martes, 17 de mayo de 2011

Frases asquerosamente lapidarias

    No tengo más remedio que sonreírme con sonrojo al afrontar la enorme contrariedad que supone no poder soportar las frases lapidarias lanzadas por parte de nadie y abrir aquí una sección dedicada a ellas que, por cierto, se irán añadiendo a medida que se me vayan ocurriendo (o que se le ocurran a los demás y yo me apropie de ellas, claro está):

    1) El hombre que tiene razón no es el que mejor defiende sus ideas, sino aquél que, aun sin saber batirse por ellas, es poseedor de la verdad (esta frase me la dedico a mí mismo. ¿Por qué? Muy sencillo, nunca poseí la elocuente labia suficiente como para plasmar en palabras habladas las ideas que brillaban con claridad en mi mente; y así me ha ido). Es más bien una manera de justificar mi absoluta incapacidad para debatir; además, esto en un país como el nuestro en que quien tiene más pulmones para gritar o puños más fuertes para pelear se lleva el gato al agua, carece por completo de sentido. Por eso, siempre pensé que en los Tribunales deberían replantearse muchas veces el concepto de justicia.

    2) Dime lo que odias y te diré de lo que huyes (va especialmente dedicada a aquellos que odian-temen la homosexualidad y la atacan cada vez que pueden; siempre sospeché que ese tipo de gente oculta a su propio demonio en su interior).

    3) Se muestran antagónicos para ocultar su secreta igualdad (ésta es de El Roto, grande donde los haya, publicada en El País, el 17 de noviembre de 2011).

    4) No voy a discutir con imbeciles, ya que me harán bajar a su nivel y me ganarán por experiencia (¡Ja, ja! Ésta es muy buena y acompaña a los mensajes de naxo_zubidesaguisado en el foro no oficial del Córdoba CF).

     5) Adán era de color negro: Eva era de color blanco; la unión de ambos ha producido una humanidad gris (la cita es de Enrique Jardiel Pocela, y me la ha regalado mi buen amiguete Albert Landsknecht).

     6) El amor da inteligencia a los idiotas y vuelve idiotas a los inteligentes (Idem; voy a tener que ponerme a descubrir a Enrique Jardiel cuanto antes, porque promete. Su biografía, sobre todo su paso por Hollywood, ya es llamativa).

7) Dios es tan grande que hasta no creer en Él es una forma de creencia, con sus propios ritos y liturgias (dedicada a la multitud de ateos con los que me he topado en mi vida y que sin venir a cuento ni pedirles mi opinión me la regalaban como si fueran curas en sus púlpitos. Insufrible, oiga).

8) Si te limitas a flotar en un plácido mar de salud acabarás enfermando de aburrimiento. Esta frase me gusta especialmente por el entorno que la rodea. Se lo soltó el Joker a Batman en una rarísima edición de "La broma asesina" en un par de viñetas que fueron luego eliminadas del original de 1988, a petición del propio Alan Moore, que prefirió luego introducir un chiste con el que el Payaso del Crimen hacía reír al mismísimo Señor de la Noche a carcajadas. La segunda viñeta incluía la respuesta del alter ego de Bruce Wayne: "¿Crees que realmente mi vida es tranquila?" y la contrarrespuesta de su interlocutor: "Me lo temía".

Votos útiles, ideologías inútiles y libertad en las urnas


Hablar de elecciones ahora (con las municipales del 22 de mayo de 2011 a la vuelta de la esquina) resulta inevitable por lo actual del caso, pero, siendo fieles al espíritu del blog, consiste en tratar un asunto que trascienda un poco la actualidad y sea válido para la vida en general (las pequeñas cosas de interés) e incluso para cualquier tipo de elecciones por venir:
 
