jueves, 17 de agosto de 2017

La noche en que un dinosaurio vino a verme

Un dinosaurio de hace 112 millones de años, cogido de National Geographic

Este canto lo inicié con la típica primera frase que te viene a la mente y te hace gracia por ser un tanto impactante. El resto es más de lo mismo, aunque si se escarba un poco alguna enseñanza (o placer) se podrá encontrar en sus versos.
Estoy seguro de que la figura del dragón que tanta importancia tuvo en la Antigüedad y en muchísimos rincones del Mundo a la vez y en una misma época, tuvo que ver con el descubrimiento de fósiles y esqueletos de dinosaurios que afloraron en algunas canteras. Es como cuando los antiguos clásicos contemplaron por vez primera el cráneo pelado de un elefante muerto y vieron claramente en él la cabeza de un cíclope.
De ahí a la leyenda hay un paso muy cortito.



La noche en que un dinosaurio vino a verme
las estrellas habían silenciado su rutilante charla
y el alba retrasaba su llegada como un juego
sonriendo tras de un seto.

Con pasos floridos llegó a mi altura
y estudió la luna y su doble cara
merced a su mirada de proximidad transparente,
como un fogonazo de sutil esencia primaria.

Con alma de dragón antiguo
me narró una historia de vespertinas verdades
a la liviana luz de un candil de plata
que iluminaba curvas ramas de olivo milenario.

Y dijo que del Mundo no se huye,
que la Vida usa piernas largas
y que el sentido de las cosas que son
te envuelve y te atrapa con saña.

En su universal mirada brilló una perla
de líquida tristeza ya olvidada
para apaciguar la tibia ausencia
de los que como él un día fueron.

Sus ojos amanecieron al tiempo que el sol,
el mismo que tiempo atrás le vio nacer,
para desgarrar las tinieblas de polvo estelar
a modo de manto de supremas palabras.

Pesa el tiempo que le hace eterno;
pesan las heridas de la inmortal presencia;
pesa el sonido de una lengua ya muerta
como pesa el amor a la ignorancia.

Y esa noche, esa particular noche
de cuentos con primitiva sustancia
y sabores añejos a veneno escarchado,
se extinguió la magia cuando se fue para siempre.

Los cuernos de la Madre Luna sobre el Ojo de Ra reflejada en las arterias del Tiempo, cogido de Vanity Fea - Blogia



No tengo más remedio que apreciar la ironía de haber sabido ocultar sin apuros mi purismo musical con un tema de corte celta que realmente me entusiasma, a pesar de que no casa con los cánones que solía escuchar gracias a las enseñanzas de mi gran amigo Pedro Burzaco (que me inició en las melodías mágicas de la tradición céltica).

La elección del gaitero asturiano Hevia y su tema 'Tierra de nadie' parece impuesta y con calzador, entre otras cuestiones porque en su día era más del gallego Carlos Núñez (quien en una Fiesta del PCE en Córdoba me firmó un más que original autógrafo a base de notas musicales), pero el caso es que este tema en concreto despierta en mí ensoñaciones ocultas que desconocía y que me hace volar por sobre la sagrada tierra asturiana como un alma alada y etérea sin temor ni a estrellarse ni a caerse ni tampoco a abrasarse en el Sol.





viernes, 4 de agosto de 2017

Temor esencial IV

Tableau noir et blanc plexi psychédélique de scenolia.com



Es de esperar que ésta sea la última entrega de mi temor esencial en verso. Las limitaciones del blog (de espacio, se entiende), me ha impedido poner todo el poema en una única entrada. En fin.
Hasta la próxima, pequeñuelos y pequeñuelas.


XIX

Mujer dulce que se oculta
En los imposibles rincones de este cuarto,
Dime si acaso con la fe se nace
O se adquiere y se pierde
Por la experiencia de ir a rastras
Vagando hasta el final del día.
Dime si no es legal mi queja
De que ha habido un mal reparto
En los dones y mercedes que afiancen
Este precario esquema de delicadas burbujas.

