosiguió el viejo tras saborear con fruición el líquido de su vaso y relamer con cuidado cada grasiento pelo de su hirsuta y ya rala barba-. Muchos afirman que existe un puente invisible que parte desde el último rincón de la Tierra y llega hasta una puerta guarnecida por runas prodigiosas.
-¿Runas? ¿Qué es eso? -Preguntó Cunneda, quien ignoraba todo lo referente a cualquier tipo de escritura.
-Es magia en su estado natural, pero atrapada en palabras dibujadas. Y ahí está el primer peligro, en las runas, si es que de verdad existe esa puerta, claro.
El joven frunció el ceño ante el exceso de incredulidad que mostraba Sorensen, y éste se dio cuenta.
-Mira, muchacho, una cosa es que te cuente lo que a mí me han dicho desde que era un mocoso como tú y otra muy diferente es que me lo tenga que creer, ¿estamos? Pues no me fastidies más y déjame acabar. Me estoy temiendo que se te ha metido en la cabeza la absurda idea de ir hasta allí, ¿no es eso? -Cunneda asintió sin vacilaciones-. En ese caso, primero deberás de dirigirte al Oeste hasta llegar a la playa y luego hacerte con una barca para alcanzar la isla de los salvajes. Allí la cruzarás de punta a punta, siempre hacia el Oeste; entonces verás el Gran Mar, donde habitan los enormes kraken. Una vez que llegues, busca un poblado y pregunta a la gente. Creo que te constestarán gustosos a todo lo que quieras saber.
El vikingo calló y se sirvió más vino. Cunneda le contempló espectante, pero cuando el silencio se hizo demasiado largo se levantó del asiento.
-¿Es que no me vas a decir nada más?
-No -contestó lacónico el viejo mientras se rascaba distraído las cicatrices del brazo.
-¿Ni siquiera me darás el nombre del pueblo ni me dirás con quién tengo que hablar? -Dijo apurado el muchacho, quien ya se había decidido firmemente a ir al encuentro de la gloria y la fama inmortal siendo el primer humano que lograría llegar a la región de los elfos y, por supuesto, ¡seguir viviendo para contarlo!
Sorensen dudó antes de contestar.
-El nombre del pueblo es lo de menos. Quien lo busca con interés acaba por hallarlo, eso es seguro, y también creo que tienen una taberna donde acogen con calor a los que se gasten algunas monedas de cobre en beber su repugnante cerveza. Esos salvajes no saben ni elaborar buena bebida -añadió en un susurro confidencial-. Ahora, por Ukko, déjame tranquilo. Estoy harto de hablar -había un claro tonillo de envidia en sus palabras.
Cunneda abandonó la casa pensativo y en recogido silencio. Ni siquiera se dio cuenta del chaparrón que estaba cayendo. En la choza, y esto el muchacho no lo sabía, el vikingo se plantó ante sus armas y las acarició con reverencia.
-Esa tierra existe -murmuró para sus adentros recordando las historias sobre algunos drakkars que arribaron a costas occidentales tras cruzar por el Norte del Atlántico-. ¡Ah! Si tuviera unos años menos...