    Me sorprende que haya mucha gente que pida dejar de lado la ideología a la hora de ir a votar y que se opte en las urnas por el mejor gestor para un ayuntamiento, sea quien sea y milite en el partido que milite. Y me sorprende, aunque sin llegar a ofenderme, por varias razones. Primero, porque un alcaldable de cualquiera de los grandes partidos nacionales (todavía son tres, pero vamos en camino de ser bipartidistas como en los países anglosajones) está inmerso en unas siglas que indican claramente una determinada ideología, por lo que votarlo a él es optar por esa ideología.
    Segundo, porque, en el hipotético caso de que la cabeza de lista tenga visos reales de flotar por encima del interés particular de un partido y parezca que en verdad está interesado en el mejor gobierno de una ciudad para que ésta se desarrolle social y económicamente hablando, por desgracia siempre va acompañado de un grupo (que a veces son banda) que le acaban recordando quién es, dónde está y por quién está ahí. Este caso me recuerda bastante al de Antonio Vélez Sánchez, ex alcalde de Mérida por el PSOE entre 1983 y 1995, que, en mi humilde opinión, resultó ser un excelente regidor, pero rodeado de lerdos en su equipo de gobierno, y que me ha sorprendido presentándose de nuevo a la Alcaldía emeritense encabezando la candidatura de Socialistas Independientes de Extremadura (SIEX); o el de Enrique Bellido Muñoz, presidente del PP en Córdoba entre 2000 y 2002, que acabó siendo defenestrado por su propio partido sencillamente por tener un talante dialogante con el contrario, lo que le llevó a conseguir, en común acuerdo con el entonces secretario general del PSOE en esa provincia, José Antonio Ruiz Almenara, la puesta en marcha de las obras del pantano de La Colada, en la norteña comarca de Los Pedroches, hoy ya terminadas. Y ahora resulta que los mismos que le dieron la puñalada por la espalda hoy lo han recuperado de nuevo como asesor.
    Tercero, porque en Córdoba a la gente le dio por votar a una persona (Rosa Aguilar) más que a un partido (IU) en las municipales de 2003 (su segundo mandato, aunque en este caso quedando por delante del PP) y, al final, esta mujer se acabó marchando al PSOE como consejera de Obras Públicas, primero, y como ministra de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, después, aunque se haya vestido con el manto átono de independiente (pues ni está afiliada al PSOE ni IU mantuvo su afiliación cuando cambió de barco).
    Entonces, ¿de verdad queda alguna opción de votar más con el corazón (a una persona) que con la cabeza (a una ideología que tenga algún mínimo reflejo en un partido)? Pues ojalá que así fuera, porque los que estamos en el limbo ideológico parecemos bichos raros en una conversación entre ideólogos consagrados (ya sean de la misma cuerda o de distinta, que tan sólo es algo más acalorada) y nuestra opinión es considerada como algo inútil para los intereses de los dos (todavía tres) grandes partidos y, por tanto, para sus intereses propios. Tan inútil como nuestro voto, siempre que no acabe en una de esas tres listas.
    Y ésta es otra. ¿Cómo vas a votar en conciencia cuando en más de una ocasión los ojillos y los dedos se te han ido hacia una de esas papeletas de minúsculos partidos o de formaciones que se están ya deshaciendo y la has tenido que soltar de nuevo en el montón por saber que la Ley D'Hont acaba repartiendo luego esos votos residuales entre los grandes sin distinción de ideología o voluntad?
    En todos lados se cuecen habas y todos tienen sus muertos escondiditos en los armarios. Aquí nadie es un santo y la perfección dista muy mucho de cualquiera de nosotros. Los ingleses cambian su voto de un partido a otro dependiendo de cómo vaya el país, y lo hacen sin pudor y sin que nadie les susurre, como un impertinente Pepito Grillo, al oído aquello de "facha" o "rojo" seguido de los epítetos que uno quiera, porque saben que no lo son y que esas diferencias que antaño partieron a un país (el nuestro) en dos, aunque muchos (demasiados) quieran mantenerlas por intereses oscuros y extraños, más vale que se entierren de una vez por todas, ya sean en una anónima fosa común o en el mastodóntico Valle de los Caídos. Aquí debería de pasar lo mismo de forma natural, pero a día de hoy resulta del todo imposible...
    En medio de estas tontas reflexiones, me topé con esta iniciativa, que desconozco si tendrá o no el éxito que reclaman, pero que suscribo al cien por cien, porque me he leído el manifiesto y, al margen de ideologías (algo que se deja bien claro en el texto), coincide en sus planteamientos enormemente con lo que pienso. Es una propuesta que va más allá de cerrados conservadurismos o progresismos baratos. Es casi como un soplo de aire fresco en medio de un estercolero, pero por desgracia, como todo movimiento que se tercie, al final requerirá de una mano que lo guíe, que le dé forma y lo intente conducir hacia esas metas que postulan, y será justo en ese momento cuando empezará a dejar de ser fresco. En cualquier caso, bien merece la pena poner el enlace:

http://democraciarealya.es/

Esto se ha dado en demasiadas ocasiones (que nadie secuestre tus ideas, por favor)



domingo, 8 de mayo de 2011

Segundo de los cuentos de los "Terrores de la calle Osario"

Está visto que o me obligo a algo o no avanzó. Lo conseguí con el primero de los cuentos de "Terrores de la calle Osario", que fue confeccionándose poco a poco, en vivo y en directo en este pequeño blog hasta que finalmente vio la luz, y voy a intentar hacer lo mismo con este otro, que todavía no tiene ni título, pero que, como bien decía Amadeus en su película, lo tengo (casi) todo en la cabeza y sólo hace falta garabatear, garabatear, garabatear...
Dice así:



Iglesia de San Miguel que se menciona en el cuento

                                                                REFLEJOS



    Había dejado atrás la hiriente luminosidad en el gran ojo del cíclope de piedra que era el templo de San Miguel, y caminaba ensimismado contemplando bajo mis pies el ajado empedrado de la calle Ramírez Arellano, en cuyas enmarañadas calvas de cemento asomaban con angustia y como necesitadas de luz las rosadas piedras del adoquinado original a modo de voces silenciosas para un pasado remoto. Toda aquella delgada vía rezumaba Historia pura por sus millones de microporos y el olor acre que desprendía provocaba vaporosas visiones antiguas pendientes en hilos de polvo temporal que se desvanecían temblorosas con cada gota de sudor real provocado por el intenso calor.
    La primavera se mostraba bravía ese año y todo hacía presagiar una Feria de la Salud abrasadora en sus mediodías y bien regada de cerveza, fino y otras bebidas refrescantes a partir de la caída del sol.
    Yo venía literalmente aplastado por el colosal peso del sol cordobés, que inflamaba insistente con las primeras horas de la tarde, y, así, llegué casi sin advertirlo a la Plaza de los Carrillos, ya en plena calle Osario, saliendo del estrecho acoso de dos elevadas paredes que pretendían encajonarme para siempre en la memoria de sus ladrillos hacia una libertad moderada por la amplitud del lugar. Y ese cambio espacial fue lo que me arrancó de mis profundamente tontos pensamientos, en los que, por lo general, una repetitiva tonadilla mental de índole céltica me solía transportar lejos de las vanalidades sociales que transcurrían a mi alrededor haciéndome creer que yo era alguien especial y totalmente fuera de lugar.
    La minúscula plazoleta estaba llena de gente a esa hora. Trabajadores que aprovechaban la jornada partida para tomarse un aperitivo antes del almuerzo cómodamente sentados en  la terraza del Mesón El Perol, progenitores con niños recién salidos de clase y escasa prisa por llegar a sus hogares, dueños de tiendas que miraban directamente al coqueto emplazamiento y que entonces bajaban las persianas marcando el final de la mañana, algún que otro turista primaveral que no se sentía desplazado en toda aquella maraña de gente y, por supuesto, yo.
    Reconozco que me gusta mirarme fugazmente en los escaparates. Me devuelven una imagen robada elegantemente oscura y de contornos algo difusos de mí mismo que difumina mis errores físicos, atenúa mis fealdades y me hacen agradable a mi vista. Me obsesiona comprobar cómo me sienta determinada ropa, especialmente los polos Fred Perry, según el movimiento de mi cuerpo o si llevo el pelo despeinado o demasiado largo o si mi perfil me sigue resultando atractivo por una ausencia tenaz y obligada de papada, así como de cualquier sombra de bigote y barba.
Imagen inquietante captada del blog Tejiendo el mundo
     En esas estaba en la enorme luna que cubre el frontal del citado mesón cuando junto a mi reflejo descubrí una imagen que me puso el vello de los brazos de punta. Era una niña vestida con el uniforme del vecino colegio de la Divina Pastora, ubicado en la paralela calle de Conde de Torres Cabrera, y que me llegaba a algo más arriba de la altura de las caderas. Estaba situada algo por detrás de mí y lo que me horrorizó no fue su presencia repentina, sino más bien el hecho de que yo me estuviera moviendo y ella se desplazara conmigo como si fuera un apéndice mío sin necesidad de utilizar los pies. De hecho, permanecía completamente inmóvil, con los hombros ligeramente encorvados hacia adelante, los brazos pegados al cuerpo y su largo cabello cubriéndole por completo la cara.
     Evidentemente, no tardé ni una décima en volverme y, como no podía ser de otro modo, junto a mí no había nadie que calzara con esa descripción.
     En ese momento, la maraña de gente que tenía a mi alrededor y ese murmullo relajante que arrastraba consigo se disiparon sin prisas. Era algo por completo normal, porque cada cuestión tiene su momento y esa plaza, sencillamente, estaba predestinada a vaciarse en ese instante. Lo sabía, y era consciente de que habría sido así, incluso a pesar de no haber tenido junto a mi asustado reflejo a aquel silencioso ser flotante y ajeno a todo lo que supone el mundo natural. Únicamente permanecieron en su sitio un hombre acoplado a una mesa de la minúscula terraza del mesón con un tubo de cerveza delante y sentados a su lado, una pareja de avanzada edad, quizá alemanes por su aspecto, que inspeccionaban un sinfín de folletos turísticos agradecidos y aliviados por que en este país de bárbaros que vive del turismo todo lo relativo al ocio está traducido a varios idiomas (películas de DVD incluidas).
     La verdad es que si me fijé en todos esos detalles fue para intentar obviar lo que, a la postre, me resultó imposible. Ellos, por el contrario, ni se fijaron en mí, aunque me di cuenta de que el hombre solitario evitaba a toda costa cruzar su mirada con la mía, como si supiera de mi súplica silenciosa por aferrarme de alguna manera a la realidad cotidiana y apartara conscientemente el salvavidas de sus ojos más por miedo que por otra cosa.