Insisto en ofrecerLe mi endeble persona
Como víctima selecta que inmola
La libertad a cambio de la suficiente fuerza
Para ser Su mundanal baluarte
Y oponerme a la marcha fiera
De los tibios que se lavan las manos
En un símil absurdo de lo más sucio y marginado.
Pero El que Es se calla,
Y yo, incurriendo en fatal blasfemia,
Me atrevo a perdonarLe por mostrarme Su espalda.

"¡Ay! Qué bien emulas lo que criticas.
Por tu orgullo me recuerdas y te acercas
Al principal desgraciado que jamás hubo
Entre los géneros de los seres creados.
¿Quieres cargar con el lábaro pesado
Siendo, como eres, un mero hombrecillo manco?
Sabe que no me estoy burlando
Ni pretendo ser cruel;
Ven, reposa sin recato en mi regazo
Y, mientras te peino con los dedos,
Escucha este singular relato:



En un árbol del camino había
una pequeña araña que sorbía
tranquilamente una mosca.
Al acabar el festín
la enrolló en su tela tosca
para alimentarse otro día.
Mirando concluyó al fin
que el alado insecto tenía
casi el doble de su tamaño,
y se dijo salerosa:
"La cacé sin ningún daño;
en verdad soy poderosa".
Por allí acertó a pasar
un asno acalorado
y bajo al árbol fue a parar
por su sombra sosegado.
La araña ladina,
creyendo en su poder,
escupió una hebra fina
para así descender
y expulsar al intruso.
En su empeño por vencer
llegó a rozarle incluso
un ojo al animal,
quien meneó la cabeza.
La aventura no fue mal
y digamos con certeza
que la pequeña araña
pudo realizar su hazaña
por la ayuda apreciable
de un avispón pesado
que con su fino sable
picó al asno en un costado.
Viéndolo huir deprisa,
y pensando que fue ella,
no se aguantó la risa
comentándose fogosa:
"Correrá hasta la villa;
soy grande y poderosa".
Otra vez arriba
vio llegar a un hombre
de prominente barriga
y cabello color cobre.
"Es razón de peso
que si me enfrento con eso
mi fama en la zona
no será cosa de broma".
Se deslizó hasta el camino
y acentuó su desatino
utilizando sus patas
mediante grandes saltos
en un lugar alto
pelado de matas.
Bastón en mano
y la mirada extraviada
se acercaba el humano
silbando una tonada.
Ella seguía saltando,
el hombre caminando;
ninguno transigía:
El desenlace fatal
se decidiría
justo en el paso final.
Ya la iba a aplastar
cuando intuyó a mirar
y retiró el zapato.
- ¡Huy! Pobre bicha;
por poco la mato.
La araña redicha
cantó victoria gozosa:
"También me teme, sí,
pues se apartó de mí;
soy terrible y poderosa".



XX

Su inconfundible risa de plata,
Esa figura de niña-hada ligera,
Aunque cana por mirar a los ojos del dragón;
Te reconozco, cuarta voz,
Sé que un suspiro tuyo a la voluntad ata
Al poste del tormento,
Sé que tu saludo, musa de la Razón,
Destruye el poder que se concentra
En el odio de aquél que desespera
Por servir bajo el yugo de la incipiente inopia.

Tú lo has dicho, soy como ellos.
No te esfuerces conmigo
Porque yo soy el hombre sin memoria;
Y, siendo que es así, me creo afortunado,
Pues lo malo lo suelo olvidar
Y de lo bueno ni me acuerdo.
Por lo orificios de mis manos
Huyen derramándose
Todos los inútiles conocimientos,
Es por ello que carezco de pasado.

"¿Y el futuro, hombre hueco,
estás dispuesto a arrostrarlo?
Vamos, traspasa la diáfana frontera
De las casillas temporales.
Renuncia a la esclavitud del presente,
Caminando sin pánico
Hacia el país de los nuevos soberanos,
Donde ser individual no es pecado,
Sino que es forzada tarea consciente
Quebrar las generalidades,
Tal y como reza este antiguo canto:



Un buen día, el Hombre se acercó al Sol y,
ebrio de efímero poder,
logrado a base de sangre y llanto,
se burló de él.
El Hombre extendió los brazos
y abarcó en su seno
el resto del firmamento.
Pensó que ya no era pequeño,
que las estrellas eran suyas por derecho,
que su saber, infinito;
que el tiempo era su esclavo,
que la Muerte fue vencida.
Soñó, vana locura febril,
en ampliar el universo;
abrir de surcos la Nada estéril,
sembrar las semillas
de sus grandes ideas
y aguardar el milagro
de ver surgir la Vida
naciendo de la incógnita.
Al verlo todo a sus pies,
se llamó a sí mismo
Dios.
Ahora el Hombre yace bajo tierra.
Conoce y llora su arrepentimiento;
La Tierra se abre
y de su entraña,
como vital magma,
surgen las Mentiras.
Un grito de dolor y angustia,
un grito multiplicado
por una humanidad entera,
clama a la hermana Moira
piedad, por favor,
y ella,
sorda a su manera,
se aleja altanera y coqueta,
hermosa y ansiada,
meneando levemente su redonda cadera;
su risa fresca aturde
y aplasta
la grandeza del Hombre.
El poder concede dolor y éste,
por siempre compañero de lo humano,
suplica al Tiempo que acelere
el paso.
El Hombre ve al Tiempo
detenerse y sonreír;
mueve la mano y,
lentamente,
aparecen infinitos granos de arena
que se esparcen por el arado vacío
y transforman las ideas
en nauseabundas pesadillas.
Mientras, el Sol,
que también quiere su venganza,
seca la Tierra deshidratada
que le mira y le comprende,
pero de ella no es la culpa.
El Hombre siente al Sol abril su carne
y saciar su sed eterna con su esencia:
El alma,
que está hecha
de agua dulce.
El Hombre ya no es.
Devuelto al polvo
generador,
piensa con esfuerzo y sabe.
Aunque se niega a reconocerlo,
sabe, con miedo y espanto,
que no sabe nada
de nada".



XXI

Los ojos giran en sus órbitas
Divisando gigantescos fantasmas pálidos
Que se acercan
Tenuemente perceptibles en las sombras
De esta habitación aislada.
Diminutos planteas con el perfil de un viejo sol
Dorando sus filos perfectos
Desfilan de arriba a abajo,
Cayendo con pesada gravidez y estallan
En la sima profunda y sin final de la sala.

No existen ruidos,
Tan sólo un flojo zumbido
Modulando una irreconocible frase mental.
¡Basta! Mi voz chilla,
Y fantasmas y planetas,
Como alados vespertilios azules,
Se desvanecen marchitos en el aire.
De nuevo hay luz
Y vuelvo a ser una reposada piedra
Bajo el agua.

Me contemplo desnudo sobre el suelo.
Presiento que otro día habrá más vértigo
Para rasgar de nuevo el velo
de mi aburguesada tranquilidad.
Y así será hasta que la profecía se cumpla
Al extinguirse el siglo definitivo.
Ya no quiero Tus palabras; es muy tarde.
Bastaría con que omitas mi torpe oferta
De robarme la sana libertad
Que me hace ser hombre,
Pues sin ella sólo sería un vulgar cobarde.





martes, 1 de agosto de 2017

Temor esencial III

Portada del video en Youtube de Dark Elektro Neuropunk (Dj Refizul


XIII

Si hay un culpable, es el hombre;
Pero no es menos criticable
Que Tú otorgues
Y al callar admitas
Las atrocidades cometidas en Tu plural nombre.
Reclamo el sano derecho de enojarme conTigo.
Y a un justo desahogo
Quebrantando las reglas de la ofuscada obediencia;
Lo pido porque antes que un dios
Adivino en Ti ser mi Padre y Amigo.

Tengo un temor antiguo, transparente,
De cristales afilados y espejos rotos,
Que deja al descubierto
La visión de Dios poéticamente seccionado
Y sus aventados despojos
Diseminados en múltiples imágenes de cieno.
Ojalá pudiera desgajar de mi mente
La idea que de Ti me dio un cuento
Como un anciano leñador alejado de nosotros
Que me marcó cuando era adolescente.