    ¡Sí! Aquel hombre estaba aterrorizado, y yo quería averiguar la razón, aunque intuía que tenía que ver, y mucho, con mi extraña situación. Necesitaba su ayuda, porque la alarma de mi cerebro comenzaba a zumbar de forma similar al instinto arácnido de Spiderman mostrando su reflejo en un ligero temblor de mis rodillas y manos. No me avergüenza decirlo: estaba a punto de perder el control por pánico a lo que aún estaba por llegar, así que escoré mis pasos hacia su persona para exigirle una palabra tranquilizadora y fue entonces cuando la niña flotante comenzó a mover la cabeza en dirección a mi persona.
    Me detuve en seco y por el rabillo de mi visión ansiosa contemplé sin respirar el acartonado movimiento de su cuello que le desplazaba el cabello de su rostro hasta dejarlo poco a poco a la vista. Escuché, o simplemente me lo imaginé, el crujido de sus secos mechones emulando un cortinaje de plástico de tipo del Río, como las que tenían la mayoría de los bares durante la década de los 60 en el siglo pasado para evitar el paso de las moscas en las horas más calurosas de la siesta, y cuando su faz quedó libre de obstáculos comprobé con un escalofrío que no tenía rasgos de ningún tipo. Mejor dicho, aunque no carecía de ellos, se mostraban latentes y eran distinguibles casi por intuición: unos inmensos y desapasionados ojos sin párpados ni brillo de vida en su interior, una nariz carcomida por algún tipo de virus similar al de la lepra y una boca inexpresiva, aunque impresionantemente grande que casi le partía en dos la parte inferior de la cara.
    Allí clavé mis pupilas para contemplar sin sorpresa que la abría hasta mostrar unos amarillentos y retorcidos dientes puntiagudos detrás de los cuales no asomaba lengua alguna; sólo un tremendo vacío palpitante que prometía dolor y sufrimiento como el que sentí cuando la cerró de golpe sobre mi hombro.
    No la vi saltar ni realizar movimiento de ningún tipo. Tan sólo apareció a la altura de mi cabeza y ya me estaba dando la dentellada de la que comenzó a manar abundante sangre. Lo peor de todo es que carecía de cualquier pasión en su actitud. No parecía buscar alimentarse con ello. Únicamente causar daño y provocar miedo. Y, por Dios mismo, que lo consiguió.
    Con un alarido, que sacó bruscamente de su ensimismamiento a la pareja de alemanes y obligó a mirarme por fin, bajo una sombra de tristeza, al misterioso solitario, salí corriendo hacia las profundidades de la calle Osario dejando atrás la plaza. Y entonces lo noté. La presión del mordisco había desaparecido, aunque la herida permanecía. Fue algo casi instantáneo, pero el horror que me inundaba me obligó a seguir corriendo un trecho más. El polo sobre mi hombro estaba desgarrado y manchado de fluidos varios, algunos míos, otros del espanto que ya no estaba, y me llevé la mano hacia allí para apaciguar con ese infantil gesto el latido de mi infectada herida.
     ¿Por qué se había marchado? ¿Me seguía acechando de alguna forma en la invisibilidad del aire? Me giré con rapidez y los pelos de la nuca erizados esperando ver a la niña flotante sobre el empedrado de la calle, pero únicamente atisbé la cara del solitario asomando desde la sombreada esquina de la plazoleta, y me pregunté si todo aquello que estaba pasando tenía algo que ver con él.
    Por si acaso, opté por una retirada discreta. Además, el hombro estaba cada vez más dolorido y bajo mis dedos noté que se empezaban a formar sacos supurientos bajo la piel que variaban el tamaño a modo de minúsculos corazones. La cabeza se me iba y mis sentidos se aminoraron bajo una sensación generalizada de malestar y náuseas.
    A la altura de una tienda suministradora de colchones, ubicada justo antes de la Plaza Vaca de Alfaro y del colegio Divina Pastora, el ser silencioso volvió a dar signos de vida, por llamarlo de algún modo. El establecimiento tenía tres inmensas vidrieras a modo de escaparates, más una puerta de cristal, y "ella" surgió de repente nada más asomar mi dramática y cenicienta imagen por la primera de las ventanas. Me atacó de nuevo; en esta ocasión, en la mano y el dolor fue todavía más intenso que la vez anterior. No me quedaban fuerzas para gritar, pero las lágrimas brotaron silenciosas haciendo que mi visión se emborronara, aliviando, al menos, el horror de su imagen carente de sentimientos. La "niña" presentaba los ojos de un tiburón antes de que se velaran para cazar a su víctima con las mandíbulas y eso me asustó incluso más.
Del blog Taringa
    Por fin pude usar los pies para correr. La segunda de las vidrieras contaba con unos barrotes de hierro y, ya fuera por el tipo de metal con los que estaban confeccionados -los seres feéricos, por ejemplo, carecen de poder alguno frente al hierro, o eso cuentan las leyendas- o por cualquier otra extraña ley caprichosa del "más allá", el caso es que la niña inexpresiva quedó aprisionada tras aquella celda de cristal intentando abrirse camino con los dientes a través del reflejo de los barrotes. Por pura clarividencia supe que estaba a salvo y la conexión neuronal fue más allá hasta comprender que me hacía daño sólo a través de mi reflejo. Algo que pude comprobar al saltar al siguiente escaparate, también bajo la protección de travesaños metálicos.