Cuántas veces abracé
La posibilidad de rechazarTe,
Cuántas me venció el odio
Y Te insulté sin ambages a la cara,
Libre de remordimientos,
Apartando de mí Tu presunta debilidad.
Mi añorado Maestro:
Sé con certeza que existes,
Aunque también disiento
De los que dicen que hay un éxtasis
Latente en los encuentros con la Divinidad.




XIV

Una religión de amor
Inmersa en un paraíso de rabia y furia
Que agota todas las facultades.
Me inquieta la incoherencia
De ese absurdo genial
Sublimado hacia una postura de entelequia
En la que el débil y el fuerte
Pueden hablarse de igual a igual,
Cuando la realidad que yo veo es
Que sólo se logra la igualdad en la muerte.

Hace tiempo me advirtieron
De que no basta la buena sangre
Para defender o atacar con tino una posición,
Sería insensato si además no se cuenta
Con el deseo de tener hambre:
El insaciable apetito de saber
Y un preciso conocimiento de la situación.
Yo carezco de armas para esta guerra
Que se inclina en favor del Enemigo
Y del bestial atractivo que irradia.

¿Cómo es que no hay diferencia
Entre el que se ha mantenido en la sombra
Orinándose en Tus enseñanzas
Para salir de la ruina
Con una última contrición
Y los que aguantaron con paciencia
Infinitas burlas en contra de su confianza
En Tu particular concepto del ser y del estar?
Lo siento. Soy tan limitado
Que no lo abarco,
Si bien esa expresión de justicia me fascina.



XV

Cae la lluvia lisa para enfriar mi ánimo.
La ilegítima, empero, mantiene sus dedos de hierro
Apretados sobre mis sienes empapadas;
Me aturde la presión haciéndome olvidar
Que una vez fui apto
Para dar todo de mí, para amar.
Ahora desconozco tal sentimiento,
Ni siquiera lo entiendo,
Y cuando lo fuerzo
Me asalta el sabor acre de una sofocante arcada.

Desde luego que lo fuerzo,
Tú me obligas, ¿no recuerdas?
El segundo de Tu lista.
Yo lo intento, Te lo juro que lo intento,
Y me aburro tanto
Con la ambigüedad de las gentes,
Sus ideas retorcidas en escorzo
Plasmadas en tontas frases a medias,
Ese obtuso "tú ya sabes"
Que me cansa hasta sentir asco...

Me siento partido en dos,
Sopesando la balanza que mide la carga
Enfrentada del cariño que Te tengo
Y mi aversión desatada hacia los hombres.
Se mantiene un equilibrado movimiento
De planos círculos concéntricos
Y ahí está lo malo,
Pues esta fe que yo profeso,
Anclada en la periferia,
Me oculta las ansiadas cumbres
Sobre las que poder alzarme victorioso.



XVI

Ya lo ves, Padre mío,
No sigo un rumbo fijado;
Oscilando sobre la enferma marejada
Permanezco a flote a la espera necesaria
De que alguno de los dos ceda.
Me bastaría la luz de una palabra
Para llegar a la orilla a salvo,
¡Pues dila!
Adelante, toma mi libertad
Y pulveriza de una vez Tu silencio.

¿Qué esperas? Mi Señor, mi Dios,
Mi única razón de vivir
Y de respeto a la vida de los demás.
La primera revolución cristiana
Quedó ya olvidada;
Una segunda se me antoja imposible
Por el hieratismo de Tus hijos
Y los acomodados hombres de sotana
Que no preparan la nueva venida de Cristo
Revestido de carne compacta.

La función sigue en el teatro de siluetas.
Sesión única y continua
Sobre un solitario escenario
Ante una grada vacía
Cubierta de mugre y chirriante nieve.
Si el Autor no escribe,
Si deja que su Obra duerma,
Serán los actores quienes usurpen las riendas
Barriendo los dorados papeles,
Creando flamantes ofertas
De novedosos mitos, héroes y leyendas.



XVII

Escucha la charla de las cartas.
Naipes construyendo el futuro
Que se abatirá a plomo,
Promesa de esperanza para los cretinos
Incapaces de vivir sin la falsa magia.
Tras Tu entierro sólo hay miedo
Al qué, quién, por qué y cómo;
Se alza protector el tarot adorado
Como proclamado mesías,
Muy del gusto de este fin de milenio.