    El ser babeaba mientras intentaba arrancar mi defensa mágica y por fin soltó un gemido de impotencia. Pero lanzó sus brazos a través de los travesaños y me aferraron como una fría tenaza una de mis muñecas. Tiró de mí hacia su posición lanzando bocados hacia mi cara frenados por los barrotes. Sus movimientos eran cada vez más ansiosos y venían acompañados de fantasmales gruñidos, hasta que de un potente tirón el reflejo de mis brazos quedó a su alcance. Antes de morderme me miró con unos clarísimos ojos de odio y se recreó en mi miedo con la boca abierta previa a la acometida.
    Me abrió sendas heridas en los antebrazos y en una de ellas vislumbré lúgubres gusanos que se adentraban en la carne macilenta a través de huecos y venas para seguir devorándome desde el interior. Grité bien alto, como nunca antes lo había hecho, pero la calle seguía desierta y sin ruidos de ningún tipo, y por un instante me cuestioné si seguía estando en la realidad o me movía ya dentro de un reflejo.
    Sólo había una manera de averiguarlo. Lancé una patada con todas mis fuerzas, que eran más bien escasas, contra la macabra imagen gris que tenía delante y la enorme luna vibró obligando a la niña a soltarme con la ondulación. Lo siguiente fueron dos puñetazos seguidos y una nueva acometida con el pie y el cristal se vino abajo con estruendo llenando de nuevo de luz mi entorno.
    Ahora era yo el que estaba repleto de ira. Arranqué, no sé cómo (eso quizá explicara por qué perdí tres uñas y tenía el dedo anular de la mano derecha roto por tres puntos), una piedra de la calzada y la arrojé contra la puerta, que saltó en añicos. Hice otro tanto con el último ventanal usando el mismo proyectil y con la última rotura un enorme suspiro se hizo oír por toda la calle arrastrado por un malsano viento ardiente. Por fin caí a tierra y entre las nubes de mi cerebro embotado llegué a pensar que Osario era quizá la vía menos transitada del mundo. Era imposible que nadie estuviera siendo testigo de mi terrorífica experiencia. Me estaba desangrando vivo con más celeridad que un cochino en su matanza y no había ni un alma que viniera a socorrerme. Pero el dolor interno era lo peor. Percibía el vómito a punto de asomarse a la garganta y nunca acababa de llegar, y el malestar por el mareo me inundaba por completo.
     Había que avanzar y salir de aquella asfixiante calle.
     La verdad es que tuve suerte, porque, previo paso sin incidentes por otra tienda de copiado de llaves, en la Plaza Vaca de Alfaro, allí donde se levantó un busto en homenaje a "Lagartijo", me encontré entre unos arbustos que formaban parte de un parterre a modo de jardincito el palo metálico que en su día había formado parte de una escoba. La punta estaba partida y oxidada, pero nada me importó y lo así a modo de garrote con ambas manos.
     Me lancé, entonces, en una carrera loca hacia la desembocadura de la calle en la Plaza de Colón, dejando atrás el borrón amarillo y blanco del colegio de la Divina Pastora y lanzando otro golpe inocuo con el palo de la escoba contra los cristales de una boutique de belleza llamada "Carmelina" algo más adelante. Repetí la operación contra el escaparate del siguiente portal (un negocio al que la crisis había devorado sin piedad) y continué la carrera agachándome lo máximo que podía para evitar las protegidas ventanas del Círculo Taurino, lo que me hizo resoplar y regurgitar algo de amarga bilis.
    La salida estaba relativamente cerca. Más allá se abría un inmenso espacio libre de reflejos con un parque que era la imagen vívida de la cuadratura del círculo en medio, mirando directamente al curioso Palacio de La Merced, donde alguno insinúa que Colón se entrevistó con Isabel y Fernando con el famoso huevo de testigo para reflejar la redondez de éste nuestro mercenario planeta. Pero todavía quedaba un peligroso trecho por recorrer, si bien era cierto que aquella maldad flotante parecía que me hubiera rehuído desde que rompí aquella ventana.
Imagen del blog Crees en fantasmas
    Nada más lejos de la verdad.
    Pasé sin problemas ante una tienda donde se vendían antigüedades, de nombre San Barandán (como el famoso monje viajero de origen gaélico, que ahora es patrón de los marinos), pero al llegar a la altura de la librería Don Bosco, justo enfrente del Hotel la Boutique que ocupaba lo que había sido la antigua sede de la Inspectoría Salesiana, sentí el aplastante peso del terror en mis plúmbeas piernas y trastabillé con lágrimas en los ojos y maldiciendo mi suerte hasta caer de bruces contra la fría piedra del suelo.
    Sobre mí (ya no sé si en la realidad o en la imaginación refractaria) estaba aquella niña horrorosa. Apenas pesaba, pero mantenía sobre mi presa clavados en el cuello ocho uñas largas, punzantes, frías y duras; mientras que con los pulgares marcaba un rítmico suave masaje en la nuca. Tragué saliva de incomprensión, de ésa que sabe a la nada más absoluta con un ligero aroma a cobre añejo, y desde mi baja posición contemplé su cara perfilada en el espejo del cristal. Me devolvió la mirada y en sus enormes ojos de pez descubrí el brillo de la tristeza. Una enorme cicatriz, que parecía haberle provocado un intenso dolor, le cruzaba la cara en oblicuo de derecha a izquierda y desde la sien hasta el centro de la barbilla. Gracias al Cielo, mantenía la boca cerrada, pero su baba goteaba sobre mi polo y reconozco que eso me sentó peor que la mancha frontal que se había formado por haber caído sobre un fangoso charco. Pero eran esos estúpidos detalles los que me permitían fijarme a la escasa cordura que me quedaba.