¿Y si realmente no somos?
¿Y si se apagan los astros?
¿Y si la Tierra deja de dar vueltas
Manteniendo una parte
En penumbra helada perpétua?
¡Oh, sagrada inquietud existencial!
A más de uno habría que graparle la boca,
Pero a los otros los comprendo
Porque si Tú no quieres hablar
El feliz Enemigo se expresa con total claridad.

Fértil barbecho de dudas,
Y así ha de ser
Pues al orar en serio aceptamos
El espanto de que se haga Tu voluntad,
Con todo lo que eso conlleva,
Cuando ni siquiera sabemos
Los motivos de esa rara arbitrariedad.
La desconfianza es su buena nueva;
Gozoso, el Gran Sátiro sacará provecho
De lo que hicieron los deicidas,
Aunque su derrota ya fue largamente anunciada.



XVIII

¿Es inmutable la elección?
A la vista está que no
Si todos damos el mismo primer paso
Para luego seguir distintos senderos
Que se cruzan y separan
Al compás que señala el dédalo raso
De la efervescente vida.
Esa vida que cada cual se hace
O le obligan
A formarse a punta de espada.

"Ten cuidado, hombre hueco.
La negación del comienzo
Puede acabar siendo
El preludio de un No para siempre,
Incluso después de que tu cuerpo
Se descomponga allá en el pudridero".
Esta cuarta voz es más reposada
Que la de la Bestia, la Ira y La Duda;
Quizá si le pregunte a ella
Me haga con una buena réplica.

Va remitiendo
El vértigo que me mantiene lúcido.
Desconozco qué es la lluvia
Y cuál mi lento llanto,
Fundidos ambos en los relieves de mi cara.
Dios, estoy tan abatido.
Ya no soy nada; no soy nadie,
Aunque ayer mismo me comportara
Como el radiante heredero del mundo.
Pero ella no ha desaparecido,
No huye con la llegada de la calma.

lunes, 31 de julio de 2017

Temor esencial II

La Dama de Rojo tiñó las pupilas del cuervo indefenso en un descuido del ave.


VII

Mi voz, que es Tu verbo,
Con una ausencia total de pena,
Da forma oral a ideas brumosas:
¿Es acaso esa libertad gravosa
La que nos condena
a confinarnos en el Averno
o, de otra manera, el regalo
Que por dicha tenemos
Nos devuelve al solaz último
del que todos los iguales procedemos?

Si eso es cierto,
Y temo que en este campo no yerro,
Nosotros mismos seremos
Quienes por decisión propia,
Usando al Padre de testaferro,
Al final de todo nos juzguemos.
¡Qué irónica idiotez!
Sufrimos tanto con el miedo
De un Dios como espantoso juez
Que ni siquiera le vemos como debemos.

Furiosa masa anormal;
Rehala infame de pecadores disfrazados
Con maza y toga.
En ese cerrado hilo temporal
Contemplamos encimados
Desde el Otro Lado
Nuestra completa existencia,
Y a la menor falta anudamos
En torno al cuello la soga
Que nos hará bailar a conciencia,
Pese a ser los inherentes amos de nuestro hado.



VIII

La hembra ingrata se fue
Disipándose en la confusión de la niebla.
Y me dejó vacilante
Sobre la estrecha senda
De lo que aún está por hacer.
Abandonado así a mi suerte,
Noto el furor de la cólera crecer,
Pero hasta el eje de la Tierra
cruje y se dobla
Bajo el colosal peso de mi tristeza.

"Prohibido llorar;
Siempre puedes culparle a Él".
Prendas y anillos teñidos de rojo,
La señora sin rostro emerge con valor
Al final de la vereda azul.
Tres mudos cipreses la escoltan
Por el ceniciento jardín
Donde la flora perdió su color.
En su hombro descansa un cuervo cojo
De correosas alas que la arropan.

Una a una
Van cayendo mis defensas
Desnudando los temores primarios
Que el vértigo negro no supo neutralizar.
Me veo vagando solo por las dehesas
De la que antaño fue mi cuna
Sorteando cuerpos de cigüeñas
Aplastadas por ramas de alcornoques
Y dispersas entre el cuarzo de las peñas...
Recreo esta lúgubre escena a diario
Bajo el espectro de una invariable luna.



IX

"Prohibido padecer;
Siempre puedes culparle a Él".
¿Se atreve a interrumpir mi pensamiento
esa inoportuna mujer
Que no deja de darme la espalda
como si ocultara una grave culpa?
La agobiante frase desgarra la piel
Y convierte la carne en pulpa:
Es agua hirviente que escalda
e impide mi regodeo en el sufrimiento.

La que habla no es otra que la Ira,
Hija natural de la anterior,
Y, como ella, su única ilusión
Es encender en mí la pira
Que alimenta la curiosidad dormida
Para volver a sentir el vigor
Del intelecto dando vueltas.
Pero ninguna de las dos es bienvenida
Porque su presencia me fue impuesta
Sin contar para nada con mi voluntaria decisión.

La bastarda tiene oficio
Adquirido tras milenios de experiencia
Lamiendo con su lengua de vampiro,
A través del más ínfimo resquicio,
El alma líquida de los antiguos gentiles.
Con calculada paciencia
La maestra de los vicios
Arroja un manto de envenenado papiro
Que me aparta y aísla
De los humanos rediles
Anulando mi bisoña resistencia.



X

Cuando me suelo comunicar conTigo
Tropiezo con el silencio.
Reposado conticinio que se alarga
Mansamente,
Quizá más de lo debido.
En Tu muda respuesta acecha el peligro
Para los que seguimos en tinieblas,
Mientras se desvanecen Tus pasos
Por un desierto de tiempo perdido
Porque Tú ya no nos hablas.

¿Y si ella no miente?
"Siempre puedes culparle a Él",
Afirmaba no siendo conveniente
Escucharla para el que Te sigue siendo fiel
Pese a que has precintado Tus labios.
Es que también has cerrado los míos;
Confieres franca palabra a un puñado de sabios
Que Te odian con afán constante
Y un lerdo cerebro baldío
A los que juraron de corazón defenderTe.

Al parecer, no me basta
El don de la fe como único escudo.
Relegado de los elegidos,
Multiplico mi esfuerzo y apuro
El delgado ras de Tu sutil mutismo;
Quiero rebañar esos tenues sonidos
Que recuerdan los inicios de una casta
Selecta y confiada en la suerte
Por saciarse en la fuente del Amor mismo
Para luego desligarse de este mundo
Esgrimiendo la valentía del inocente.



XI

De Tu callada prudencia
Sólo obtengo un sufrido fracaso.
La discreta mirada hacia el pasado,
Cuando mi ateísmo alcanzaba su ocaso,
Me descubres hondas lagunas de una creencia
Que torna lo natural en complicado.
No niego que hasta yo me maravillo
Por mi fantástica existencia,
Pero noto que me pierdo y que me humillo
Ante el inefable poder de la nueva ciencia.

Ese vértigo tenaz que no cesa
Me ronda y se empeña
En rememorar aquellas sedosas escenas
Del momento de mi cambio.
El recuerdo que permanece y más pesa:
Era Otoño; de mañana;
Escarcha quieta sobre la sierra extremeña,
Por San Pedro o en Orellana,
Y una luz en el amplio espacio
Con sigilo despertando la tranquila arboleda.

Y siendo así que Te expresas,
A través de lo creado;
Obra de obras en perpetua mutación,
De continuo movimiento nunca igual,
Preclaro ejemplo de transubstanciación
Sobre todo lo que Tú deseas y piensas,
Que cauterizó en penalidades
Todo un banal ejército de ángeles,
¡Permites que haya llegado
A ser un casual
Cúmulo sin fin de casualidades!