    ¿A qué venía ese impulso de tristeza en sus pupilas blandas? Me había acosado, maltratado, asustado hasta el límite, y ahora daba la sensación vulgar de ser una amante desdeñada, casi defraudada por algo que yo hice.
    Su boca tembló y el líquido baboso volvió a gotear en abundancia sobre mi Fred Perry café con leche. Los dientes brillaron a la luz del sol, y eso parecía estar por completo descontextualizado por el fulgor diurno, cuando, en teoría, nada puede ocurrir fuera de lo natural.
    "Ya está. Me va a dar el golpe de gracia, sin razón ni motivo aparente. Sin testigos de mi locura...", pensé. Me resultaba extremadamente injusto, no porque fuera yo quien sufriera esta pesadilla, sino porque, sin considerarme precisamente un santo, no recordaba haber cometido alguna acción especialmente punible. Porque si aquello no era un castigo divino o algo por el estilo, carecía por completo de sentido; y el terror sin sentido es directamente uno de los anillos del Averno no mencionados por Dante en su obra magna.
     Pero no acabó el movimiento.
     Por el rabillo del ojo vi los zapatos de un varón adulto que se detenía a mi lado. ¡No me lo podía creer! Alguien vivo que podría contemplar mi sufrimiento y al que podría pedir ayuda, aunque no sabía ni cómo empezar a explicarle cuál era mi problema.
    No hizo falta. Al levantar la mirada, contemplé el pánico en su cara. Al mismo tiempo, la bestia que se asentaba sobre mis espaldas lo contempló a él con interés y asombro, y aflojó su presa sobre mi cuello.
    A decir verdad, me vanaglorio de mi intuición natural. Es un don; un regalo absurdo, sin ninguna aplicación práctica en lo que la sociedad actual considera como útil, ya que no aportaba ganancias ni demostraba mi abrumadora superioridad sobre el resto de la humanidad. Soy, por ejemplo, de ésos a los que posee la magia primordial universal para notar la lluvia, la escarcha en la hierba o el cambio del viento antes que nadie; de fijarme de forma eminente en la primera hoja amarilla de la temporada otoñal o en la llegada y huida de las aves migratorias; de admirar fenómenos atmosféricos de la índole de un cometa o una estrella fugaz dejando una estela azul sobre el negro cielo cordobés. Y en aquel momento supe fehacientemente que me encontraba a salvo.
Plaza de los Carrillos, con el Mesón El Perol al fondo
    Me fijé en el que, sin saberlo, estaba tomando el relevo de mi macabro yugo y tuve la consciencia de que se me parecía mucho. Sobremanera. No tanto en lo físico, que también, sino en las formas, en sus maneras de moverse o estarse quieto, en la mirada... Era como una mala copia de mí mismo viéndome irónicamente reflejado en un espejo. Pero él ni siquiera me dedicó una mirada, porque sus ojos estaban clavados en los de ella a través del escaparate, en ese segundo que se eterniza por la famosa relatividad de cada instante, y, finalmente, salió huyendo calle Osario abajo en dirección a San Miguel.
    La presencia fantasmal dejó de ser un peso y, de repente, me quedé solo, en silencio, con una inmensa necesidad de llorar de alivio.
    El camino a casa fue un martirio apenas recordado, salvo por vagos retazos de detalles futiles. Gracias al Cielo, apenas sí había cristales en los que reflejarme, pero es verdad que, desde entonces, no hay espejos en mi casa, las cortinas siempre están echadas sobre las ventanas y casi ni me atrevo a asomarme a la oscura pantalla del televisor antes de encenderlo.
    Pero he de decir que tuve suerte. Muchísima, la verdad.
    Al día siguiente de mi espantosa experiencia, evitando como la peste la presencia de la calle Osario, recalé, no obstante, en la Plaza de los Carrillos donde todo empezó. Agradecí mudo el murmullo de la gente y los ruidos del tráfico, pero enseguida me puse a buscar mi objetivo, pero tardó en llegar. Se sentó en la misma mesa que el día anterior y me miró con más descaro en esta ocasión, como invitándome a compartir la mesa con él. Así lo hice, con avidez, porque tenía el pecho dolorosamente cargado de preguntas.
    Estúpido de mí. Ni abrí la boca. Él también se arropó con un manto de silencio cómplice y delante de nosotros, sin que nadie se lo pidiera, el camarero plantó delante de cada uno un tubo de cerveza para él y un tercio de Mahou para mí. Justo lo que yo necesitaba. Justo lo que él también requería.
    "¿Tú también ves a la niña?". Era la pregunta que me abrasaba la lengua sin que terminara de cobrar forma de palabras sentidas. ¿Y si él veía otra cosa? ¿Y si su terror era largo y oscuro o mostraba otra horrenda cara?
    Entonces, su mirada se amansó y seguí la línea de sus ojos medio bajos hasta toparme con el hombre que, sin saberlo, me había salvado. Respiraba con ansia contemplando la enorme luna del mesón. Yo sabía, y mi compañero de mesa también, que su prueba todavía estaba siendo y cuando buscó ayuda en el personal sentado en la terraza, ambos apartamos la mirada con vergüenza y cobardía.
    Por nada en el mundo quería repetir esa vivencia, y algo muy dentro me decía que si socorría a ese pobre desgraciado, que también tenía ese toque inútilmente "especial" como nosotros, la niña volvería a acosarme a través de los cristales.
    Me limité a cerrar los ojos cuando el hombre, asustado hasta rozar el colapso, gritó mientras se perdía por las sombras de la escurridiza calle Osario...

miércoles, 4 de mayo de 2011

En defensa del caballero de un ojo

Portada de Vertice con Cíclope ejerciendo de líder natural de la Patrulla X original
    Scott 'Slim' Summers, alias Cíclope, es, muy probablemente y salvo honrosas excepciones, uno de los personajes de comic más incomprendido y que menos ha calado entre el público seguidor de los superhéroes de la Casa de las Ideas (Marvel). Y esta afirmación nada fortuita viene a cuento después de oír hablar a numerosos lectores devoradores de novelas gráficas quienes lo consideran un estúpido "soseras", pasado de moda y casi un proscrito entre los mutantes, ya que ni siquiera tendría cabida en las filas de los increíbles Hombres X (en España conocidos por la Patrulla X).
     Una idea que, para ahondar más en la injusta herida, ha sido potenciada en las dos maravillosas versiones cionematográficas de este grupo de mutantes en favor de ese chulo guaperas con aspecto de salvaje chico malo-malísimo-malérrimo llamado Lobezno (Wolverine, para los angloparlantes). Algo que, en opinión de éste que opina, ha supuesto toda una puñalada trapera por parte de su ya chochete creador Stan 'The Man' Lee hacia quien fue el auténtico origen y médula espinal de la Patrulla formada por el profesor Charles Xavier allá por los tiernos y coloridos años 60 del siglo pasado.
    Tampoco sale muy bien parado, que todo hay que decirlo, en la miniserie de la Era del Apocalipsis, en la que en mundos alternativos al 'nuestro' cada personaje del universo mutante lleva una vida bien diferente a la suya habitual en las series de Marvel. Sin ir más lejos, el héroe auténtico no es otro que el principal enemigo de la Patrulla, Magneto, mientras que Jean Grey (alias Fénix y ex Chica Maravillosa) está enrollada con Lobezno (ya se sabe que a los guionistas, en especial a los ingleses, les pone mucho este tipo de cosas como hacer que el Joker sea homosexual o que Batman sea un desgraciado con pintas, abusón, pendenciero y obtuso). El triste Cíclope no escapa a esta norma inglesa y pasa de ser el jefe de la Patrulla X (curiosamente, siempre es considerado un líder) a engrosar las filas de los malvados mutantes que maltratan a los pobres humanos, siendo, igualmente (¡cómo no!), uno de los principales entre ellos.
    Pues bien, a estas alturas de artículo, empieza a ser evidente mi enfado ante el penoso trato que se le ha dado a este personaje, tanto por parte de guionistas, como de los propios productores de la Marvel como del público (en este último caso, con todo el derecho del mundo, puesto que cada cual tiene su propio gusto y hay que cumplir la máxima de que éstos siempre tienen la razón).
     Yo soy uno de los que forman parte del público lector habitual de cómics. Me formé leyendo novelas gráficas y hasta aprendí idiomas con ellas (francés con Tintín, sin ir más lejos). Yo era de los chavales que se gastaban (casi toda) su paga semanal en escudriñar el lateral de aquel quiosco del Parque de Cánovas en Cáceres y hacerse con todas las novedades que iban llegando, desde el Capitán América hasta Puño de Hierro, pasando por los Cuatro Fantásticos y llegando a Spiderman (en efecto, por entonces era un 'marvelita' recalcitrante hasta que me pasé a las filas de los 'decenianos' al redescubrir a Supermán y al abrírseme los ojos con Batman, del que soy uno de los más fervientes seguidores sin considerarme ningún retrógrado fascista o un amargado filonazi, como consideran algunas mentes simplistas, aunque ésa es otra historia). Por cierto, la otra parte de mi paga se iba en el cine (por si alguien tenía curiosidad).
Imagen de Cíclope de PolygonHeroes.