XII

A falta de esa réplica
Avanzan en filas apretadas
Las gruesas milicias de los que descubren
Lo sumamente fácil que resulta matarTe.
Te asesinan con la mente relajada
Y en los ojos una súplica
Para que desaparezcas realmente;
Después cada uno ofrece sus propias fosas
Hechas de aire que luego cubren
No con tierra, sino con letanías hermosas

¿Qué placer logran al aniquilarTe?
¿Es el mismo que sintieron
Cuando de veras lo hicieron
Bailando alegres ante Tu faz descompuesta?
La orgía de gloria, fama, poder y dinero
Es un pobre beneficio sin gracia ni arte
Frente a la azorada apuesta
Que desgarró el alma de aquel germano
Alucinado por su osadía de sentenciar
"Fui yo el primero".

¡Yo no quiero callarme!
En este ingenioso juego de sofistas
Del que participan argiroides y nefilas,
Que los orates consentidos
Han conseguido hacer de la vida,
Son los seres más discretos
Quienes logran imponer su filosofía
Por sobre la pastosa alfombra de excrementos
Abonada por escritores y artistas.
De ahí que para no ensuciarme
Chille fuerte mi obligada necrolatría.


martes, 25 de julio de 2017

Temor esencial I


Tan inútil me siento a veces como un murciélago atrapado por la luz diurna


Notar que uno es. Saber plenamente que se está vivo. Traspasar a velocidad hipersónica capas de conocimiento intuitivo sobre la existencia. Y notar el vértigo de que uno simplemente es en mitad de las cosas. Ése siempre ha sido uno de mis miedos más terribles y transparentes a los que me he enfrentado a lo largo de mi vida, especialmente en la juventud.

Ahora mis neuronas parecen dormidas, aburguesadas, asimilando esa genial idea que antes resultaba inconcebible por creerme la posibilidad de formar parte de un inmenso sueño divino que se acabaría disipando en el olvida con el despertar del monstruo.

Traté en su día de plasmas esa angustia en inmenso poema metafísico de proporciones apocalípticas que no he tenido más remedio que partir en varios trozos.

Tratad de no ser excesivamente críticos y mirad más allá de las palabras. A lo mejor alguno se reconoce en este escrito.

Por cierto, no tiene título...


I

Desequilibrio.
El vértigo oscuro de una estancia
Casi herméticamente sellada
Y sin luz.
Ni una gota de alcohol;
Tan sólo la vaga y terrible
Sensación de ser,
De existir,
De la unidad en mitad de millones
Que respiran en torno a mí.

Unidad y vértigo:
Un enorme insecto que devora mi interior
Excavando un negro túnel
De asombrosa longitud,
Tan turbio e intrincado,
En recodos y curvas perdido,
Que me consume en segundos
Únicamente dejando
El pellejo sobre los blandos huesos.
Sólida membrana rellena de vacío.

Estas manos que abrasan recorren ávidas
Cada detallado poro de mi eseidad,
Magna y renovada,
Como si acabara de surgir
En un parto rebosante de dolor y llanto
Por saberme existiendo.
Tengo horror hacia mí mismo
Al reconocerme siendo,
Plenamente vivo y sin ninguna realidad,
Más que la del mero hecho de estar,
A la que aferrarme.



II

Y de nuevo
La espantosa náusea que extingue
Cualquier rasgo de razón
En un suspiro.
Exhalación entrecortada,
Como si hiciera el amor;
visión extraviada,
con anhelo de concreción
Y unas lágrimas que nunca acaban de nacer.
El pánico de la ignorancia.

Igual que un niño hacia su madre
Vomito una penosa llamada
Capaz de deslacrar oídos sacros
Por sonar llana y desesperada;
Escucho mi voz que grita
Flotando en la densidad de la fiebre
Con violencia más que inusitada
¡Soy!
¡Dios mío!
¡Soy!

Súbitamente,
Violando la inmediación del tiempo,
Esa misma voz me responde:
¿Por qué?
Caverna anegada en ecos insistentes
Imitando el fluir de las horas
Yo repito angustiado el mismo claro,
Pero al fin permanece,
Como una reina gobernando la Nada,
Esa rala pregunta cargada
De perfectas intenciones.



III

Y me encojo,
              Me encojo,
                            Me encojo...
Hasta transformarme
En un chiquillo lúcido
Que comprende en un fugaz instante
Lo que en treinta años
De genuina búsqueda constante
Un centenar de sensatos adultos
No lograron nunca explicarme.

La respuesta es simple y eterna:
Elección de la libertad madura.
Loado ídolo falso de concordia,
Sobada palabra plena de sentido;
Ocho letras de oro podrido
Que vertidas gota a gota,
Como lava destilada en torrentes,
Acabarían por inundar esta tierra
Ahogando en justicia
La horda sudorosa de necios intransigentes.

Ni un maldito respeto tengo.
Conjurada al hechizo del vértigo
Esa molesta voz que zumba
Y carece de buen dueño
Me impide soñar
Que estoy soñando que sueño,
Plácidamente tumbado
En un portal de arcos elevado
Al infinito por ser circular.
Prostituta zalamera, va y susurra:
"¿Para qué la libertad?"



IV

¿A qué la cruel Bestia risueña
En su chirriante preguntar
Con una precisión matemática
Musitando en vez de hablar
Va arrastrando sus palabras apática?
Pues se me antoja ahora pequeña
En comparación sincera
A la terrible empresa que me aguarda.
Su agotador acoso invisible
Me obliga a dar una postrer vuelta de tuerca.

Y ese mi yo,
Cada vez más raudo y duro,
Va escarbando sangrante,
Como un ciego topo oscuro,
La impenetrable roca de la Verdad.
Chasquido de uñas rotas;
Heridas lacerantes en las yemas de los dedos,
Alzo polvo bermejo en torbellinos
Saturados de apremiante ansiedad
En busca de la clave como meta.

Hasta que al fin vislumbro
El asombroso brillo del diamante
Escondido con celoso celo,
Casi rozando la superficie
Del inmenso menhir flotante.
Bajo la tapa porosa del arca de piedra
Se muestra, sin capacidad ya de herir,
La pura y clara sentencia:
Elección de la libertad;
Y ser libres para elegir.
Exclusivamente humana cualidad.



V

Escógeme o recházame.
¡Incesante manantial de vértigo divino!
Bondad sin mácula de sospecha;
En mis tímidas manos queda
El fino tesoro incomprendido.
Fulgor de múltiples hachas
Que derriten impasibles
Con su amargo río de cera
Éstas mis pobres palmas sucias
Chorreares de lenta y espesa brea.

Generosísimo secreto
Con el que jugamos inconscientes
A la vera del vital camino
Desde que por vez primera vemos
Este repleto mundo de mágicas lecciones.
Reflejo de un luminoso arcano
Al que, a medida que maduramos,
Vamos desvelando con exquisito mimo
O con egoísta desprecio arrojamos
En el espumoso mar del olvido.

Pero el saber libre obliga
Y, en perverso desafío al aforismo,
Ocupa altanero un lugar en el alma
Actuando como un noble carcelero
Cuyos brazos son firmes cadenas de plata.
De esa maternal semilla asignada
Y sembrada con parásita saña
Brotan vermiformes raíces de un olivo señero
Que desgarran impías las delicadas entrañas
Minando al mismo tiempo mi dulce fe,
Frágil como la flor de la jara.



VI

Resurge entonces amistosa
La mano gris y agria de la Duda,
Y en conciliador silencio se posa
Sobre las grietas de mi frente perlada.
No, mi perenne compañera de viaje:
Desconoces el sosiego y niegas la paz;
Eres un árido vendaval de Levante
Que anárquico y a la vez paciente
Erosiona la base segura del audaz
Pues no controlas tu enamoramiento salvaje.

"¿Y es inmutable la elección?"
Preguntas con odiosa ternura;
Tu sensual boca indecente
Va tejiendo sin rastro de pasión
Un rotundo laberinto
Con palabras como llagas que supuran
Cenagosas todo un lago rebosante
De falso saber y de locura.
Así alzas tu nefasto recinto.
Así creas tu eviterna prisión.

Somos uno,
Y es mi yo ahora quien inquiere
Preso de tu seca sonrisa
Envolvente como el humo
De una llama verde y fría.
Aunque el espíritu no lo quiere,
Mi cuerpo de animal siente prisa
Por beber tu aliento de arpía;
Pero tiemblo y gimo al contacto
Ya que ese acto sólo sirve
Para ocultar con vergüenza mi cobardía.