    El caso es que entre los primeros ejemplares que cayeron en mis manos había un número en blanco y negro de la Patrulla X original, del que no puedo acordarme, pero en cuya portada un alucinante rayo óptico lanzado por Cíclope seccionaba limpiamente y con precisión de excelente cirujano una saca de dinero robado que un ladrón, de espaldas al público, llevaba en la mano. ¡Cielo santo! ¿Qué se supone que era aquello? Para mí, eran toda una novedad, por entonces agradable, y los mutantes (todavía sencillos y comprensibles para una mente simple como la mía) entraron en mi universo de fantasía personal de la mano de aquellos cinco adolescentes -la Chica Maravillosa, Cíclope, el Hombre de Hielo, Ángel y la Bestia- dirigidos a pruedente distancia por el Profesor Xavier, que hacía las veces de padre-de- todos-sin-serlo.
    Si cada uno de ellos era increíble por separado y tenía latente su propia historia particular, cargada de problemas e ilusiones, como si fueran meros chicos de la calle, la de Cíclope fue la que más me impactó. Quizá porque, en el fondo, se me parecía en algo. Solitario, acomplejado, abstraído, muy tímido... Pero líder, a su manera. Y fue él quien me hizo ver que los superhéroes eran humanos, que no por el hecho de contar con una habilidad especial estaban libres del sufrimiento y de la duda, que incluso debían de esconderse en demasiadas ocasiones ante la sociedad y que por su incomprensión de cara a los demás los hacía, precisamente, especiales, antes incluso que por sus poderes.
    Por otro lado, me enseñó que uno no tiene por qué abusar ni sentirse superior, a pesar de saberse por encima de una buena mayoría de 'normales' (ser modesto, vaya); que siempre hay algo que aprender (estar abierto) y que no se puede ir por la vida de estar de vuelta de todo (porque te puedes caer con todo el equipo ante el regocijo de los presentes). Tanto es así que pasé de representar a la Antorcha Humana en mis juegos de recreo a actuar como Cíclope (lo que me permitía ser el 'jefe' por unos momentos).
    En otras ocasiones, que todo hay que decirlo, me hubiera gustado partir en dos con uno de esos rayos visuales a más de un estúpido macarrilla de colegio... ¡Qué le vamos a hacer! Nadie sabe si hubiera sido un magnífico superhéroe o un genial supervillano con un poder en sus manos y la elección es algo muy personal.

Portada del especial dedicado a Cíclope
    Hace ya tiempo que la Marvel quiso pagar su deuda hacia este marginado personaje y sacó, en la serie Iconos X-Men, un número dedicado a Scott Summers, en color, de 96 páginas y casi 7 euros (que más de uno considera tirados por el retrete, a tenor de las críticas que he leído). Vale, reconozco que la historia no vale mucho, no es muy original y que bien podrían haberse esmerado un poco más, ya que se trataba de una situación especial como pocas. Pero, al menos, para los seguidores de Cíclope no deja de ser un fresco soplo de esperanza para que se recupere su figura y ésta ocupe su auténtico lugar frente a otros héroes de papel con más caché y carisma.
    Insisto en que no quiero ser dogmático y que se trata de una opinión tan válida como la de cualquier otro (es decir, totalmente inválida en un mundo subjetivo donde los haya como es el nuestro), pero creo que Cíclope hubiera sido tan buen líder entre los homo sapiens como Scott Summers lo es entre los homo superior, y eso es algo que no se puede decir de cualquier superhéroe ni de cualquier mutante.
    Por cierto, Scottie, al final, se queda con la chica. ¡Qué le vamos a hacer!

Héteme aquí un temita musical que siempre que lo oigo no puedo evitar tener en la mente imágenes de cómic (aunque diera cobertura a una serie de TV):